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Cartagena, detrás de la música
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Por Juan Fernando Andrade
Publicado el 10/17/2007
 
Todo lo que buscaba Juan fernando andrade en la mítica cartagena era un poco de playa, sol y tranquiidad, pero obtuvo visitas turísticas, mucha comida, giras por hoteles y hasta una chiva que lo llevó por todas las discotecas de la ciudad. Con todo, la experiencia fue deliciosa.

Edición 14

Cartagena, detrás de la música

Un buen día, entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, la Iglesia Católica tuvo el detalle de otorgar un alma a cada indígena residente del nuevo continente. Desde ese día, for the record, los aborígenes fueron considerados seres humanos con todas las de la ley: traje de baño de dos piezas y Biblia. Aunque los nativos aceptaron la presencia del Señor en sus vidas desde la más bendita indiferencia, los bouncers de la corona española ya no podían –en teoría, claro– darse el lujo de maltratarlos o violarlos; corrían el riesgo de ser juzgados y castigados por la misma mano que les daba de comer. La madre patria estaba metida en un apuro, algo grave. Sin los indios haciendo el trabajo sucio, el déficit de mano de obra se volvió un factor que sus planes de inversión no podían soportar. Se vieron obligados a tener una epifanía estratégica. Y la tuvieron, una epifanía express. Despilfarrando su iluminado juicio, declararon que si bien el indio era ya un ser completamente racional, el negro, esa criatura oscura e irascible que vivía a la buena de Dios en un callejón mal iluminado del mundo, ése sí que no tenía ni alma ni perro que le ladre y podía ser usado para cualquier cosa.

Los transportaban a bordo de unas embarcaciones de origen árabe, conocidas como barracas. Naves de carga cuyas bodegas eran divididas en varios niveles para almacenar la mayor cantidad posible de carne azabache. La travesía duraba aproximadamente tres meses y un 30% de los esclavos importados morían en el camino. No se les permitía salir del container de madera; les lanzaban la comida al piso, como a las bestias salvajes de un circo en decadencia. Los que alcanzaban a morder eran los que podían abrirse paso a golpes, y los que no, el resto, se desvanecían de a poco, en el fondo. Nadie se preocupaba por recoger los cuerpos. Los sobrevivientes hacían su rutina en medio de tripas pudriéndose a cada segundo, epidemias y sus propios desperdicios orgánicos. Su vida transcurría en un valle rodeado por montañas de mierda que crecían a diario.

Los que llegaban con vida, asumiendo que estar vivo es simplemente no estar muerto, eran pulidos antes de ser puestos en vitrina: les lavaban las heridas con agua salada, luego se las cubrían con una resina que traían también desde África y por último les untaban aceite de oliva en todo el cuerpo para que brillasen, cual fisicoculturistas que andan de tour promocional. Ya en la galería, ponían en primera fila a los modelos que parecían del año, a los que tenían la dentadura completa, o casi, y a los que la mirada no se les había teñido de un amarillo hepatitis. Los clientes los compraban en ferias artesanales. El precio de un negro premiun ascendía a 30, 40 ó 50 ducados, la moneda de la época, y cada ducado equivalía a una onza y media de oro.

Esto me lo acaba de contar Encarnación Vergara, un guía profesional de unos sesenta y parada de postal: guayabera blanca, pantalón negro, zapatos de charol, reloj plateado brillante, barriga cervecera, bigote a punto de ser enteramente blanco, como su cabello, y piel negra. Encarnación dice que Cartagena de Indias fue el epicentro del comercio con negros durante la época de la Colonia. Cuando lo dice, se parece a Robert Johnson cantándole un blues a su amigo el diablo. Luego me señala el lugar donde se exponía a los esclavos, hoy llamado Plaza de los Mártires, a pocos metros de la ciudad amurallada. La Cartagena vieja parece nueva o envejecida a propósito; si estuviese un poco mejor mantenida, sería un set insoportable, saturado de turistas cubiertos por sombreros y tomando limonadas de coco en las terrazas de algún hotel top.

Desde el minibús que nos transporta, Cartagena es una ciudad brochure. Una ciudad catálogo. Una ciudad pegada en los vidrios de todas las agencias de viajes en forma de póster. Un parque temático de La Laguna Azul con el piquete de tener a la orden una serie de hoteles resort de primera. Una ciudad comercial. Una ciudad vallenato-pop-bailable. Una ciudad perfecta para la tele. Una teleciudad. Una ciudad publicidad donde, se supone, todo es arena blanca, agua tibia, arroz con coco, pescado frito, mango, rumba, gafas, trenzas, hippies del siglo XXI oliendo a hierba y a hostal con baño pero sin ducha y vendiendo artesanías, chicas en bikini, relax total y pago diferido.

La llegada fue mortal. Después de madrugar entre los dientes helados de Quito y tomar dos aviones, lo único que quieres es echarte en la cama del hotel y dormir a pierna suelta. O, en su defecto, echarte en la piscina del hotel, tomar cerveza y esperar que en Cartagena la vida funcione como una porno barata, vulgar, absurda. Ella, mirando a los lados, te pregunta si no te molesta que se quede topless pues así, y solo así, conseguirá el bronceado que precisa. Tú le dices Ok, seguro, como quieras. Ella se mete al agua, se moja, sus dotes chapaletean de lo lindo. La ves de reojo. Ella también te ve. Ella se soba. Corte a ella y tú haciéndolo. Música en la que predomina un saxo. Corte a una mucama espectacular que lo mira todo escondida tras una columna. Corte a la mucama llenándose de valor, acercándose y entrándole a la movida… Si tan solo fuese así la vida real. Pero no. Por lo menos no la mía. Una lástima. No hay ni tiempo para dormir y las niñas liberales han optado por hacer realidad la fantasía de otro. Lo que se dice yo tengo que salir a conocer hoteles.

Vamos a hablar de El Hotel en genérico, como un conjunto universal que contiene todos los hoteles por los que pasé y es compatible con Mac y PC. Pues bien, se supone que eres periodista y se supone que, si los hoteles te causan una impresión grata, vas a venderlos a larga distancia cuando vuelvas a tu país. Por lo tanto, el almuerzo es una delicia. Entrada, plato fuerte, postre y las bebidas que te dé la regalada gana. Plan. Todo lo que tienes que hacer es asentir con la cabeza mientras una manager te explica que El Hotel tiene ni sé cuántas habitaciones, cinco restoranes (cada uno de distinto ADN: uno italiano, uno de carnes, uno de mariscos, uno vegetariano y uno chino. Todos con menú infantil), dos discotecas, mil piscinas, playa privada, deportes acuáticos, gimnasio, centro de convenciones multisalas con aire acondicionado e infocus y paredes adecuadas para que tu ruido no interrumpa el ruido de los demás. Guardería, casino, spa, gimnasio, wireless y “un montón de cosas que nuestros huéspedes descubren estando aquí”. Para esto ha pasado casi una hora, te han preguntado si te gusta la comida y has dicho que sí porque en verdad está bien y, como dicen en mi pueblo, gratis hasta un balazo. Al final, cómo no, el postre. Comes despacio, dilatando ese precioso momento entre el placer y el compromiso. Porque sí, lo sabes y lo estás pensando, te vas a levantar y te van a dar el insobornable paseo por las instalaciones. Ojo, no es que uno no quiera conocer El Hotel, ni más faltaba. Es que, con la barriga llena y cinco whiskys en la terraza, ver a los querubines armando castillos de arena mientras sus progenitores se doran al sol, no suena muy divertido que digamos. Ahí tienes, ¡PUM!, there’s no free lunch. Con esos paseos por las instalaciones, los hoteles recuperan, con intereses, toda la sangre que tú, inmenso en tu pasajera maldad, creías haberles chupado. El Hotel: 1, tú: 0.

De vuelta al minibús. Nada de breaks. De aquí al Castillo San Felipe, al cerro de La Popa, al casco viejo, a las iglesias, a las plazas, a los museos y a la casa de Gabo, una fortaleza cubierta por un muro color ladrillo frente al cual todo el mundo se toma fotos. Tip: cuando el autor está en casa, uno puede dejarle libros con su asistente doméstica y retirarlos al final de la tarde ya con su impronta en las primeras páginas. Todo muy bonito, muy interesante. El camarógrafo del canal que nos acompaña no para de hacer tomas panorámicas mientras su compañera, El Rostro, entrevista a cuanto personaje se le cruza por enfrente. Sabe que a este fin de semana le puede sacar por lo menos diez notas de un minuto y medio cada una, que irán saliendo por goteo en la pantalla chica. El Rostro no es nada tonta, todo lo contrario, es brillante. Se desliza a través de los mejores modales imaginables, sobre todo cuando el lente apunta hacia ella con la finalidad de un contraplano y le toca fruncir el ceño y lucir interesada, seria, atrapada por eso tan extraordinario que le están contando; le toca reírse de cosas que no son graciosas y sorprenderse con lo obvio. El Rostro se las trae, entiende que el factor farsa es parte del formato TV, que su trabajo radica precisamente en pasársela bien, lo quiera o no. De hecho, es mucho más interesante backstage, pero la cámara no soportaría tanta sinceridad.

De repente han pasado ya tres días y sientes que todo lo que has visto es parte de un documental institucional, en el que te metiste por accidente. Voz en off de El Rostro sobre imagen de una lancha acercándose a un pequeño archipiélago: Si estás en Cartagena, no puedes dejar de visitar las Islas del Rosario, un paraíso encantado en medio del mar. Todo eso es cierto, las islas parecen un holograma creado por computadora. Esa también me la quisieron ganar, pero no me dejé. Apenas desembarcamos, nos propusieron caminatas dizque para conocer la zona, visitar el acuario, explorar la flora y la fauna, y quedar deslumbrados ante tanta planta y tanto pajarito en vías de extinción. Me negué rotundamente y gracias al cielo el guía que nos asignaron aquella tarde tenía sentimientos y me permitió vivir las islas como yo quería vivirlas: acostado a la sombra de una palmera, con una revista en la una mano y una cerveza fría en la otra, yendo y viniendo de un sueño tropical, entrando y saliendo del agua a mi propio ritmo, sin depender del pentagrama disfrazado de itinerario.

Regresé de las islas al hotel absolutamente desecho, quemado, hervido, sudado, pegajoso y con más arena que piel sobre mis huesos. Encendí el aire acondicionado y me desplomé sobre el colchón. Antes de que pudiera cerrar los ojos, ya estaba tarde para la próxima cena, la misma que tuve que devorar en tiempo récord, pues tras el paseo por las instalaciones nos quedaban diez minutos para comer y luego a la chiva y a las discotecas fashion.

Esa última noche descubrí que por lo menos en materia pop no estamos tan atrasados como pensamos. La noche cartagenera bien podría suceder en el Ecuador: todo lo que alcancé a escuchar fueron esos temas que suenan en los programas de farándula guayaquileña, antes y después de comerciales. El mundo es un pañuelo, un pañuelo al que le bastan dos notas pegajosas y un coro redundante para ponerse a bailar. Al final volvimos al hotel y empezamos una de ron que nos duró hasta la mañana siguiente, cuando chequeamos el equipaje para el regreso, dimos el último trago y pusimos la botella dentro de un basurero que no estaba listo para ella.

Curioso. Uno piensa que los periodistas, cuando se trata de reportajes internacionales del tipo user friendly, la tienen lo que se dice a vaca. Que la única forma de viajar es cuando todos los gastos corren por cuenta de otro. Y cuando estás ahí y la mesa está servida y tienes ganas de vomitar por el empacho que tratas de apaciguar con otra cerveza y te arrepientes de haber comido todo ese pan con mantequilla antes de la ensalada, lo que más deseas en el mundo es que el tiempo vuelva a pertenecerte.

Cartagena es patrimonio de la humanidad y merecido se lo tiene. Pasear por los túneles de su castillo y sentir cómo empieza a faltarte el oxígeno es lo más cercano a un viaje a través del tiempo que un servidor ha tenido la fortuna de experimentar. Pero nada se compara a quedarse quieto bajo la brasa solar, mover los pies en la arena, leer, dormir, mirar y sentir que, pase lo que pase, uno no tiene la obligación de hacer algo al respecto.