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El enterrador de perros
- Por Revista SoHo
- Publicado 03/11/2010
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Cuando pensé por primera vez en un enterrador de perros, me imaginé a alguien con botas de hule, cara de malo, barba mal hecha, una luna recortada por el mustio paisaje de la noche tormentosa. Un animal muerto, que con toda probabilidad, se levantaría del reino de la oscuridad para comerse a su enterrador. Pero, como casi siempre, me equivoqué. Fotografías: Marlon Villar y Adrián Soto |
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Cuando pensé por primera vez en un enterrador de perros, me imaginé a alguien con botas de hule, cara de malo, barba mal hecha, una luna recortada por el mustio paisaje de la noche tormentosa. Un animal muerto, que con toda probabilidad, se levantaría del reino de la oscuridad para comerse a su enterrador. Pero, como casi siempre, me equivoqué. El primer reto era encontrar un enterrador de perros. Alguien que en serio se dedicara a esto. Mi primer contacto me llevó a Escazú. Supuse que entre tanto rico alguna bruja habrá quedado. Allí un muchacho tímido, recién salido del colegio, me había dicho que se dedicaba a enterrar perros para seguir la tradición de su abuelo. Se notaba a leguas que el chavalo era nuevo en esas andanzas, por lo que al verlo titubeante, pensé que lo mejor habría sido entrevistar a su abuelo, ese viejo bonachón de cuyo nombre no me acuerdo, que recorría las calles de un Escazú que ya no existe, con un carretón donde ponía a los perros para llevarlos a su última morada. Pero el abuelo de mi novel enterrador, estaba enterrado hacía mucho tiempo. Segundo error. En vista de eso, me enfoqué sobre el muchacho, de cuyo nombre sí me acuerdo, pero en este momento no quiero acordarme, por la siguiente razón: me hizo quedar como un culo y por poco arruina esta crónica. Sin mucha explicación, se limitó a decir que no podía ayudarme y yo me quedé con una pregunta: ¿De dónde putas saco ahora un enterrador de perros? Me sentí mal, incómodo, furioso y frustrado por perder mi fuente. Navegué por Internet en busca de un enterrador, pero Google me seguía dando solo una pequeña pista, solo una. En una revista vieja para mascotas figuraba el nombre de una veterinaria que daba el servicio, a pesar de que llamé con insistencia, el número estaba desconectado. Así que convoqué a los poderes mágicos del 113 y una tal Silvia me dio el número de la veterinaria San Martín. Marqué el número y al instante una voz femenina me dio el cajonero: “Clínica veterinaria San Martín, ¿en qué puedo ayudarle?”. De pronto mis músculos se tensaron, por alguna absurda razón y, aunque sabía lo que buscaba, no hallaba cómo pedirlo, así que recurrí al más viejo de los artilugios: una vulgar mentira. Con voz vidriosa, dejando un espacio entre cada palabra dije: “Buenas tardes, se me murió mi perro”.
Luego de recibir unas escuetas condolencias, marqué el número que la recepcionista me había dado para solucionar mi problema de perro difunto. El número era de un médico veterinario. Mientras marcaba, sentí culpa e imaginé al pobre de Luka, mi mascota, esperándome en la casa. El teléfono timbró un par de veces y a la tercera, contestó el doctor Miguel Ángel Mena. Era el mismo nombre de la única clínica que había encontrado en Internet en la que daban servicios funerarios para mascotas. La voz del doctor Mena, un tanto gutural, me decía que había alguien misterioso al habla. De inmediato me identifiqué y traté de explicarle por qué SoHo quería una entrevista con un enterrador de perros. Aún un poco incrédulo, el Dr. Mena, empezó a abrirse y a describir el por qué dedicaba buena parte de su tiempo a sepultar mascotas. Su explicación era sencilla, al dar el servicio de medicina veterinaria, un amigo le contó que una señora necesitaba enterrar su perro. Él le dijo que podía solucionar el problema. Que tenía una finca en Quebradilla de Cartago, abrazada por una niebla casi perenne, donde los árboles de ciprés se levantan con sus ramas extendidas al cielo y que la misma, y no otra, podría servir de morada a aquel animal. Al primer perro, le siguió el segundo, y el tercero, y un cuarto y un quinto, hasta que se convirtió en una especie de pasatiempo poco lucrativo pero relacionado con su profesión. Especialista en medicina de animales silvestres desde hace más de veinte años, Mena, había llevado una vida ligada a los animales y el medio ambiente, al punto que había pasado temporada y media en un campamento de indígenas norteamericanos. Influenciado por la idea de que los cuerpos que mueren alimentan la vida, Mena concibió posible hacer algo más que enterrar perros. Literalmente los empezó a sembrar.
Sobre cada perro o animal que entierra en su finca, el Dr. Mena siembra un árbol. Puede ser un árbol de cualquier especie, escogida por el propietario del animal. De esta forma, el enterrador de perros me dijo que justifica la siembra de árboles, aunque tiene claro que para eso no es necesario enterrar perros. Sabe bien que el hecho de que la mascota de alguno de sus clientes alimente la vida en otra de sus formas, los motiva a pensar que la vida no se escapó del todo de aquel cuerpo que fue de su compañero. Dos días después, acompañamos a Mena a su finca. Al llegar a su casa en Cipreses de Curridabat, trataba de imaginar el prototipo de enterrador que iba a encontrarme, como varias veces me pasó en el transcurso de esta crónica, me equivoqué. El doctor Mena resultó ser un carajo buena gente, joven, de unos 40 años, tranquilo y amante de la naturaleza. Excéntrico en algunos puntos, como toda persona que tenga contacto frecuente con la muerte, mostró una timidez propia de quien deja que le esculquen la vida. Empezamos el camino a Quebradilla, unos 15 minutos después, nos dimos cuenta de que el acceso solo se podía hacer en un carro doble tracción. Luego de unos diez minutos de tortuosa subida, llegamos al cementerio de animales. Allí nos recibieron decenas de árboles frutales y especies extrañas por estas tierras. No más llegar a una pequeña explanada, se arrimaron, meneando el rabo, tres labradores negros y una golden retriever blanca e hiperactiva. Había algo curioso en aquellos perros, venían a jugar con su amo, pero en el hocico no traían una bola o un palo. Traían guijarros, y no cualquier tipo de guijarros. Las piedras, más grandes que la palma de la mano, cabían difícilmente en el hocico de los perros, sin embargo, Mena explicó que así era como les gustaba jugar a Dana, Baita, Salem y Harem. Los perros piedreros, fueron detrás de sus juguetes. No muy lejos estaban los caballos: Cantinero, Escarto, Brego, Fogata, Pangea, Sahara y Sabana. Hacia el norte, en otro potrero, estaba Moncho, un ternero que al decir de
Minutos después Mena nos mostró algunas de las tumbas. Muy pocas tenían placa, sin embargo, no dejaban de ser intrigantes, al menos en esta latitud. Una de ellas estaba gravada con vistosos caracteres orientales, de un cliente chino, dijo Mena, muy adinerado, al que vio arrodillado llorando por su animal. “Cuando uno ve ese tipo de cariño, entiende que hay un vínculo que no se puede obviar y por eso es que para aquel cliente no era lo mismo comprar cien pastores alemanes, porque a él solo le interesaba el que tenía muerto entre los brazos”, recordó Mena. En el cementerio yacen unos 600 animales, pero no solo se limita a los perros, los clientes del enterrador también le han pedido darle sepultura a caballos, pericos, tortugas; incluso “ha venido una familia entera para que una niña enterrara un pececito”. Los costos son bajos (opinó), un gato, un perro pequeño, vale ¢25.000, un perro mediano, puede ser ¢35.000 o ¢40.000, perros gigantes, ¢50.000 a ¢60.000, los caballos tienen una tarifa de ¢100.000.
No ofrece el transporte, pero si se lo llevan a la casa, él hace el favor de llevarlo desde allí. La finca está dividida en secciones. En una parte tiene solo árboles frutales, en otra unos árboles gigantes que dan sombra y en otra siembra especies raras. Dependiendo del tamaño del animal, así será el árbol que le siembren encima. Para esta crónica Mena accedió a que SoHo presenciara el entierro de un mastín napolitano, para el que requirió que su ayudante cavara un hueco de dos metros de profundidad. Mena asegura que se mantiene alejado de rituales exagerados, poco serios, pero cree que la vida puede ir más allá de la muerte mediante detalles como este. Sembrar un perro es lo mismo que servir de abono para que la vida se perpetúe, los árboles sembrados echarán flores y esas flores podrán generar nuevas semillas y nueva vida.
Al enterrar al animal, no hubo ritoalguno, solo una cuestión de respeto por la vida y por la muerte, que ya es bastante. Poco después, cuando veníamos de vuelta, las piedras del camino hacían transitar al doble tracción con cuidado cuesta abajo. El enterrador de perros, Miguel Ángel Mena, habla más suelto y llega a las raíces de su amor por los animales. Cuenta que su abuelo era un comerciante gitano que “a los 14 se robó a la chica que le gustaba, la hija del mejor amigo de su papá, que era un cuarto de raza árabe y tenía 12 años. Se fueron a Barcelona donde nació mi mamá y cuando los encontraron, salieron corriendo para Costa Rica y se quedaron aquí para siempre. Nunca regresó a España, aquí murió”. Su abuelo fue un gitano en el exilio, si es que eso existe, y luego de trabar amistad con José Figueres, consiguió hacerse de una finca en Playa Grande, en la Guanacaste que ya no está, con tigres, jaguares, pumas y venados. “Uno cuenta esas cosas y parece como loquito”, dice Mena, y piensa en animales que corren por praderas que hoy están sembradas de hoteles todo incluido. Entonces pienso en los árboles que se levantan hacia el cielo desde los huesos de cientos de perros, mientras el sol brilla sobre los cerros y caigo a la cuenta de que, como casi siempre, me equivoqué.
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