Pobrecito porque no lo soporto...
Pobrecito porque lo quiero mucho…

Estas dos frases, en apariencia antitéticas, equivalen en el español costarricense a lo mismo: es decir, a pasar la aplanadora de la igualación por encima de nuestra víctima.

Pobrecito es el calificativo con que los ticos enterramos a las celebridades más fatuas y soberbias, mientras que con la misma palabra sacamos del fango a los “don-nadies” más sosos e intrascendentes. Es el único término entre nosotros que bien se le puede aplicar tanto a Dios como al diablo; tanto vale para nuestra madre como para nuestra suegra; para los de arriba como para los de abajo.

¡Pobrecito mi hijo porque el profesor no me lo quiere! En otras palabras, mi hijo es tan bueno como el mejor, pero el profe, siempre parcial e injusto, me le tiene cizaña (de nada sirve la inútil aclaración del docente de que a él le pagan para educar al muchacho y no para quererlo).

¡Pobrecito el ministro de turno porque es un imbécil y un blandengue! Es decir, el pobre servidor público es incompetente, pero se le tiene lástima para que no caiga en el fondo de la ignominia, ni nosotros en la insensibilidad de no reconocer sus derechos básicos de animal herido por la desventaja (se echa mano a este recurso en particular cuando el político es pillado en corrupción flagrante).

Este “pobrecitismo” crónico se mueve con notoria facilidad en la vida pública de nuestro país, dándole a los costarricenses una extraordinaria habilidad de trascender la tragedia y la estupidez por medio de esta apisonadora mágica: Pobrecita Claudia Poll, nada más le faltaron décimas de segundo para alcanzar la medalla de oro. (claro, omitimos mencionar que las décimas de segundo son cruciales en cualquier competencia de natación; y pese a ello, las dos medallitas de Claudia son iguales o más importantes que las de las otras ondinas, quienes se llevaron a casa hasta catorce medallas cada una).
 
¡Pobrecitos los muchachos de la Sele, los aporrearon todos en el partido! ¡Pero eso no es culpa de ellos sino de esos %&$#? directivos y entrenadores que solo quieren plata! Y así, el jugador desorientado y con zancas de momia egipcia se convierte en héroe de los ticos en virtud de incidencias ajenas a su control. Ya el dictamen está dado, por lo que de nada sirve argumentar que “los muchachos” en realidad corrieron como abuelitos centenarios, ni tampoco vale aclarar que se organizaron con la sutileza de un cardumen de pirañas a la hora de la merienda. Ya todo está dicho.

Y sin embargo el paroxismo, la verdadera demencia de esta palabra mágica se puede ver en toda su infamia al permitirnos trasmutar y trascender la moral pública; aquella que es supuestamente la guardiana del bien común. Nuestra crónica roja anuncia con pelos y señas que un ratero común, un ladrón de domicilios como hay muchos, se ha eviscerado al caer sobre un alambre de cuchillas. De inmediato se alzan las voces: ¡Pobrecito! ¡Hay que prohibir esa cruel alambrada; esa atrapa-jóvenes que le ha robado la vida a un ciudadano costarricense! Y el encantamiento verbal se reproduce en los medios hasta que el antisocial queda trasformado por nuestra aplanadora en una pobre víctima de la mezquindad y la desidia de las clases más afortunadas.

Y no podía faltar la última perla en el pantano del “pobrecitismo”: ¡El señor presidente tiene gripe, quizá de la nueva variedad endémica! Y de nuevo el milagroso acto de magia. ¡Adiós a los diez o doce ministros corruptos de su gabinete! ¡Au revoir a los chorizos diplomáticos con orientales antidemocráticos! ¡Arrivederci a las prácticas mafiosas en la administración pública… Porque el Señor presidente tiene gripe… y si tiene gripe: ¡POBRECITO!...