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Ciego por un día
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Por Mauricio Azofeifa
Publicado el 03/12/2010
 

Por Mauricio Azofeifa
Fotografías: Jorge Navarro 2010

Edición 39

Ciego por un día

Por Mauricio Azofeifa
Fotografías: Jorge Navarro 2010

 

Mi abuelita siempre me decía que si me sentaba muy cerca del tele me iba a quedar ciego, era ese compendio de diagnósticos de pueblo que algo tienen de cierto, pero mucho más tienen de amenaza disciplinaria. “Cómase toda la comida, piense en los chiquitos de África”, salados ellos porque la gente se enferma cuando se come las cosas “con muchas ganas”. 

Pero igual me sentaba a dos palmos del tele a ver lo que dieran, soy el triste producto de una generación televisiva. Así que no importa a cuantos especialistas graduados en las europas haya visitado en mi vida adulta, lo cierto del caso es que a mi abuela, que ya descansa en paz, no le vuelvo a ignorar consejo.

Cuando estaba  en octavo año del cole se me empezaba a distorsionar la pizarra, a veces calculaba mal los centros en las mejengas y adquirí una gesticulación muy particular de quien ya necesita ir al oculista: arrugaba la cara como tratando de oler las letras, lo que efectivamente hacía era comprimir mi ojo para disimular el keratocono que nacía en mi.

Y bueno, a mis 14 años pasé a ser el chiquitillo, blanquillo y con un par de inmensos anteojotes, todo un tiro al blanco. Tiempo después, empezaron las cirugías láser y traté de formar parte del club de los que regresaron al 20/20; tristemente, sin embargo, lo único que solucionaría mi problema era un transplante de córnea. Eso significaba unirme al banco de solicitantes de donadores, someterme a cirugía y andar por la vida con ojos de muerto; así que lidié con el constante fantasma de la ceguera desde muy pequeño, con  el miedo a que la enfermedad se siguiera desarrollando o que —si optaba por la cirugía— algo terminara mal en esa zona tan delicada. Pues bueno, para SoHo accedí a renunciar a mi vista por un día.

Cabe destacar que con esto no busco ningún tipo de concientización, ni de sensibilización social, es únicamente un ejercicio literario que pretende ser entretenido. Casi nada de lo que escribo tiene algún propósito social detrás. Espero cuando menos no ser ofensivo, esa nunca será mi intención.

Cualquier enfermedad que ataque directamente a las retinas te puede hacer perder la vista de un día para otro, un desprendimiento, una luxación de cristalina, un derrame, una fuerte contusión, etc. Hoy podés ver y mañana ya no, sin los sentidos súper agudizados, sin saber manejar el bastón blanco, sin braille, nada; un nuevo comenzar en negro.

Muy distinta es la situación de quien nació ciego y eso es todo lo que conoce, pero cuando has llevado una vida de ojos abiertos y súbitamente te privan de esta posibilidad es como regresar en el tiempo y tener que aprender de nuevo. El miedo, la impotencia, las preguntas, la lucha contra el reconocerte no vidente; yo no pasé por nada de eso, a mí simplemente me taparon los ojos, jamás podré comparar lo mío con una lucha como la de ellos.

A diferencia de una situación real, este caso era más como un reto, como tratar de conseguir acciones básicas, casi mecánicas de mi mañana: prepararme desayuno sin que esto se convierta en un caso de sala de urgencias, lavarme los dientes (con pasta dental y no con un tubo pegamento industrial), escoger mi camisa y no resultar pareciéndome al payaso Picapiedra y que las fotos de esta nota no pasaran por un avance de Los Tres Chiflados.

Lo logré con el desayuno, claro que en condición de cocinero no encuentro por qué sentirme orgulloso de mal esparcir unos cangrejos con mermelada de fresa, si bien esto ya significaba exponerme a cuchillos y hornillas al rojo vivo. Descubrí luego que, sin haberme dado cuenta, mi cocina parecía Kosovo al final de la jornada.

Siguiendo un poco la normalidad del sábado, me senté a “ver” televisión mientras me  preparaba para el baño. Incluso sin ver, la televisión te puede entretener, ese tipo de programas de biografías o históricos —en donde lo único que se anula son las caras de los investigadores y fotos viejas—  no pierden su validez. Las series no se logran entender sin apoyo visual (tal vez solo Tres Patines), los noticiaros nacionales puede que hasta ganen sin el exceso de sangre y las caras de radio que caracterizan nuestra tv (no a la española, a las presentadoras de TVE las voy a llevar siempre en el corazón). Por otra parte, un programa como “Intrusos” pasa a ser inútil como una bolsa de pelo.

Me di cuenta de que estaba perdiendo acceso a joyas del cine que no están en cualquiera de los dos idiomas que entiendo: a los spaghetti western, a Il Postino, Cinema Paradiso, La Dolce Vita, a Otto e mezzo (Adiós del todo mi viejo amigo Fellini), adiós a Los Sueños de Kurosawa, La Vida de los otros, adiós Kolya (ni siquiera Kolya merece la pena por aprender checo). Y no solo eso, adiós al hipnótico cruce de piernas de Sharon Stone, a las duchas de Porkies, a los ojos de Michelle Pfeiffer… no somos nada, compadre.

Características externas me sugirieron el tipo de ropa, la forma de la suela, la textura de la mezclilla, detalles en general. Curiosamente mi desorden obsesivo compulsivo resultó funcional en este caso, mis medias cafés, negras, blancas etc. siempre ocupan una posición específica, igual que mi billetera, el control remoto, el teléfono celular, etc.

Pasando por un filtro mínimo de sentido común, me di cuenta de que tratar de dominar las calles sin mis facilidades visuales era técnicamente suicidio si no contaba con ayuda, todos necesitamos ayuda con o sin discapacidades; sin embargo, en este caso era incuestionable. Necesitaba hacer unas compras y para hacerlo más interesante me dirigí hacia la Feria del Agricultor, no estaba seguro de si me iba alcanzar el dinero que llevaba entonces pasé al cajero automático.

Que rico es arrancarse la venda y disfrutar del placer directamente en la piel.

Estoy seguro de que el especialista en política de equiparación social corporativa —o como se llame— del banco a donde fui, no compartirá mi opinión, pero sacar dinero de un cajero automático sin ver es más difícil que un diciembre sin trago, imposible diría yo. Otra observación que no se me haría difícil de conseguir: ¿Por qué los billetes no tienen diferente tamaño o alguna particularidad que los haga amigables con los no videntes? No parece ser tan difícil, durante años han cambiado los billetes en múltiples ocasiones pero al parecer a Colón no le importan gran cosa los discapacitados.

Si los ticos nos quejamos de los huecos en las calles es porque no nos hemos fijado en el pompéyico estado de las aceras; digo, superar sin caídas doscientos metros sin ver es como un concurso de Gladiadores Americanos, entre parches de cemento, zacate, cacas de perro (espero), plantas y la irresponsabilidad altamente irritante de vecinos que ponen maceteras, bancas o adicionales de cocheras para meter su segundo Hyundai.

En general, la gente es amable cuando notan tu aparente limitación, algunos se impacientan, algunos se muestran indiferentes, yo no culparía a la gente por esto, como sociedad no estamos preparados para lidiar con personas no videntes, no hemos sido preparados para ello.

Me atrevería a decir que hay una amabilidad que cae en lo molesto, no termino de comprender la razón por la que la gente te habla despacio y con diminutivos cuando te piensan invidente, es decir, estoy ciego, no estúpido, la estupidez es una discapacidad mucho más lamentable y difícil de superar, puedo entenderle perfectamente sin que me diga: “y   n o  q u i e r e   l l e v a r   m a n z a n i t a s”. Más tarde en el día le preguntarían a un amigo, que hacía las veces de lazarillo en ese momento,  “Y él, ¿qué va a tomar?”, Curioso, no sabía que la ceguera trajera el beneficio de la invisibilidad.

Hay ciertos trucos de cocina que te dan habilidades para seleccionar los mejores productos por medio del tacto, el oído y el olfato; sin embargo, estas habilidades son complementarias a la vista, no sustitutivas. Compré melones que al agitarlos se escuchaba su delicioso jugo nadar dentro, tomates firmes y de buen tamaño, chiles dulces con olor apetitoso; hoy muchos descansan en el basurero con picaduras, colores extraños, grietas en el tejido, etc.

Este parecía ser claramente el momento para una cerveza: una buena barra, conversación agradable y frijoles blancos con pellejo son un placer siempre disfrutable; opacado posteriormente cuando se comenzó a hablar de mujeres. Continuaron luego mis formulaciones sobre lo que podría ser mi vida “sentimental”, se pensaría en primera instancia que el físico pasaría a segundo plano y lo único importante en una mujer sería ser agradable, graciosa e inteligente (esto es evidentemente falso).

El punto es que eventualmente la vas a tocar y ya sus formas dejarán de ser un misterio, podría ser cierto (claro que no lo sé) que un buen cuerpo importe más que una linda cara, me inspira Ray Charles cuando sostenía con amabilidad la muñeca de la muchacha que estaba conociendo para determinar el que podría ser su peso, la necesidad es la madre de la inventiva.

Cuando regresé a casa ya estaba ansioso por quitarme los vendajes, el viaje en carro me había mareado, me picaban los ojos, ya quería terminar con este experimento. Saber que estaba a un esparadrapo de recuperar mi vista fue reconfortante y así lo hice apenas me senté en mi cama a darme cuenta de lo lindo que era el cielorraso.

En este estado necesitás ayuda, cualquier sentimiento de soberbia cede pronto ante el instinto de supervivencia

Siento finalmente que cuando deja de funcionarte el par de arriba deben hacer el doble de trabajo el par de abajo: para reiniciar tu vida, aceptar tu condición, combatir el deseo de provocar lástima y empezar a adquirir habilidades nuevas para hacer las cosas que ya sabías hacer antes.

No creo que exista mejor forma de cerrar este artículo que con las frases sabías del no vidente más sabio de la televisión, el Maestro Po de la serie Kung Fu:

"Pequeño Saltamontes, son solo los ojos los que vuelven ciego al hombre".