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Mi debut nudista en Costa Rica
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Por Germán Gallini
Publicado el 04/8/2010
 

¿Nudismo local? Sí, más cerca y más liberal de lo que usted pensaba. SoHo envió a German Gallini a contarnos cómo se vive la vida en pelotas.

Edición 40


Mi debut nudista en Costa Rica

¿Nudismo local? Sí, más cerca y más liberal de lo que usted pensaba. SoHo envió a German Gallini a contarnos cómo se vive la vida en pelotas.

Por Germán Gallini
Fotografía: Inés Gallini

El marcador de velocidad clavado en 60 evidenciaba que íbamos lento, demasiado lento, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, la cabeza muy cerca del parabrisas. Llevábamos un cortejo de autos apilados detrás nuestro, nerviosos ante nuestra incertidumbre al volante, nunca me sentí tan distante de Schumacher.  Eran las 3 de la tarde y el sol se reflejaba en cada parabrisas de cada auto que cruzábamos, era difícil distinguir dónde había que abandonar la 32… ¿y si fuera en frente?... ¿y si hubiera que cruzarla?

Con un repentino y seco pero efectivo “ahí”, el siempre atento copiloto proclamó el avistamiento del cartel que indicaba la entrada al resort. Estaba sobre nuestro lado de la carretera, al igual que nuestra suerte.

Una entrada pedregosa separa por escasos 50 metros la carretera de la recepción. Parqueamos a la sombra, bajamos, estiramos nuestras arrugadas ropas, sacudimos a palmazos las migas de nuestras faldas, nos sentíamos húmedos, pegajosos, el carro despedía un calor que era aun más intenso que el del ambiente.  Mientras caminaba, una expectativa danzaba en mi cabeza, me preguntaba por el primer contacto con el lugar, el tipo de gente que nos encontraríamos, si evidenciaríamos nuestro propósito con nuestra conducta… De repente, mis pensamientos se diluyen ante un amistoso “hola” que emana de la sonriente boca del recepcionista, quien luce una camiseta azul que reza “Club Mi Amor” a la altura del corazón.
 
La recepción está enmarcada en una esquina del restaurante típico que encabeza el complejo y lo separa de la carretera. El mesón más cercano a nosotros está ocupado por una familia de seis integrantes de inconfundible procedencia norteamericana; más allá, en mesas más pequeñas, dos parejas comparten platos y risas. A su lado dos traileros que, se me ocurre, nada saben de lo que pasa tras bambalinas, hablan distraídamente sobre sus cervezas. No puedo ver mucho más desde este rincón y mientras simulo desinterés por mi derredor, emprendemos la caminata detrás del guía que nos llevará hasta nuestra habitación.
 
Desde el restaurante se accede al hotel a través de un corto sendero selvático, en medio de dos fuentes artificiales desde las que un pato blanco nos mira pasar con indiferencia mientras escarba con el pico debajo de su ala. El sendero nos guía hasta un pesado portón que  el recepcionista abre con dificultad; al atravesarlo, nos miramos mutuamente con la fotógrafa. El lugar es bellísimo. Nos recibe una bifurcación de senderos que deja entrever un gran jacuzzi, una cama colgante y una piscina central que nos hace relamer. A nuestro paso emanan personas, vestidas, que cierran las puertas de sus habitaciones, miran nuestras maletas, saludan amistosamente, a veces, solo con un movimiento de cabeza. Me siento en una peli de Tarantino… es un motel de Las Vegas, mis maletas desbordan dinero, soy el asesino, la fotógrafa es mi musa con Ítaca recortada. Tomamos el camino de la izquierda, la habitación es la 33,  dos camas dobles, tele baño, aire… bien. Casi enciendo la tele, pero debo resistir la adicción, un día a la vez. Miro a través de las persianas, afuera me espera un mundo desconocido al que nos lanzamos empotrados en nuestros atuendos de piscina, negros ambos, como una especie de luto veraniego.

Se vislumbra un ir y venir de cuerpos a través de los resquicios que dejan las matas. En nuestro camino hacia la piscina nos chocamos de frente con un cuarentón de bronceado parejo, pene circunciso semierecto y un apenas prominente abdomen cervecero, que persigue al administrador para comprobar si puede quedarse pasada la media noche. Su esposa lo mira risueña, deseando un sí por respuesta, tendida sobre una reposera. Ella trabaja en un hospital. Él, es hombre de ley y, según ella, un fanático del nudismo quien desde  hace dos años la arrastra a cuanto reducto nudista encuentra en el país. Ella por añadidura al principio, por convencimiento ahora, elige estar sin ropa, se siente libre.

Se dio al segundo y espontáneamente; charlamos con ellos de todo un poco, sí también de fútbol –que se puede hacer–, y mientras lo hacemos, de tanto en tanto emergen de las habitaciones varios personajes, hombres, mujeres, parejas, algunos desnudos con paños en sus brazos. Miran exentos de lívido, algunos ni lo hacen, otros saludan, sus cuerpos dibujan diferentes formas, se dirigen a la otra piscina, la que está detrás del rancho que divide a ambas. Uno que contiene una barra, mesones de madera, luces de disco y hasta un tubo de baile en un rincón.

En el borde opuesto de la piscina, Antonio, del rubro salud, de no mucha estatura y cuerpo bien formado, absorto de toda esta situación e incluso hasta de los presentes, se entretiene con la última de Dan Brown sentado junto a su regordeta esposa que se unta protector solar. Me acerco con el libro por excusa, le pregunto que lee, si le gusta. Me responde que es buena, siempre en la onda de los templarios, masones, siempre con Robert Landon. Nunca saludo a su esposa, no cruzamos miradas, no la quiero interrumpir en su idilio con el dios Febo.

De repente, Antonio se pone de pie velozmente dejando caer el libro, me asusta, ¿será algo que dije? Su mujer ni se inmuta, ¿estará viva aún? “Hora de mi masaje”, se excusa. Se mueve rápido perdiéndose entre los senderos. Dos segundos más tarde asoma su cara entre las matas y nos lanza un: “¿quieren venir?”, directo a nuestras desorientadas caras.

El lugar luce muy bien, enmarcado en cañas de bambú aún verdes, música relajante, tenue olor a sándalo hindú. Mi ajada frente se relaja lejos del sol al tiempo que Antonio se monta sobre la camilla y unas adiestradas manos comienzan a relajarlo. Nos quedamos a un costado, hablando un rato con él. Nos dice que siempre sigue la rutina inversa, se relaja aquí y luego se contractura en el edificio contiguo… ¿contractura?... ¿edificio contiguo? No queremos saber más detalles, nuestra curiosidad nos guía y hacia esa edificación nos dirigimos a paso presuroso. Entre verdes pasadizos asoma una construcción que, en su interior, guarda un tortuoso placer. La puerta es alta, pesada y está atravesada por largas puntas de lanza color plateado; la habitación es pequeña, cerrada, oscura, fresca, sus paredes se encuentran ambientadas con marcas de sangre ficticia, creo, en un efecto muy bien logrado. A un costado, sobre un mueble, cuelgan un par de látigos de cuero y un lazo. Al frente y recostada en la pared opuesta, el sueño de una noche de verano de Marylin Manson: una especie de camastro sobre el que la víctima del placer permanece atado de manos y pies, impedido de ver (si quiere), entregado al antojo de quien maneja el látigo..

Como uno se debe al trabajo y tiene una responsabilidad para con la empresa, nos vimos obligados a probarlo. Para ser honestos, la posición cansa un poco los hombros y es más dolorosa la espera del próximo golpe que el latigazo en sí, aunque algunos, sinceramente, los sentí como un  ajuste de antiguas rencillas laborales.

El sol caía lentamente y nos dirigimos a observar un ruidoso partido de volibol en la piscina pequeña, al otro lado del rancho, tomamos lugar de espectadores en unas sillas plásticas y nos dedicamos a disfrutar del espectáculo. Los equipos se dividían por sexos y los hombres, de espaldas a nosotros, quienes parecían no distraerse con lo que el lado opuesto de la red ofrecía en cada salto, estaban arrasando. El partido no era técnicamente de lo mejor, pero no sé en qué punto lograba mantener su atractivo.

En una cama contigua a la cancha de “vóley” acuático un esbelto cuerpo femenino del que solo veo tal vez lo que necesito ver, intenta reponerse de la agitada noche, salpicada de tanto en tanto por el efecto de algún potente remate o del efectivo vuelo de dos jugadores al efectuar un bloqueo.

Con la caída del sol algunos van regresando a sus habitaciones, a paso lento, de a dos. A risa amigable, de a tres. Conforme se torna más oscuro, comienzan a emerger luces ocultas tras las matas. Un par de veinteañeras guapileñas acercan con destreza y sin distracción los primeros “jacuzzi service”, al tiempo que pueblan de candelas el lugar. El ambiente se torna cálido y parecemos reencontrarnos todos bajo el mismo espacio y bajo una luz diferente. Me siento cansado, pero hay una energía extraña en el aire, algo va a suceder.

Debemos ser unas 13 parejas más algunas personas solas, el rango de edades va desde unos 22 a los 60. Algunos van vestidos de noche, algunos aún de playa, otros desnudos, todos integrados en un contrastante carnaval estético que a nadie parece importarle demasiado. Se me ocurre, es una muestra más de la libertad en que deciden vivir.

Por un segundo me siento externo, invasor, mentiroso, todos hablan con todos, se mezclan en una danza social, ríen indiscriminadamente, se conocen; yo los estudio, los observo, los juzgo, los traiciono, me vestí de desnudo para comer en su mesa.

Veo que poco a poco todo va subiendo de tono, los diálogos, los bailes, los roces, que se tornan más largos y profundos. Las parejas se entremezclan pero es solo por momentos, luego todo vuelve a la calma como si hubiese sido producto de mi imaginación.

Se rigen por unos códigos de propiedad privada que escapan a mi cuadratura mental, parece que si bien no todo es de todos, si se presta, se toca, se prueba, se usa, se degusta y se devuelve.

Son las ocho y treinta de la noche. Del rancho que divide las piscinas, emana música, creo que es salsa o merengue, algunos se mueven hacia allá, nosotros también. Nos ubicamos a un costado de una especie de pista de baile, sobre unos mesones de madera típica, pedimos cervezas,  algunos bailan desnudos, otros completamente vestidos para la ocasión. Nada es muy formal ni estructurado, la gente entra y sale de la pista con cada tema, se abordan, bailan, hacen payasadas, coquetean, se tocan, se  ríen, se abandonan. Con la fotógrafa, nos tiramos a pista para desplegar nuestra inimitable muestra de rigidez articular. Algunas parejas se escurren juntas rumbo a las habitaciones. Espero que no se deba a nuestra precaria actuación.


La piscina central es el punto de encuentro de todos los hospedados.

El resto de la noche discurre entre bailes de tubo individuales que devienen en colectivos, la mayoría graciosos y algunos sexies, strip tease, roses extensivos al grupo, besos múltiples y vueltas a la calma total, como en oleadas cíclicas de acción y reposo.

Siento que los músculos de la espalda ya no la sostienen, miro el reloj que insiste en marcar la una, que viejo estoy. Decidimos emprender el regreso a la habitación 33, hacemos nuestra última excursión al borde de la piscina; sitio donde nos quedamos solos unos minutos bajo un cielo negro cubierto de estrellas. Luego nos disponemos a dormir dejando entrar la leve brisa que acerca la música y las risas a través de nuestra ventana.


La mañana nos sorprende con una mezcla de voces y cantos de aves. No se que hora es pero el sol ya está alto. Tal vez solo las nueve. La piscina ya está concurrida, al acercarnos reconocemos algunos personajes de la noche anterior y también divisamos gente nueva.

Bridgite, canadiense cincuentona, en perfecto estado, principal animadora de la fiesta de anoche, ya se encuentra dentro del agua, café en mano. No podemos comprender de dónde saca la energía: “vos solo vivís una vez, baby”, nos responde. Ella y su marido están de paso rumbo a Bocas del Toro en Panamá, viven cerca de Sámara y este año decidieron no trabajar. Nudistas desde no recuerdan bien cuando, se enteraron del lugar en un club de San José y no quisieron perdérselo.

Un hombre que aparentemente está solo, no cesa de hablar por celular mientras camina frenético de aquí para allá. Parece que estuviera haciendo negocios o algo así; toma cerveza local y se contabilizan tres envases en su derredor. Nos mira distante por un momento y continúa gesticulando en el aire.

Nosotros nos fuimos a la piscina pequeña que ayer ofició de campo de de “vóley” y elegimos algo típico para comenzar el día, pedimos el famoso gallo pinto que no suele frecuentar nuestro hogar. Ya estábamos desnudos camuflados en la libertad que da la falta de miradas acusantes y sumergidos en el agua un tanto fría cuando una salonera que no conocíamos, la del turno mañana, apareció con un café gigante y nuestros platos. Otro hombre se sumó al disfrute del agua  y nosotros apresuramos el desayuno para circular el sendero desde donde provenían sonidos de monos aulladores.

Es menos de un kilómetro de camino selvático que se detiene abruptamente frente a un río donde solo resta retornar. Caminar desnudo por el sendero es un tanto incómodo para nuestras costumbres citadinas. Otros en el camino, no lucen nada mal y pienso que es en realidad nuestra naturaleza.

Luego de andar un rato percibo que el sol penetra ya perpendicularmente a través de los resquicios que dejan las hojas y de los monos, ni noticias. ¿Sería ya medio día? Temo que sea hora de vestirse, hacer las maletas y emprender el regreso a San José.

Enfrentamos con pesadumbres la maciza puerta de la que cuelga un cartel que amablemente solicita vestirse para atravesarla. Estamos nuevamente en el mundo real, a nuestras espaldas, transcurre un domingo atípico que me duele dejar pasar.

Espero que el Braulio Carrillo esté despejado.

 

 


En una cama contigua a la cancha de vóley, un esbelto cuerpo femenino intenta reponerse de la agitada noche.

Ella es Cindy, originaria de Florida, fundó el resort nudista en el año 2008.