Por José Manuel Peña Namoyure

 

A 52 años desde que perdí el ojo izquierdo (tenía 5), me piden que hable acerca de la experiencia de un “tuerto” y ello implica volver la mirada a mi natal Liberia, la otrora Ciudad Blanca, bucólica, solidaria, fraternal, con una sola escuela, un único colegio, con poca población, donde todos nos conocíamos.
                    
Me crié con mi abuela Victoria, un hermano y dos primos en el barrio Los Ángeles, en medio de tantas vicisitudes de una familia pobre y luchadora, pero con ganas de salir adelante.

Cerca de nuestro hogar, había una palmera de pipas que, cuando se desprendía una de ellas (sonaba fuerte), los niños salíamos soplados a recogerla como un trofeo, abrirla y saborear el dulce néctar, luego pelarla para el coco delicioso.

Yo era el menor de la casa, nunca llegaba de primero, esa impotencia producía llanto y la abuela alcahueta obligaba a los demás a darme la pipa para travesearla, hasta que un día, cogí el machete y un trozo de madera para pelarla, con tan mala suerte que en vez de darle a la estopa (recubrimiento de la pipa), le di al palo y la punta del objeto punzante tocó el iris de mi ojo izquierdo.

Recuerdo que sentí un fuerte dolor, me llevaron a la Unidad Sanitaria, me pusieron un medicamento y me mandaron para la casa con el ojo color azul (ojo de pescado), porque pensar en un oftalmólogo era un sueño y creo que aún, en este siglo XXI, ese servicio es añorado en el hospital liberiano.

Varios años después, le conté  ese episodio a un especialista, quien me dijo que con una atención pronta se hubiera solucionado el problema, pero como fiel creyente, creo que Dios me tenía reservada una mirada unidireccional y nunca he protestado.

De modo que entré a la escuela Ascensión Esquivel con ojos de distinto color y eso impresionaba a los demás niños, por lo que a veces me sentía incómodo. Con el tiempo, todo eso se volvió normal y al igual que los otros carajillos jugaba y estudiaba sin reparar en la disminución visual, a lo mejor porque también soy zurdo. Pero al llegar a sexto grado, sentí  unos dolores fuertes en el ojo malo y me llevaron al policlínico del Seguro Social (actual Hospital Calderón Guardia), donde el doctor Mena Ugalde me vio y decidió operarme, sacó el ojo y quedó un vacío que debió llenarse con una prótesis u “ojo de vidrio”, de manera que eso obligó a tapar el “problema” con anteojos oscuros, mañana, tarde y noche, por un poco de vanidad y complejo absurdo.

Con los eternos espejuelos  pasé la niñez, la secundaria y a los 23 años fui a trabajar al hospital de La Anexión en Nicoya, donde fui jefe de personal y administrador. Un día llegaron varias enfermeras a trabajar, entre ellas una mujer delgada, alta y guapa que, con el tiempo, fue y sigue siendo mi compañera, aceptó al “hombre de los eternos anteojos oscuros”.

De vez en cuando íbamos a playa Sámara, yo sufría y padecía envidia de la buena, viendo a los bañistas darse chapuzones y gozar de lo lindo con las olas, mientras lo más que hacía era mojarme los pies con todo y ropa. Un día, Teresa, mi esposa, me increpó fuertemente y con ternura me invitó que dejara ese complejo, que me metiera al mar para disfrutar con los niños, lo cual hice y viví momentos de locura y felicidad que es difícil de imaginar.

Después de ese gran día, me entusiasmé, cogí valor, fuerza, coraje y valentía para ir a San José en busca de unos anteojos claros que me ayudaran a mejorar la vista y ahí enterré “la eterna oscuridad visual”. Fue un renacer, una catarsis extraordinaria, un repunte total de la autoestima, la felicidad de ver la claridad del día y la oscuridad de la noche diáfanamente, sin obstáculos, temores y complejos que cuesta mucho erradicar.

A los 57 años, mi vista es buena, Dios siempre compensa las debilidades, aunque a veces los amigos me reclaman que no les saludé; les aclaro que si pasaron a mi izquierda es que ahí “no betún”, como dicen los pachucos.

Los avances médicos y estéticos hacen el milagro de que uno se pueda poner un ojo igual al bueno y con ello mejora la figura, aunque otras veces hay que ir soplado a la óptica a buscar una, cuando por un descuido, la prótesis se va por el hueco del lavatorio, como me ocurrió varias veces.

Y algo más: los tuertos como tenemos una sola dirección casi nunca nos equivocamos de camino.