No. Aquí rajamos con que todos somos rubios, de piel rubia, ojos rubios y dientes rubios, con la desventaja que, a diferencia de Centroamérica, la condición de machillo no vacuna contra el riesgo de no tener donde caer muerto.
Edición 38
Blancos. Cuando a uno le preguntan cómo es Costa Rica, no contamos de las playas sacrificadas en el altar del desarrollo inmobiliario, las lapas en riesgo de extinción minera o los charrales despeinados de nuestros parques nacionales. No. Aquí rajamos con que todos somos rubios, de piel rubia, ojos rubios y dientes rubios, con la desventaja que, a diferencia de Centroamérica, la condición de machillo no vacuna contra el riesgo de no tener donde caer muerto. Aquí, cuando el turista afirma que qué lindas que son las ticas, se nos hincha de orgullo el alma nacional, mientras acotamos con una sonrisa llena de orgullo genocida “Es que en Costa Rica no hay indios”. El casi millón de inmigrantes de tintes más autóctonos y realistas, aquel primo al que le decimos de cariño el Negro; Limón, Guanacaste, Talamanca, el Puerto; el trato en los aeropuertos gringos, son como la inseguridad ciudadana: meras percepciones. Igualiticos. Aquí todos somos pata en el suelo y pobreciticos, fieles al principio del coyol quebrado, coyol comido. Todos somos clase media, para horror de la nueva aristocracia, que ve con cierta reserva morbosa ese uso del vos, ese saludo de beso, esa cruzada confianzuda de pata, que nos hace tan igualados. Tal vez por eso, cuando se sabe de un nuevo nicho de consumo, cómodamente ubicado fuera del alcance de los que no pagan peaje y reservado para ingresos superiores a los cinco mil dólares mensuales, donde una cartera cuesta más que un salario mínimo; a uno se le muere algo por dentro. Si usted siente como una indignación revuelta con colerón, ni se pase películas. No es un ataque de justicia social. Es envidia, ¡Resentido! Usted debe ser de los que votó por el NO. Limpios. Aquí todo el mundo se baña todos los días, si puede dos veces, y raja con eso. Cuando se va el agua, uno jala para donde la tía, porque no puede ir a ningún lado sin ese aire de lechuga de feria recién ruseada. La ausencia de baño solo se admite ante enfermedades terribles que lo tienen a uno postrado y el Código de Trabajo debería incorporarla como motivo justificado de ausencia al brete. La primera canción de infancia glorifica el lavado diario de la cara con agua y jabón, avalada por mamá, quien afirma que la limpieza es una belleza que salud nos da. Pocos insultos humillan tanto como el de “cochino” o el descubrimiento de alguna costra clandestina, una lagaña, medio frijol en el diente o el tufillo delator de una sudada. Habría que resucitar del olvido a Madame Gandara, para que nos diga porqué esa neurosis de frescura que nos aqueja, no se traslada a calles, playas, escuelas, baños públicos, parques y edificios. Cultos. Enfrentados al hecho que cualquier desfile de silicón en tanga se considera evento y a la popularidad del reggaetón, no queda más que la resignación e ir adaptando las frases célebres de la identidad nacional los tiempos modernos. Mi propuesta modesta para la de don Pepe: “Para qué violines sin calzones”. No hemos recibido la notificación nacional de que saber leer y escribir da apenas para no ser un analfabestia; pero la condición de morado, fiel televidente de intrigas de farándula y lector diario de La Teja no es sinónimo de cultura. Una “muestrica” más: hay 20% de babosos que creen que “Un cambio ya”, nos dará la Costa Rica que queremos. En palabras de Sandro de América: “Un botón basta de muestra; los demás, a la camisa”. Pacíficos. Aquí todos somos blancas palomas, dispuestos a bajar las orejitas con tal de no echarnos la bronca encima. Conciliamos por pereza de asumir posiciones y, sobre todo, de defenderlas. La violencia del país más feliz del mundo se nos sale por los poros, en los índices de accidentes de tránsito, homicidios, páginas de sucesos, embarazos no deseados, mujeres golpeadas, niños castigados brutalmente, de turismo sexual, de nuestros viejitos abandonados, del consumo de porquerías que nos van matando a cómodos pagos de polaco. Apenas para un premio Nobel. Somos lo pior, de lo pior. Pero aun así, peladientes, comesantos-cagadiablos, correveydiles, comemierdas, puratusas, sobalevas, mediastintas, serruchapisos, muerdequeditos, matalascallando, palanganas, malhablados y zafalomos, si alguien me dijera que si tanto incomoda, me vaya a vivir a otro lado, respondería con el gesto adecuado lo único que toca ante semejante cosa: ¡Mirala! |
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