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Elecciones sin ley seca
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Por Maria Montero
Publicado el 03/11/2010
 
El final es feliz. O sea, lo que viene a continuación no le interesa ni a la abuelita de Laura Chinchilla, que debe haber sido una ancianita comprensiva y paciente, de haber existido, y también muy suspicaz, no lo dudo.
Edición 39

Elecciones sin ley seca
           

Por María Montero
Fotografía: Garrett Britton © 2010

El final es feliz. O sea, lo que viene a continuación no le interesa ni a la abuelita de Laura Chinchilla, que debe haber sido una ancianita comprensiva y paciente, de haber existido, y también muy suspicaz, no lo dudo. Sin embargo, repito, esto tiene un final feliz. Abrumadoramente feliz. Tan mayoritariamente feliz como puede serlo un final feliz lleno de infelices ebrios de felicidad y de algunas otras drogas mucho menos encubiertas, porque en el registro de los estados de ánimo, la felicidad debería considerarse un arma de destrucción masiva, una emoción de laboratorio, un transgénico, una fruta estéril, sin semillas. Rara.

La pasada fue la primera ronda electoral con venta libre de alcohol, es decir, los ticos nos portamos como de costumbre. Aún así muchos bares decidieron seguir la rutina de los últimos 60 años y se mantuvieron cerrados.

Todo el mundo debería desconfiar de la felicidad por lo menos hasta el 2012 y después ya veremos, aunque no de la alegría, porque la alegría es intensa y fugitiva, en cambio la felicidad es conservadora y tiende al aburrimiento, como las drogas legales que se consiguen en el duty free por menos de $20. Enferman más de lo que alteran. En fin. Ni siquiera hemos empezado y mi primera conclusión es reconocer que me llevará algún tiempo antes de poder decirle presidenta a la presidenta. Por lo menos hasta el 2012 y después ya veremos. Lo digo de mujer a presidenta.

Por primera vez desde que nació, pero especialmente desde que consiguió trabajo, el mesero del bar Río pregunta qué vamos a tomar. Su sonrisa es normal y eso quizá se deba a su juventud, pues sonreiría de otro modo si supiera que se trata de una pregunta que ningún mesero de ningún negocio podía formular abiertamente en Costa Rica desde hace 60 años el mismo día de las elecciones. Pero hoy, domingo 7 de febrero del 2010, todo es diferente, porque esa ya no es una pregunta ilegal. Como si la ilegalidad fuera impedimento de algo en este país. Como si abandonar una burda muestra de hipocresía equivaliera a abandonar toda la burda hipocresía. Como si una medida semejante no fuera, por el contrario, la mejor forma de perfeccionarla.


Solo por eso y en honor a las cosas cuya apariencia es puro vacío deslumbrante es que vale la pena pedir tequila o por lo menos guaro. Es de noche o, mejor dicho, oscurece con precocidad. Algo parecido a una horda de monos (y monas) africanizados desemboca en Los Yoses desde la Avenida Segunda, despavoridos e improductivos, pitando en todas direcciones, caóticos y nunca totalmente decididos, vociferando con sus monitos el nombre de personas que ni siquiera conocen y jamás conocerán, golpeando sus bocinas con énfasis absurdamente musical y agitando banderitas con ademanes que más bien parecen convulsiones, como infantes narcotizados por el exceso de dulce después de un cumpleaños. Algunos actúan y otros observan, es decir, todos participan. Se llama fiesta electoral. Sucede cada 4 años y se resuelve en menos de 24 horas. Un trámite sospechosamente rápido para ser gestionado por el gobierno. Perdón, por el Estado. Claro, duraría más si mantenerse en el poder fuera más difícil. En fin.

Cualquiera diría que el alcohol lo están vendiendo en la calle, pues a la par suya, el bar luce discretamente reflexivo. La razón es obvia: en esos momentos se disputa la 44 edición del campeonato de la National Football League y los televisores de Río no dan abasto. Ajeno a la comparsa política, el club es un templo del deporte: las mesas expectantes, esperando el banderazo hacia una noche sin salida. Un grupo de amigas rubias con picheles que les quedan demasiado grandes se levantan y se van, sueltan la mesa, se bajan la minifalda arrugada, increíble, toda aquella cerveza servida y despreciada, qué inmadurez, qué ofensa retirarse en plena transmisión del Super Bowl. ¿A dónde van, machillas? ¿No ven que si se marchan ahora jamás sabrán que los Saints de Nueva Orleáns van a ganarle 31 a 17 a los Colts de Indianápolis?


Cada jugada es celebrada al unísono en un acto casi milagroso, como si repentinamente los aplausos abrieran el cielo y el mismísimo sol del Sun Life Stadium de Miami iluminara todas las cabezas presentes. Aquí, la pugna entre Peyton Manning y Drew Brees tiene mucho más rating que la pugna entre Liberación y el resto de los partidos, quizá porque las arremetidas de los quarterbacks conservan aún algo de sorpresa. O simplemente porque el fútbol americano es mucho mejor espectáculo que las elecciones ticas. Vaya usted a saber. Ya llegará el día en que le encomendemos las votaciones a un buen productor que borre de nuestra memoria tanta pantomima, pero sobre todo la frase de Bías de Priene: La mayoría de los hombres es mala. Tal vez Emilio Estefan.

Con las mesas ajustadas de galanes y algunos gordos esporádicos, el ambiente empieza a tornarse reiterativo: güisqui, cerveza importada, güisqui, algunos rones, cerveza importada. Nada que no pueda beberse también en Año Nuevo o en el Día del Padre o en el Día del Niño o en el Día de la Secretaria. Se bebe porque sí. Es uno de esos momentos en la vida del costarricense de los que hay que huir con toda la fuerza de las llamadas neuronas flotantes. Significa resistir –con un trago en la mano, por supuesto–, pero sin permitir la impunidad de la idiosincrasia. Entonces nos vamos a otro bar, en busca de no sé qué, porque si por la víspera se saca el borracho, los resultados hasta ahora son muy modestos.


 

Como era de esperarse, el permiso de beber no es un aliciente para beber. Basta con ser medianamente tonto para saber que la prohibición es un engaño y que el engaño es lo que arrastra multitudes. Tal vez, a estas horas, el corazón etílico de la democracia costarricense está celebrando en otro lado, por razones diferentes, satisfecho de que la muchedumbre afuera grite, para que crea que se expresa, y exhiba sus insignias, para que crea que participa. 

Sabemos que la cantidad de bares que podemos visitar es solo comparable a la cantidad de iglesias, si fuera necesario, pero no lo es. Hoy, día de las elecciones, la verdadera decisión es por dónde escapar: salir de Los Yoses es aún más difícil que entrar a Los Yoses y la razón es inexplicable, pues ambos sentidos de la calle están colapsados. Finalmente, nos colamos por una grieta del inframundo y, no sé cómo, alcanzamos la puerta de Rafa’s, iluminada por una honda soledad nocturna. Rafa’s está abierto, sí, pero en coma. Toda La California está atravesando una crisis de valores –como quien dice, una segunda Semana Santa– y un tupido velo dejó con candado sus entradas más sensibles: Area City, Bahamas, el Cuartel…

La ruta es corta pero escarpada. Rayuela, cerrado. La Chicharronera, cerrado. El Morazán, cerrado. La Vasconia, abierto, aunque parecía cerrado. Un murmullo silencioso y distendido cruza el local, como en una escuela para adultos. Los habituales reflexionan apoyados en la barra como si fuera el pupitre, miran hacia el televisor como si fuera la pizarra, dialogan con el bartender como si fuera el maestro. Una hilera de columnas de humo asciende pesadamente hacia el techo. Todo sucede en cámara lenta. Algunos beben sus cervezas y hacen anotaciones al margen frente a las grandes lecciones que vienen de lo alto: Laura… ‘el menos malo’... la mitad de una hostia en el bolsillo de Otto… enseñanzas solemnes que al menos permiten sacar algo en claro: que el hielo de la cerveza se derrite

 

La felicidad es una ‘droga’ cara, pero el Tribunal Supremo de Elecciones se encarga de financiársela a todos los costarricenses cada cuatro años. A algunos ciudadanos no les importó pagar un precio ínfimo por alegrarse y, en vez de votar, optaron por la cerveza.  O ambas cosas, porque no siempre se puede.

Una nueva ronda nos lleva a La Embajada, que a esas horas parece realmente una embajada, pero en Tijuana, llena de inmigrantes bulliciosos, señoras marchitas, policías, vendedores ambulantes y tráficos de toda índole. Una fauna entrañable para la ocasión, aunque La Embajada siempre ha sido así y su ambiente no le debe nada al sistema democrático y mucho menos al Tribunal Supremo de Elecciones. Dos representantes de la ley –que vistos de cerca tienen mucho que envidiarle a Robocop– tratan de ponerle punto final a un pleito de borrachos, pero no pueden terminar algo que ya se había terminado antes de que llegaran. Si tuvieran el más mínimo olfato periodístico, sabrían que uno de los revoltosos, haciendo uso de toda la imaginación etílica de que era capaz, decidió esconderse en el baño y, con suerte, tal vez aún tenga tiempo de recobrar la sobriedad antes de que lo encuentren. 

Nuestras expectativas comienzan a agotarse, como si la gran noche electoral nos hubiera conducido a un destino premeditado, un sombrío callejón donde nada diferente está a punto de ocurrir.

 

Atravesamos calles semidesiertas rumbo al sur, a ver si acaso, hasta llegar a la esquina de La Nueva, en Alajuelita. Al menos sus propietarios tuvieron la delicadeza de ahorrarse el otro adjetivo, aunque no hay forma de evitar la asociación y leer lo que no está escrito: ‘la buena nueva’.

El guaro y la política no se mezclaron mucho en La Vasconia, uno de los pocos bares abiertos de San José, cuya barra semidesierta será, por mucho, uno de los misterios sin resolver más grandes del país. Otras mezclas más concurridas se sirvieron en La Embajada, también en el centro capitalino, y en La Nueva, en Alajuelita. Concurridas se sirvieron en La Embajada, también en el centro capitalino, y en La Nueva, en Alajuelita.


Si no fuera por un par de muchachas incondicionales –especialmente incondicionales con su propia y extinta juventud–, La Nueva podría pasar por biblioteca, pero ellas saben que eso tiene remedio, especialmente si se toma con hielo. Detrás de la barra, Isidro Segura resume la biografía de sus amigas y clientas: “Cuando no están aquí, están en otro bar”. A un costado, el salón no supera las 10 mesas vacías y una decoración que se quedó a medio camino entre la Navidad y el Día de los Enamorados. Como para ahuyentar la soledad, Isidro le sube el volumen a las noticias. Sin embargo, de pronto, la realidad es una síntesis de sí misma y deja muy poco a la imaginación. No hay mucho más que compartir, salvo la incómoda sensación de que los políticos engañan incluso cuando mienten, porque claro, podrían mentir con un poco de honestidad. Entonces nos vamos y, mientras descendemos, miles de lucecitas se multiplican en la oscuridad de las montañas.