Por María Lourdes Cortés

 

... Y a veces lo hacemos en el día. Basta dar una vueltecita a la hora del almuerzo por los moteles de San Francisco, para ver que no hay cuarto desocupado. Y dudo que estas parejas sean bendecidas por el santo matrimonio, en un país, cuya religión oficial es la católica. En Costa Rica, pura vida, la lujuria es al mediodía.

Pero lo del día y la noche es relativo y, más bien, lo que queremos decir es que nuestro país es eminentemente hipócrita. Los “tiquillos” somos timoratos, como dice el resto de los centroamericanos, y por eso ni nos quieren ni los queremos.
Aquí, en efecto, todo es sonrisas: te alaban, te dicen que estás guapísima y no has dado la vuelta cuando empiezan a enumerar tus defectos: que si estás gorda, que la arruga (o la verruga), que si los divorcios y que si los amantes. Pero, ¡uy!, en misa, golpeándonos el pecho.

Mi madre, una señora de Cartago, supuestamente de alcurnia, no iba a permitir que su hija no se casara virgen. Quería príncipe azul, boda en el Country y todo el paquete (más caro, por cierto, que el del velorio, que se cotiza en diversos precios según el muerto y su pedigrí).

La chiquita no se quería casar por la Iglesia. El novio llevaba ya dos consortes y dos hijos fuera de matrimonio; es decir, no era un modelito, por lo que mi madre aceptó una boda modesta, con vestido blanco hueso, o sea, sin la pulcra pureza de la virginidad.

Salí de mi casa casada hasta el divorcio. Pero cuando le tocó el momento a mi hermana, esa sí que no se podía casar. No tiene vocación de solterona, pero el casi consorte (concubino, pero suena horrible, según nuestro impecable vocabulario) no tenía el divorcio y mamá ponía el grito en el cielo, ya no por la iglesia, el vestido y el Country, sino aunque fuera por el papel. Sencillísimo. Me busqué a un amigo abogado, me dictó todo lo que tenía que poner, firmamos, selló y listo. .

Mamá se hace la que cree en esa boda de papel. Es decir, que la muchacha se casó y que, pobrecita, el “desgraciado” la dejó por otra, porque por supuesto, para mi mamá, la culpa de nuestras desgracias la tienen los demás: las malas amigas, los novios, los maridos, etc. Ella está tranquila: su hija no es una cualquiera, es una divorciada, que mal que bien, ya es un estatus.

Mamá inventó una palabra: la “no era”, para referirse a las cinco nueras que le tocaron en vida. Porque como ella dice; “no era la que yo quería para mis maravillosos hijos”.

Los regalos navideños son también parte del folclor familiar y forman parte de la doble moral del siempre quedar bien. La suegra de mi hermano los recicla y una vez me tocaron unas pantuflas rosadas de corazoncitos que yo misma le había comprado para su cumpleaños, con la tarjetita de felicitación incluida.

La doble moral también se manifiesta en la relación con los otros: los malos siempre son los nicas. Mi tía odia y maltrata a sus empleadas nicaragüenses, aunque su abuela fuera Amelia Urtecho, o quizá por eso mismo. Una de sus empleadas le molía el ansiolítico y se lo daba en sobredosis –a lo Michael Jackson– en la sopa, el café y hasta la crema de manos. Pero no logró matarla.

Hace unos meses, después de un cataclismo de hipocresía que sufrí, le pregunté a mis estudiantes que cuántos de ellos no eran hipócritas. “Es cuestión de sobrevivencia, profe”, me contestaron. Les pedí que alzaran la mano los que no lo eran. Solo dos jóvenes la levantaron: un cubano y un venezolano. Como vemos, en Tiquicia, el parecer, más que el ser, es tan popular como el fútbol.