Billetera. Llaves. Lentes. La lista mental matutina puede parecer sencilla, pero cuando se sufre de mala circulación cerebral no lo es.

Por Diego Delfino
Fotografías: Jorge Navarro 2010

 

Billetera. Llaves. Lentes. La lista mental matutina puede parecer sencilla, pero cuando se sufre de mala circulación cerebral no lo es. Es por eso que el olvido suele atacar el último ítem de la nómina, el más vulnerable pues me acompaña hace solo dos años. No hay gran historia detrás de su arribo; un buen día, de pronto, los subtítulos en el cine me resultaron ilegibles. Desde entonces hasta ahora, los mismos anteojos me han permitido ir al estadio y poder madrear al árbitro con autoridad moral.

¿Que si usé lentes de contacto? Ni de broma. Lo aclaro desde ya porque es fundamental para entender la angustia de mi rostro en las fotos que acompañan este texto. A usted le podrá parecer un paseo por el parque meterse el dedo al ojo, pero yo opté, sin pensarlo, por la modalidad cuatro ojos. Créame, no hay nada más incómodo que subirse a la moto, quitarse los lentes, ponerse el casco y montar de vuelta los lentes, pero prefiero repetir ese ritual todos los días a manosear mis córneas.

Mi problema con los ojos es grave, mucho más que el de la vista (mi astigmatismo miópico no llegó a "moderado"). No puedo, por ejemplo, abrirlos bajo el agua. Si me veo obligado a usar gotas, me las aplico con los párpados cerrados. No logro, si quiera, ver a alguien cambiándose los contactos. Imagínese entonces el panorama frente a una cirugía con láser...

 

La primera y más importante medida previa fue también la única: cero YouTube. Si usted está considerando la intervención y también es un blandengue le recomiendo la siga al pie de la letra. Limítese a los testimoniales de sus amigos, todos le dirán lo mismo: "Estate tranquilo hombre, entrás y salís antes de que te des cuenta y no te duele nada".

A mí las palabras de aliento no me significaron mucho. Con o sin dolor, me iban a rebanar una lonja de la córnea y yo lo iba a ver más en primera persona que nunca. Eso sin mencionar el láser. Naturalmente pregunté por la posibilidad de una anestesia total, pero hay que estar despierto y claro, fijando la vista en la lucecita roja...

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El viernes previo a la operación llegué a la consulta en el Instituto de Cirugía Ocular preso de incertidumbre, casi esperando que me dijeran que no era apto para la intervención. No hubo suerte. El Dr. Luigi Semeraro (optometría) y el Dr. David Flikier (cirujano oftalmólogo) estudiaron mis ojos más que una novia adolescente. Cualquier cantidad de máquinas midieron agudeza, refracción, tamaño, aberrometría, topografía, sensibilidad, histéresis, tensión, usted póngale nombre. Resulté, claro, candidato ideal para la cirugía refractiva.

Flikier es toda una autoridad en la disciplina, cerca de diez mil pacientes han pasado por estas puertas. Uno de ellos está en la habitación mientras el doctor me explica los pormenores del LASIK. Julio César Atencio es un estudiante colombiano de oftalmología que hace una pasantía de tres meses en la clínica. Durante su estancia, decidió operarse aquí.Estamos hablando de Colombia, cuna de la técnica en cuestión, país donde el mismo Flikier se preparó. Indago entonces. "Después de ver al mismo doctor realizando los exámenes previos y lo meticuloso que es con cada caso decidí operarme con él". Joder, estoy en buenas manos. Todavía pálido quedo con el doctor para el martes. "Que va, me vas a espantar a los clientes vos", me dice entre risas. Me despido un poco avergonzado.

Minutos antes ya me lo habían dicho. "Resultó buen llorón". Vaya sorpresa. La evaluación de la película lagrimal que me practicó la enfermera  resultó exitosa. Chupa en mano "Esto es una excepción, normalmente son solo para los niños" traté de distraer a la muchacha que también a ciegas, sentada a mi lado, se quejaba del ardor en sus ojos. Ciertamente la pruebita es incómoda, por fortuna no me di cuenta de en qué momento le montaron dos tiras de papel secante al borde inferior de mis párpados.

Antes de marcharme, la conversación de rigor con el Lic. Froylán Quesada (director administrativo). Muy amable, me entrega el folder que oficializa el pacto. Adentro, además del consentimiento informado para la cirugía refractiva, toda la documentación que pueda imaginarse sobre la misma: ventajas, riesgos, candidatos, manejo postoperatorio, recomendaciones adicionales y una muy completa sección de preguntas frecuentes. De vuelta al trabajo, tras las bromas del fotógrafo, me entrego a la lectura.

¿En qué consiste la técnica Lasik? Básicamente se trata de pulir la curvatura defectuosa de la córnea por medio del láser excimer. El cambio se realiza en el interior del tejido corneal, por lo que la cicatrización es muy rápida. Todo esto sucede en cuestión de segundos y en efecto, no duele. Si usted sufre de miopía, astigmatismo o hipermetropía puede ser candidato para el procedimiento.

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Billetera, llaves, lentes. Llegué a la clínica el martes poco antes de medio día, ignorando las seis horas de "no comer ni beber": no hay alma que sobrelleve una mañana sin café. No más entrar coqueteé con el percolador de la sala de espera, pero don Froylán, de nuevo muy cortés: "Después de la cirugía, todo el que quiera". Buena señal, uno ya lo sabe, pero es grato recordar que no se trata de una operación de lenta y tediosa convalecencia. Todo lo contrario.

Minutos antes de pasar, sale el paciente anterior sonriente. "De haber sabido, hace rato que me lo hacía", le dice a la recepcionista. "Yo le dije mil veces, no duele", remata la esposa. Paro oreja entusiasmado y entonces me llaman. Hay que decirlo, colocarse la batita de paciente hospitalario por vez primera le baja los colores a cualquiera, aunque sea para acompañar al perro a la veterinaria. La espera es breve, apenas han guardado la ropa civil en el armario y ya está uno acostado.

En la sala, cualquier cantidad de personas. Apenas las alcanzo a ver. De la mano me llevó la enfermera hasta la cama y una vez que estoy boca arriba la visión periférica desaparece. De pronto me siento como si estuviera reviviendo la primera escena de La Escafandra y la Mariposa. Algo me han colocado y mis ojos ya están aislados. La sensación claustrofóbica aprieta mientras me limpian los ojos con algún desinfectante helado. Al instante las gotas de anestesia y antibiótico. En sala  no pierden el tiempo y se agradece.

Flikier va explicando todo, paso a paso, como quien le habla a un niño. Vasto en paciencia, me pide varias veces que no me mueva. Estoy visiblemente tenso. Arriba solo luces. Entonces, el momento más incómodo de la intervención, un instrumento innombrable se coloca sobre los ojos e impide el parpadeo. La referencia a La Naranja Mecánica es ineludible. Se siente una ligera presión incómoda y, antes de que uno se de cuenta, lo gillotinearon. De inmediato la visión se nubla. Entonces, el láser. Semeraro, quien asiste desde la parte técnica, es quien anuncia cuánto durara el disparo. Fueron dieciséis segundos en un ojo y veinte en el otro. No se siente nada. Se percibe sí, un ligero olor a quemado. Flikier, raudo, coloca de vuelta la pequeña lámina cortada de tejido corneal y listo, todo está en no mover la vista (como hice yo) para que el doctor no tenga que reacomodar la lonja.

No creo que aquello haya tardado más de diez minutos. Con dos protectores plásticos pegados a los ojos y unos lentes oscuros de ciencia ficción estaba en la calle tan solo media hora después. Lo primero, almorzar, lo segundo, dormir, que queda particularmente recomendado. La sensación arenosa en los ojos me acompaño por unas tres horas, tiempo después del cual desapareció cualquier incomodidad. Con la vista todavía un tanto nublada (y limitada por el plástico) a las seis de la tarde ya estaba viendo las noticias sin mayor problema.

Al día siguiente, temprano, la primera cita postoperatoria. Después de la agradecida retirada de los protectores de plástico y una minuciosa limpieza de los ojos a cargo de la enfermera vamos de vuelta a las máquinas del doctor. "Todo bien, un ojo está listo y el otro ya casi termina". Espléndido, la cosa marcha, nada de retoques ni revictimizaciones, solo seguir el ritual encomendado: por los primeros días todas las gotas del mundo (sophipren y vigamox terminarán siendo palabras tan familiares como acetaminofén) y cero contacto con el mundo exterior.

Se podría decir que para el jueves ya me encontraba listo para exponer los ojos a la típica jornada de catorce horas frente al monitor, pero fue el viernes el día del verdadero salto visual. La doctora Lihteh Wu me proyectó las famosas letras en la pared y con nueva vista cero kilómetros recité cada una con la seguridad de un medalla de oro en oratoria. "Su vista es veinte diez". Puse mi mejor cara de "caramba, eso es muy bueno, supongo". "Eso es mejor que veinte veinte". No se diga más.

El lunes siguiente, finalmente, de vuelta al trabajo.

Billetera, llaves, vamonos.