Es un buen momento para pedir gustos: “chup a m e”, “meteme el dedo por ac á ”, “dale así” o “tocame así, sí…”.

FOTOGRAFÍA: RONALD PÉREZ © 2009

SIEMPRE LOS HE COMPARADOcon Bolero de Ravel.Se bajan las luces, se abre el telón y empieza un movimiento orquestal que mentalmente me acompaña y me dirige con su melodía obsesiva. Las manos, las piernas y hasta el dedo pequeño del pie se despiertan. De repente descubro centímetros cuadrados de mi piel que me vienen a la conciencia gracias al placer.

Al principio lo que deseo es constancia. Movimientos repetitivos que me saquen de mi estado cotidiano y me dispongan a sentir solo placer sexual. Cuando los pezones están duros como piedras, la piel de los muslos está erizada y el ambiente húmedo entre mis piernas empieza a latirme como un segundo corazón, sé que estoy lista para pasar a algo más. Por lo general, llegado este punto, la mente se libera de la lista de compras del supermercado, el timbre del celular y del noticiero de la televisión.

A la melodía obsesiva se incorporan efectos orquestales en un crescendo que me abre por completo las paredes del coño. Con esa sensación viscosa y elástica es imposible no expresar nada. La respiración se agita, las manos se aferran a una almohada, una espalda o unas nalgas. Es un buen momento para pedir gustos: “chup a m e”, “meteme el dedo por acá”, “dale así” o “tocame así, sí…”.

Empiezan los espasmos, las contracciones, se alcanzan posturas inimaginables y los gustos pasan a ser órdenes: “no parés”, “más rápido”, “h a st a adentro sí”.

En este punto hay dos estrategias que se pueden seguir. La primera es apresurarse al extremo con modulaciones más veloces hasta que lleven a una fantástica finale. Y la segunda es prolongar este estado de placer atizando un poco más a ratos y de repente bajar a compases tranquilos para no perder la pasión pero tampoco llevar al éxtasis.

La primera opción no falla. La segunda opción está llena de recovecos y es una ruta más segura para la multiplicidad de orgasmos.
Lo que es cierto, es que entre tanto placer que mueve hasta los jugos gástricos hay un momento previo al orgasmo en el que prevalece la desesperación. Un lapso en donde no se sabe con certeza si estamos consiguiendo llegar al clímax o si estamos chocando una y otra vez contra una puerta sellada de por vida. Pero es solo un truco. Es el punto donde muchas desisten y se rinden con demostraciones falsas solo para acabar con tanto desconcierto de una vez por todas. Las que somos valientes cambiamos la desesperación por la desconexión. Así se logra derribar no solo la puerta sellada, si no que todas las paredes que nos encierran en ese preámbulo. El crescendo concluye con un cierre estruendoso. La rigidez desaparece de la mandíbula, los cartílagos de las orejas se liberan y lamente está en blanco.

Se muere por unos segundos.