Este dinero supuestamente estaba destinado a la guerrilla colombiana y fue incautado por las autoridades competentes
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Este dinero supuestamente estaba destinado a la guerrilla colombiana y fue incautado por las autoridades competentes Por Julio Román |
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¿Alguien se acuerda de aquel maletín con medio millón de dólares que apareció hace unos años escondido en una cabaña de Heredia? Probablemente, no, y eso que no parece una fortuna fácil de olvidar… Fue a finales de 2007. Los periódicos se hicieron eco de la noticia, pero hoy día es imposible precisar la fecha, pues ha desaparecido toda información al respecto; tiene el periodista la sensación de haberlo soñado todo. Pero no es así. El medio millón de dólares en efectivo apareció oculto entre una pared de una casita en las montañas heredianas. Este dinero supuestamente estaba destinado a la guerrilla colombiana y fue incautado por las autoridades competentes, siguiendo el procedimiento habitual. Ahora bien, ¿cree el lector que esos quinientos mil dólares siguen esperando dueño en los sótanos del OIJ? Claro que no. La labor de investigación para rastrear ese maletín de dinero ha sido harto difícil. ¿Por qué? Cuando el lector lea lo sucedido con esa nada despreciable fortuna, lo sabrá. En primer lugar, hubo que descartar a los que podríamos denominar “sospechosos habituales”, nuestros corruptos de siempre: políticos tentados por las arcas abiertas, abogados amigos de lo ajeno, oficiales y agentes judiciales con las manos siempre abiertas y dispuestas a “untarse”. Esta vez los tiros iban por otro sitio, completamente insospechado. El dinero fue robado, sí, pero de modo paulatino y con un increíble destino. Hubiera sido imposible imaginar lo sucedido: un trabajador del OIJ, custodio del dinero en un turno de ocho horas diarias, hombre al que llamaremos Fulgencio, de 34 años, fue sustrayendo el dinero del maletín poco a poco, y -ahora es cuando el lector va a creer que fabulamos- con fines de mecenazgo. Sí, tan inverosímil como cierto: el dinero fue robado por este mecenas espontáneo y anónimo que lo destinó íntegra y desinteresadamente a financiar obras cinematográficas de artistas costarricenses jóvenes, y no tan jóvenes (algunos ni siquiera tan artistas). Este hombre ha confesado haber dado una buena tajada para la producción de El amor y otros demonios, dirigida por Hilda Hidalgo y producida por Laura Pacheco, con quienes no hemos podido contactar para corroborar el dato. En todo caso, tomando en cuenta que el costo de este film se calcula en unos dos millones de dólares, la suma encontrada en las montañas de Heredia resulta, si no despreciable, insuficiente. Ya ven, medio millón de dólares puede parecer muy poco, pero siempre se agradecerá que no haya ido a parar a manos de las FARC sino a la creación de “poehilda”, como ha empezado a denominar la crítica cinematográfica mundial al nuevo género de poesía audiovisual creado por Hilda Hidalgo. Según las confesiones del incógnito mecenas, otra cuantiosa suma de dólares fue entregada para la pre-producción de la película “Por fin todas juntas”, escrita por Dorelia Barahona para ser protagonizada por las divas Ana Iztarú e Ishtar Yassim, bajo la batuta de Maureen Jiménez, experta en el género. Si todo sale bien, esta deliciosa película podrá ser vista por los costarricenses en el año 2012. “Será por eso que los mayas predijeron que ese año se acababa el mundo”, bromea orgulloso el anónimo bienhechor, “pues después de esta obra de arte, por mí que se acabe el mundo”. Todo parece indicar que, lamentablemente, Fulgencio tendrá que disfrutar de la película desde la cárcel de San Sebastián, donde ahora nos encontramos. Se acaba el tiempo de la visita. No sólo no hay muestras de arrepentimiento en este singular ladrón, sino que cuando ya nos disponemos a marcharnos, nos regala una enigmática sonrisa y una primicia invaluable: tiene videos muy comprometedores de altos políticos nacionales. Las cintas fueron grabadas con cámara oculta por los hermanos Bulgarelli, ¿los recuerdan?, unos publicistas que estaban contra el TLC pero después, cuando se les ofreció la campaña del SÍ, la aceptaron y salieron con aquello del corazón del SÍ, que hablaba con acento gringo. Son también los artífices del lema del “menos malo” de la reciente campaña presidencial. Pues bien, ahora sabemos por qué son tan malos en su trabajo: no eran publicistas, eran unos infiltrados, y aunque todo lo hacen por dinero, pronto tendremos que darles las gracias por su labor de espionaje. Se nos promete un año muy movido y ésta no deja de ser una buena noticia: al fin el audiovisual costarricense va a tener alguna trascendencia en la vida nacional.
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