Nada fácil para un jugador que anotó 211 goles en su carrera profesional elegir sus favoritos. Pero aun así, el español Emilio Butragueño recuerda su paso por un Mundial de fútbol y los goles que marcaron su vida.
Edición 38
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Nada fácil para un jugador que anotó 211 goles en su carrera profesional elegir sus favoritos. Pero aun así, el español Emilio Butragueño recuerda su paso por un Mundial de fútbol y los goles que marcaron su vida. Por Emilio Butragueño
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Hay dos cosas que siempre me preguntan: qué me faltó ganar en mi carrera y cuál fue el mejor gol de mi vida. Mi carrera es mejorable, me faltó ganar un mundial y la Copa de Europa; en cuanto a goles, marqué 211 y quedarse con uno solo es muy difícil.
Y como esto va de goles, del mejor, o los mejores de mi carrera, no me puedo quedar con el que me regala la zaga danesa; tampoco con el de penalti; el de cabeza tras un córner no está mal; de ese partido me quedo con la jugada del tercer gol, fantástica. Míchel le puso un balón en profundidad a Eloy, yo lo vi desbordar por la derecha así que me metí por el otro costado y él me mandó el balón franco al centro para que la empujara. En aquel Mundial tuvimos la oportunidad de entrar en semifinales, algo que hubiese sido histórico para España. Pero contra Bélgica, perdimos la oportunidad de hacer historia y mira si es difícil llegar hasta cuartos de final. Lo que recuerdo de ese partido es que Puebla es la ciudad en donde residen más españoles en México y el estadio estaba repleto de camisetas rojas. Cuando salimos al campo le dije a Míchel: parece que estuviéramos en Sevilla, no podemos perder. Y no perdimos, o sí, pero en penaltis. Fue un juego frustrante. Yendo hacia el vestuario supe que habíamos perdido la gran oportunidad.
Del Mundial también me quedo con el gol ante Irlanda, uno de los más rápidos en la historia de los mundiales. Un pase de Míchel en profundidad, me adelanto a dos defensores y marco en el minuto dos. También de ese Mundial me podría quedar, si fuese verdad, con la frase que le adjudican a Bilardo, la de: “Señores, Bélgica ha eliminado a España, no jugaremos contra Butragueño, así que ya estamos en la final”. Del Mundial de Italia 90 mejor no hablar. Jugué los cuatro partidos como titular, más de ochenta minutos en cada encuentro y no marqué ni un gol. Fue una decepción personal. Otro día que recuerdo con mucho cariño es el de mi debut, el 5 de febrero de 1984. En ese partido viví una mezcla de fascinación, sorpresa, de estar viviendo un sueño que ni yo mismo había sido capaz de construir. El debut fue mucho más favorable de lo que yo hubiera deseado, fue un punto de inflexión, ese día abrí la puerta del vestuario, entré en el primer equipo y el trabajo que vino después me fue dando el derecho de poder entrenar todos los días en el Real Madrid.
Llegamos tres veces a las semifinales y la que más me dolió fue la del 87/88. Habíamos eliminado a los favoritos: al Nápoles de Maradona, al campeón que era el Oporto, al finalista del año anterior que fue el Bayern de Munich y nos convertimos en los grandes favoritos. Fue el PSV el que se atravesó en nuestro camino, perdimos la eliminatoria por diferencia de goles y cuando me retiré del campo me embargó la misma sensación de impotencia que cuando me despedí de México 86. Aquella noche fue trágica para mí y mis compañeros.
Si me obligan a escoger, me quedo con los dos de mi debut y los tres del Anderlecht. Claro que por belleza hay otros, como el que le marqué al Cádiz, un jugadón en pocos centímetros y sin ángulo, que terminó en el fondo de la red. Ese gol está en YouTube, así que vosotros mismos podéis juzgar si es tan bonito como dicen… |
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