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Guanacaste pobre
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Por Diego Delfino
Publicado el 02/15/2010
 

Aquellas caras felices de quienes negocian  las playas  Nombre de Jesús y Zapotillal, en las costas del cantón, no encuentran eco aquí.

Edición 38


Guanacaste pobre

Aquellas caras felices de quienes negocian  las playas  Nombre de Jesús y Zapotillal, en las costas del cantón, no encuentran eco aquí.

Por Diego Delfino
Fotografía: Jorge Navarro

 

De camino a Santa Cruz, voy contando por decenas las pancartas. Mientras la retina procesa todos los colores del arco iris político, saltan en mi cabeza las imágenes de una millonaria campaña televisiva medalla de oro al sinsentido y el desperdicio. Ya lo había dicho César Vallejo: "La cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...".

Hemos llegado. Primer distrito, tercer cantón, quinta provincia. La ciudad de Santa Cruz está en ebullición, estamos a un día de las Fiestas Típicas Nacionales y en el pueblo se respira el olor a pretal y pólvora. Al ser las doce medio día del 14 de enero explotarán 25 bombetas de doble trueno en cada punto cardinal y todas estas gentes olvidarán cualquier desgracia durante siete días de toros, bailes, cimarrona, marimba, tope, carnaval...

 Los vecinos de El Pochote no tienen agua potable. Distintos pozos, a lo largo del precario, abastecen a las más de cincuenta familias que lo habitan.

Pero hoy es 13 y el Cristo Negro no ha hecho su entrada triunfal todavía. Desfilará mañana por las principales calles de la ciudad mas no visitará aquellas que no conocen adoquín o pavimento, mucho menos aceras. Son éstas las que sí reciben resignadas al equipo de SoHo  iniciando la tarde. Aquellas caras felices de quienes negocian  las playas de Nombre de Jesús y Zapotillal en las costas del cantón no encuentran eco aquí. Los niños, son los únicos capaces de mostrar alegría, eternamente maravillados por la cámara. "¿Cuándo salen nuestras fotos?".

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Santa Cruz es tierra de contrastes. Por un lado el clásico sabanero que cultiva la tierra; por otro, el newcomer de la costa envuelto en opulencia. Al centro, la clase media (cada vez más baja) batallando por validar el título de ciudad folclórica nacional obtenido en el setenta y cuatro. Durante una semana al año, todavía lo consiguen. El resto del calendario  las miradas se desvían hacia la sucursal sabanera de La Milla de Oro capitalina: La Costa Dorada. A Tamarindo solo le hace falta  peaje propio para graduarse con listón de platino como el nuevo destino del billete nacional.

Ajenos a todo esto, distantes, desempleados, pero no escondidos, los pobres. Encontrar necesidad en Guanacaste no es un reto: uno de cada cuatro habitantes sobrevive con menos de ¢73.482 al mes. Preguntamos a los policías municipales de la Ciudad Chorotega y las manos no les alcanzan, apuntan a todas las direcciones. Insisten en que vayamos a El Pochote.

No tardamos en llegar, apenas en la periferia, y casi sobre la principal, una calle de tierra y piedra acompaña la hilera de ranchos que conforman el precario. La primera en asomarse es Elieth Cascante, bebé en brazos, Detrás de ella, el pequeño ejército, sus hijos menores y los de su hermana, Juana Rodríguez. Una de las niñas carga otro bebé. "Son gemelos, pero este me salió enfermo". Si la plata jala plata, la tragedia jala  tragedia.

Mientras los más pequeños persiguen al fotógrafo, Elieth me explica que la mayor de las niñas descansa en el cuarto, pues "está por mejorarse". Alejado, con recelo, su hijo de 19 –que aparenta 16– nos observa. Siento su mirada quemando mi espalda cuando entramos al rancho. Por dentro, una corriente helada sacude mi espina dorsal. Flaqueo. Soy un invasor, un transgresor que libreta en mano trata de inmunizarse ante el hogar más triste que ha visitado en toda su vida. Mascullo una pregunta y esta vez es Juana quien contesta. "El agua no es potable, pero no la pagamos, la sacamos del pozo". No soy capaz de mirar los catres, mis ojos se centran en lo único que brilla en toda la habitación, una calcomanía rojiazul recién pegada: “Alejandrina Badilla Diputada por Guanacaste”.

Las dos mujeres son de pocas palabras, pero contestan mis preguntas con amabilidad. Elieth tiene siete hijos, Juana cuatro y dos nietos. No tienen pareja y se ganan la vida recogiendo cobre y aluminio. Las compras las hacen en el Palí, los niños van a la escuela; el IMAS solía ayudarlas con ¢50.000 mensuales "pero a partir de febrero, ya no nos van a dar nada". El precario alberga a más de cincuenta familias y el terreno es de la Municipalidad. Una ventaja del lugar es que no pagan la electricidad, "pero cuando llueve, los ranchos se inundan". No quise preguntar por las letrinas.

Les agradecemos su tiempo y caminamos unos pasos más hasta una construcción que ni siquiera alcanza el nombre de rancho. Su tamaño es diminuto, su interior indescriptible. Adentro, acostado, un anciano. Nos acercamos para conversar con él y se incorpora de un salto a los gritos. "¿Política?". No señor, somos periodistas. "¿Religión?". No señor, somos periodistas, solo queremos robarle un minuto.  "Yo no pienso votar, cuando ya están sentados hacen lo que les da la gana". Entre risas, la más pequeña de doña Elieth nos explica: "Don Juan Benito es sordo".

Osvaldo no ve para adelante, ve para abajo, como buscando algo. Algo que no está ahí.

Nos entendemos a gritos. Nos cuenta que tiene 77 años, que está solo, y que sigue adelante con la fuerza “del de arriba”. "Lo que vale siempre es la fe". Vivió toda su vida en Guanacaste y siempre fue madrugador y trabajador "Al chancho como lo crían". Juan Benito Cerdas De la O luce enfermo y cansado mientras se apoya en la puerta y posa, sin saberlo, para la foto más icónica de toda su vida.

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En el barrio El Cacao nos atiende Carlos Alberto Álvarez. A pesar de su evidente humildad, su situación no es tan extrema como la de El Pochote. Sin embargo, lo pasa mal. "Aquí no se consigue trabajo ni para botar basura". Me dice que se ganaba la vida en el campo, pero que ya no hay que sembrar. "¡¿Qué se le siembra a la tierra si no hay agua en el cielo?!".

Tiene dos hijos que, como la mayoría de las nuevas generaciones, trabajan en el área de la construcción. El campo es noticia vieja, en menos de cuatro décadas los guanacastecos dedicados a labores agrícolas pasaron de  73% a  21%.

Don Carlos nos cuenta que entre los dos hombres le ayudan para que pueda comer, pero que ahora todo está tan mal que ya ni chambitas ocasionales salen. La cantidad de gente sentada frente a sus casas en una tarde de miércoles lo confirma. En el 2009, la industria de la construcción se desplomó 36% en Costa Rica y Guanacaste sufrió más que ninguna otra provincia: la tasa de desempleo se disparó de 5,5% a 10,1%. “No nos alcanza ni para una taza de café”.

Le pregunto por su expectativa frente a las elecciones y su voz es una más en el coro Chorotega: "Todos son iguales. Apenas ganan, al que tiene hambre ni lo vuelven a ver".

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Nuestro último destino responde a un nombre distinto según a quién se le pregunte. Rohrmoser, León XIII, pero sobre todo “El Precario” son las respuestas más populares.

María Jiménez tiene 10 años de vivir en la urbanización oficialmente bautizada Residencial Chorotega. Me cuenta que de 53 lotes que comprenden el barrio, 40 son ocupados por familias que siguen esperando por sus papeles. Mes a mes pagan distintas cuotas a la Municipalidad, mientras se arman de paciencia y esperan el milagro. Entretanto, incluso en los días cuando llueve poco, el agua desborda el caño. "Es lo único que la Muni ha hecho y lo hizo mal". No miente, en nuestro breve recorrido por el barrio topamos a dos niñas no mayores de 9 años paleando el agua hasta el drenaje. Quizá la imagen más fuerte de la tarde.

En casa de doña María viven 6 adultos y dos niños. Los hombres trabajan en lo que pueden: chapeando monte, arreando vacas, lo que salga. Su hijo Osvaldo es peón, se gana ¢4.000 por cinco horas de trabajo. “No se consigue una sola hora más”.

Doña María se mece y sonríe cuando le pregunto por la publicidad de Laura Chinchilla que adorna cada rincón de su casa. "Vinieron a pedir el voto y aunque no les creo lo que prometen, yo les dije que sí". Le pregunto lo obvio. "Nunca hacen nada, pero hay que votar, sino después a uno no lo ayudan", contesta. En la campaña pasada les prometieron pavimentar la calle y siguen esperando. Sin darme cuenta vuelvo a preguntarle qué la lleva a votar. "Tal vez algún día se acuerden".