La punta de la lengua haciendo círculos alrededor de los pezones siempre me convence a terminar de desvestirme

Fotografía: Ronald Pérez © 2009

No es lo mismo que a uno le saquen la lengua en la calle a que se la saquen en la cama. En territorio íntimo y sin zapatos, la lengua lejos de hacernos un gesto de discordia, más bien es como una señal de vía libre para el placer.

Si pienso en cuál  órgano masculino me parece más relevante en el sexo, sin dudarlo a la lengua le daría el número uno. Sin embargo, aclaro que darle el lugar número uno a la lengua solo quiere decir que ella por sí  misma es muy capaz… pero por supuesto que sin vergas, testículos, nalgas, bíceps, espaldas y manos es imposible coger…

Un beso cálido y esponjoso con el contacto entre lenguas se convierte en un beso húmedo y apasionado. Se siente la intención con el primer roce, las lenguas se buscan como si fueran a bailar un bolero pegado. Mientras el beso se construye entre las lenguas, siempre hay alguna caricia que va complementando y agrega al ambiente mayor intensidad. Pero, no es hasta que la lengua deja la otra boca y poco a poco empieza a rozar el cuello, que realmente uno sabe que el asunto va para largo y por más.

Sentirse cono azucarado de domingo no es la idea. Sentirse degustado es otra cosa: calienta. Una probadita por el cuello es solo el aperitivo. Por donde la lengua pasa se recoge el sabor del otro, los poros del cuerpo se cierran y marcan en la piel el recorrido exploratorio.
La punta de la lengua haciendo círculos alrededor de los pezones siempre me convence a terminar de desvestirme. Con la ropa interior afuera, que el asunto continúe con labios succionándome el pezón y que me agarren con las manos la teta entera, simplemente me encanta.

El papel protagónico de la lengua alcanza su punto máximo en el momento en que se desplaza del vientre bajo hacia el monte de Venus, se posa un rato en los labios mayores luego se pasea por los labios menores hasta que el clítoris consigue su atención exclusiva.

El encuentro de la lengua con el clítoris ha sido por años una sensación que me obsesiona. No es solamente que me lo sueño es que despierta el deseo: siempre quiero que me chupen el coño. Pienso que no hay vuelta atrás una vez que este instante se consuma, es casi como si se detuviera el tiempo, desaparecieran los vecinos, la tarea que urge para más tarde y me arrebata la sensación de que el mundo no tendría sentido si el sexo oral no existiera.

Hay algo entre el encuentro de estos dos órganos carnosos, plagados de nervios y que viven en áreas húmedas del cuerpo. Puede ser la sutil sensación del raspado que ejercen las papilas gustativas contra la redonda y lisa cabeza del clítoris. O la posibilidad de una humectación constante. También la versatilidad de a ratos sentir la presión de una punta dura y de repente cambiar a una lengua relajada que abarca más carne a la redonda y contrasta el ritmo de la excitación.

La lengua también pasa y entra por la vagina, con ayuda de las manos es posible y además delicioso que se haga camino adentro. Luego se sale y se ensaña con el clítoris de nuevo. Lo revuelca, lo molesta escondiéndose en la boca y solo posándole los labios con besos pequeñitos y repetitivos. Los escalofríos llegan hasta la coronilla, en este punto no es necesario decirlo de nuevo, pero en serio yo siempre quiero que me saboreen, me deleiten y sobretodo que me chupen el coño. Después que me penetren en la posición que quieran, pero ese detalle de la lengua húmeda caminándome por el sexo, sin prisa, en círculos, airosa, revoltosa, acompañada de un dedito o tres… ¡inolvidable!