Con este mismo espíritu jamás niego un precalentamiento mirando videos de sexo explícito.

Fotografía: Ronald Pérez © 2009

Cada persona es responsable de mirar la rutina con un poco de suspicacia y dejarse llevar por su propia curiosidad. En materia de erotismo, eso de que “la curiosidad mató al gato” no viene al caso. Por el contrario, cuando se trata de placer, yo estoy convencida de que ser curioso solo puede traer más cantidad de buenos momentos.

La curiosidad en el sexo, lejos de interpretarse como impetuosidad o arrebato, es sinónimo de tomarse las cosas con calma y detalle.

Encontrar el soundtrack apropiado para coger o decidir que el ruido de fondo nos desconcentra, son descubrimientos que solo probando se pueden saber.

Por mucho tiempo pensé  que después de conocer a un hombre que me gustaba físicamente, el mayor grado de excitación provenía de verlo desnudo y de inmediato sentirlo penetrándome una y otra vez. Sin embargo, la experiencia me ha dado el conocimiento de que dar espacio a palabras adecuadas, caricias prolongadas o una gratificante revolcada con la ropa puesta pueden seducir no solo más, sino que mejor.

A esto le tendría que sumar el menosprecio que muchas veces sentí por los juguetes sexuales. Ahora puedo compararlos con ese aderezo especial que le ponemos a una ensalada o ese chile picante de lejana procedencia que combina tan bien con la carne. El día que me atreví a entrar a un sex shop y escoger entre consoladores de todos los tamaños y colores, artefactos con baterías o con cargador, materiales fríos, elásticos o brillantes pero todos lavables, abrí un portillo de innumerables oportunidades. Ya sea conmigo o con alguien, literalmente “una mano de más” solo aporta. Sin curiosidad, nunca hubiera sabido de sesiones multiorgásmicas indescriptibles o de maratones dignas de medallas. Ningún desprecio por las experiencias meramente humanas, pero digamos que los gadgets sexuales las hacen celestiales.

Con este mismo espíritu jamás niego un precalentamiento mirando videos de sexo explícito. Me excitan mucho más si le sumo un hombre a mi lado masturbándose hasta venirse y que luego me toque a mí deleitarlo con el mismo espectáculo. Es increíble lo que se aprende y se enseña con esta técnica.

Hace tres años me di cuenta de lo rico que es dejarme chupar los dedos de los pies. Desde entonces soy en extremo precavida con su higiene y puntual con el pedicure, y si me dan pelota recompenso con la mente abierta diciendo: “¿qué te gusta a vos?, decímelo, yo me apunto…”. Y esto pasó una noche de sexo cualquiera en la que me atreví a pedir este gusto antojado solo por saber qué podía pasar.

Las posibilidades son infinitas si uno se las procura. Eso sí, no caen del cielo.  Hay que soñarlas, planearlas, buscarlas, pedirlas y estar dispuesto a gozar cada una de ellas.  Desde la ropa interior que escogemos para salir, hasta la manera en que decimos el primer hola tiene poder de seducción. Acompañado de buena imaginación el sexo nunca es lo mismo.

Me acuerdo la vez que un recién conocido me dijo: “pero… ¿y vos qué te creés?”. A lo cual yo respondí, lo bueno es que vos te lo estás creyendo…”. Y ahí sí que la curiosidad se desató.