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Guanacaste Rico
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Por Milena Fernández
Publicado el 02/15/2010
 

Unas vacaciones en Guanacaste en busca de hospedaje, le permitieron a la periodista Milena Fernández para ver de cerca ese territorio exclusivo y paralelo de la costa del Pacífico.

Edición 38


Guanacaste Rico

Unas vacaciones en Guanacaste en busca de hospedaje, le permitieron a la periodista Milena Fernández para ver de cerca ese territorio exclusivo y paralelo de la costa del Pacífico.

Por Milena Fernández

 

Ando en busca de una casa de alquiler para una familia de cuatro miembros, cerca del mar, en Guanacaste. En la carretera que va de Nicoya a Tamarindo, los innumerables letreros de for sale o for rent me hacen pensar que, con tanta oferta y en plena crisis, probablemente me salgo con la mía.

Quince años atrás había recorrido la península, atraída por el desove de las tortugas baula en playas Tamarindo y Langosta. Diciembre de 2009 sería el período ideal para ver su hazaña de nuevo, pero me quedaré con las ganas. El aumento de construcciones cerca de la playa y la contaminación del medio ambiente, entre otros, son los responsables de la extinción de esta especie: en 1980 llegaron al Pacífico Central 91.000 baulas. Hoy, solo 2.900.

Gran vista panorámica con la  que cuentan los policías que ocupan la antigua casa de narcotraficantes.

En playa Langosta, toco la puerta de un lujoso condominio del color de moda: terracota, que me sale hasta en la sopa. En el parqueo hay tres automóviles todo terreno, nuevos de paquete. En uno de ellos, una rubia de edad madura busca en el interior del carrazo a su perrita peinada con dos lacitos. La besa, la acaricia y luego la zambulle en un bolso de mano diseñado para transportar al animal en sus regazos. El guarda no se ve por ninguna parte, así que sueno todos los intercomunicadores. En la espera, me entretengo con la gigantesca fuente del patio interno, réplica de La Alhambra de Granada. Se acerca un hombre moreno, sin camisa y con pantaloneta de surfo. Tiene pinta de guanacasteco.

“No hablo español, solo poquito”, confiesa el inquilino, originario de Nueva York. Decido poner a prueba su nivel de castellano y a duras penas comenta que pagó 8 mil dólares por el alquiler semanal de su casa en Langosta.

“Barato, muy barato”, recalca, mientras se prepara para surfear en las aguas de Tamarindo. Llegó en avión hasta lo que aquí eufemísticamente llaman aeropuerto local, pero es más bien una pista de aterrizaje en medio de potreros, con un rancho para la recepción de pasajeros y un montón de trabajadores jugando dominó. Al gringo de Nueva York todo le parece de fábula, pero no se ha enterado de que la playa donde baila con las olas es la misma donde van a parar la agüita amarilla y la mierda de los huéspedes platudos que rondan por estos lares.

Barato. Para él. Está muy fuera de mi presupuesto. Salgo espantada. Muy cerca hay unos palacios frente la playa de arena blanca de Langosta. Estas no son casas, son mansiones en la costa del pacífico costarricense. Una de ellas representa el lujo puro y duro: tiene una piscina olímpica subterránea, los pisos son de mármol de Carrara, las tuberías de oro. Una noche cuesta 2 mil dólares. Y muy cerca, una cuadra completa, 21 lujosas villas, cada una con su propia piscina. Todas abandonadas. El propietario creyó haber encontrado la gallina con los huevos de oro, pero puso candados cuando disminuyeron los clientes. En los alrededores y en toda “Guanalandia”, muchas otras edificaciones corren la misma suerte. “Los patrones son italianos, pero se quedaron sin plata. Lo dejaron todo tirado. No se sabe cuándo vuelven”, comenta uno de los dos guardas que vigilan día y noche los tesoros escondidos al interior de las villas fantasma.

Caminando por las calles de Tamarindo, debo pasar por la pena de quitarme de encima los taxistas que, no sé por qué, creen estar en Nueva York. En todo el territorio nacional los taxis son rojos, incluso muchos piratas también lo son; pero Tamarindo es el único lugar en Costa Rica donde a alguien se le ocurrió pintarlos de amarillo. Los taxistas me atacan, en inglés, claro: “taxi, taxi lady”. Entro a una tienda para ver un vestido de baño de dos piezas. En Heredia lo compré en 12 dólares. En Tamarindo cuesta 200. En este refugio de surfos de día, prostitutas y vendedores de todo tipo de droga de noche, la moneda nacional es el dólar. He llegado a perder la noción del colón, pues aquí todo se calcula en billetes verdes.

 Estos no son botes de trabajo y este no es precisamente el muelle del antiguo ferry del Tempisque.

Las torres en Tamarindo son más altas que los árboles centenarios y palmeras de la zona. Visito el penthouse de 500 metros cuadrados, en un condominio de siete pisos. En el balcón hay un jacuzzi y un bar. La vista de las playas Langosta y Tamarindo es espléndida, pero cuesta 2 millones de dólares. Tal es el precio que pagaron sus propietarios, un tico y un norteamericano. El apartamento tiene tres habitaciones, en la principal hay otro jacuzzi, una cocina mejor que las de los programas televisivos de recetas. Los sillones son de cuero blanco. Todo impecable. En las partes hay recuerdos de sus viajes alrededor del mundo. Si esta es su casa de playa, ¿cómo será la de Escazú?

Sigo con la tarea de encontrar un sitio para dormir a un precio razonable y me detengo en un hotel con enormes canchas de golf verdísimas. Los guardas hacen una serie de preguntas y ponen trabas. Las barras electrónicas del portón de ingreso solo se abren para los Toyota Prado último modelo que pasan por ahí. El auto en el que viajo, un Hyundai del 86 y la hielera en el asiento de atrás no dan  buena impresión a los vigilantes, que siguen haciendo preguntas idiotas. Entonces, no queda otra opción que retirarse. Muy humildemente.

En la bahía de playa Potrero, vecina de Flamingo, flota un centenar de yates lujosos de todo tipo: grandes, medianos, pequeños. Las dos chiquillas de Gabriela Mora dejan tirados sus juguetes de playa. Prefieren ver la llegada de un enorme yate, al cual desciende un helicóptero para trasladar un pasajero a su casa de Flamingo. Resulta ser que el discreto personaje es Luis Miguel. “Si usted se levanta a las cinco de la mañana lo ve correr en la playa. He encontrado a Linda Carter trotando a esa misma hora”, comenta orgullosa de su hazaña Gabriela. Pero no todas las casas de lujo en los riscos de Flamingo han pertenecido a ricos y famosos de bien. En una de esas laderas que dan a la hermosa playa de Flamingo, escondida en la montaña se asoma una casa con enormes ventanales, dos piscinas vacías, un helipuerto y un búnker, seguramente ideado para escapes de emergencia. Esta fue la guarida de  narcotraficantes y ahora es la sede de la Policía Turística de Tamarindo, Nosara, Playa Grande y Flamingo. Allí viven y duermen 69 policías. “No podemos decir que todas estas casas de lujo pertenecen a delincuentes, pero el tráfico de drogas en la zona es grande y somos pocos policías”,  el oficial Nelson Araya. Otros policías, si no fuera por su trabajo, jamás podrían vivir en un lugar tan hermoso. Ninguno de ellos quiere pensar en un temblor estando en el precipicio donde se alojan. Lo mismo piensa el geólogo César Villalta, quien ha hecho estudios de suelo en la zona. “Los inversionistas quieren sus casas con vista al mar. Probablemente muchas viviendas y hoteles se caerían en un terremoto”.

Dejo atrás Flamingo y, por fin, encuentro en playa Potrero un lugar donde pasar un mes a un precio razonable para mi bolsillo. Playa Potrero aún tiene alma de pueblo: en su cancha de fútbol, todas las tardes niños y jóvenes aprenden a patear el balón. Los sábados hay partidos de fútbol femeninos. En los alrededores hay sodas con comida casera, rica y barata. Los domingos, la iglesia católica está siempre repleta. Y los bailes del salón comunal son un éxito. Allí todavía se habla en español y se paga en colones. Esta playa era una enorme finca de 10 mil hectáreas perteneciente a la familia Contreras que se  dedicó al cultivo de algodón. Los potreros eran aptos para la ganadería. La abuela de la familia, la señora Eva Contreras, murió hace dos años y sus hijos han comenzado a vender las tierras, siempre con intermediación de una agencia inmobiliaria estadounidense. La historia de Potrero la cuenta María Contreras, nieta de la difunta doña Eva. A María, como al resto de la familia, no le interesa el trabajo de la ganadería ni la tierra. Ella trabaja como recepcionista en un hotel. Otros parientes son propietarios de supermercados. Su padre vive en una casa sencilla, pero se mueve en un 4x4 nuevo.

Cuando entrego mi cuerpo a una cómoda almohada caigo tumbada por el cansancio. Intento dormir, pero a las tres de la madrugada me despierta un ruido igual al de la explosión de un volcán. Más tarde, a las seis de la mañana, una familia de  tres monos congos no me deja dormir. Jamás había escuchado unos congos tan escandalosos. Eduardo Santos, campesino del lugar, me explica que están enojados y hambrientos.  Ya no hay comida. “Se enojan porque no pueden comer donde no hay árboles”. A dos kilómetros de Potrero, una empresa estadounidense compró 500 hectáreas en una montaña para la construcción de 3 mil villas. Los ruidos de la madrugada fueron provocados por la dinamita utilizada para derribar árboles y comenzar la construcción del proyecto. Desafortunadamente, no estaba soñando.