Por Ricardo Bada
Fotografía: Ricardo Bada

Clawdia, monjita mía, acordate de lo que Don Quijote le dice a su escudero en el capítulo noveno de la segunda parte de sus andanzas: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”. A despecho del texto original, la vox pópuli ha convertido esa frase en “Con la Iglesia hemos topado”, y aliento la sospecha de que don Miguel no hubiese tenido nada en contra. Basta que recordés lo que te dije que descubrió aquel periodista insigne y lúcido socialista español que fue Luis Araquistain: “La singularidad que más ha llamado mi atención en el Quijote, y que no veo mencionada en ninguno de sus innumerables comentaristas, es que en los 106 días que duraron las aventuras del Ingenioso Hidalgo, ni él ni Sancho Panza fueron nunca a misa”.

Misa es la palabra clave de lo que sigue, y el introito al tema bien pudiera ser una variante de la frase no cervantina: “Con la Iglesia topaste, buen Chillida”.

Ocurre que en Colonia, “la santa” –así la llamó Heine–, albergamos una obra de arte, una escultura de Eduardo Chillida que se titula Gurutz Aldare (“el altar de la cruz”) y que se encuentra en la iglesia de San Pedro, Sankt Peter en alemán. Una iglesia con un renombre internacional porque funge como “estación artística”, escenario admirable de exposiciones y eventos culturales.

El 9 de mayo de 2001, por ejemplo, de una lectura literaria que convocó una audiencia de más de 700 personas: el autor era Mario Vargas Llosa, quien leyó de su novela La fiesta del chivo. Ni en tiempos de la más acendrada catolicidad coloniense deben haberse apiñado tantísimos feligreses entre esas cuatro santas paredes.

Y ocurre que el párroco de Sankt Peter recibió un ucase vaticano, firmado por el cardenal de la Curia monseñor Arturo Jorge Medina Estévez, en el cual se le prohíbe decir misa en ese altar de Chillida. La inefable fundamentación teológica aducida por monseñor es un precepto litúrgico: el altar representa a Cristo como unidad, y en consecuencia no puede ser que esté fragmentado en esas tres piezas que componen la obra del escultor guipuzcoano.

Realmente cuesta trabajo creer que Chillida ­–creyente y practicante– y su confesor, un hombre de reconocido talento y gran sabiduría, y que parece ser quien le encargó la obra, hayan tomado a la ligera el aspecto digamos simbólico del altar. Más bien diría uno que quisieron trascenderlo a su manera, convirtiéndolo en alegoría de la Santísima Trinidad. Y realmente cuesta trabajo creer, en esta época de ausentismo de fieles, que el Vaticano se preocupe por dónde se celebra una misa. Sin que le preocupe, sin ir más lejos, ya que estamos en Colonia, que en la catedral de esta ciudad se siga sosteniendo oficialmente una superchería: la de que nada menos que en su altar mayor están custodiados en un lujoso cofre relicario los restos de los Reyes Magos...

Por si todo esto fuera poco, resulta que en el Vaticano, y en sitio tan recóndito como la entrada a la Capilla Sixtina, hace más de 30 años que está expuesto el modelo del Gurutz Aldare, regalado por Chillida al entonces pontífice Paulo VI. ¿Será que no lo ha visto nunca monseñor Medina Estévez, o será que lo habrá considerado obra de piadosos pigmeos desconocedores de una de las más altas verdades de la simbología católica: la infragmentación del altar? Pero en fin, que querés que te diga: ya Borges nos alertó acerca de que la única ciencia ficción es la metafísica.

Teniendo en cuenta el tema de esta carta, te beso con devoción, y me despido hasta la Victoria (la de Samotracia) siempre