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- Porque del antiguo Higuerón 50 al sur, casa verde a mano derecha…
Porque del antiguo Higuerón 50 al sur, casa verde a mano derecha…
- Por Edgar Espinoza
- Publicado 02/14/2010
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Por Edgar Espinoza
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Cuando tuve conciencia de que nací en la avenida 10 de la capital entre calles 24 y 26, casa 2423, me sentí importante porque a pesar de mis cinco añitos yo ya era localizable en un punto específico del universo. Sin embargo, cuando mi mamá empezó a recibir cartas de una pariente que se fue a vivir a Estados Unidos y los sobres situaban mi casa en el barrio San Bosco entre el American Bar y la cantina El Obrero, sufrí mi primera duda existencial. Y me acabé de desubicar cuando escuché a mi abuelo decirle a alguien que vivíamos entre el cementerio General y el Obreros, pues de residir en un sitio tan exacto como la casa 2423, de repente me vi viviendo no solo en un mismo lugar con tres direcciones distintas, y quizá hasta más, sino que también entre un santo, dos cantinas y un montón de muertos. Cuando al tiempo oí que tal o cual cosa quedaba del Obelisco o de la casa de Matute Gómez tanto para acá y tanto para allá hasta topar con el palo de jocote o la línea del tren, no solo confirmé que el número 2423, o el que fuera, no servía para nada sino que como me sentía a la misma vez en todas partes y en ninguna, lo más sensato era dejarse atrapar por un sistema en el que el México Bar, la Cañada, el Pato Cojo y más recientemente el Chicho’s Bar y otros del mismo linaje, sobresalían también como puntos cardinales emblemáticos gracias a sus “bocas” de macarrones con atún, a la onda expansiva de sus mariscadas y a los boleros de Lucho Gatica. Así las cosas, conforme la ciudad se complicó, todo, cualquier cosa, sirvió para dar una dirección: el poste en media calle, el olor a tortilla en el fogón, el copero, los moteles, la médium del barrio, el panal de avispas, la “lata” varada y los huecos. El hueco de barrio Dent fue legendario hasta hace poco cuando nos servía para dar direcciones no solo hacia el cielo o el infierno sino hacia abajo, pues ya podíamos decir que China quedaba del dantesco agujero vial, 12,600 kilómetros hacia el fondo hasta pegar con cerca a la izquierda. La propia casa de Oscar Arias se ha hecho tan simbólica como referente geográfico que hasta las aerolíneas la utilizan para reportar su aterrizaje a la torre de control, como cuando el capitán de la nave anuncia “aquí, TACA, sobre la choza de Oscar, aproximándose al Santamaría a dos mil metros de altura…”. En síntesis, somos el único pueblo que sin saber exactamente a dónde va, siempre llega. Si alguien en otro país le pidiera al tico la dirección de Costa Rica, este le contestaría “mirá mae, del Dadeland Mall en Miami, agarrás más o menos recto, mar abajo, hasta el bar El Floridita, en La Habana, y de ahí seguís y seguís siempre igual (si te topás con un huracán vas pura vida) hasta llegar al salón de baile Black Star Line, de Limón, y ahí es”. ¿No es acaso mejor decirle que Costa Rica queda debajo de Sumatra? Por eso, la peor parte la llevan los turistas foráneos que vienen al país y se regresan al suyo sin saber dónde estuvieron, pues solo se enteraron de que había mar, “águilas” y chifrijo. Una vez, al dar desde aquí mi dirección para suscribirme a una revista española, todos en Barcelona soltaron la carcajada cuando les pedí que me la enviaran “del restaurante Cebolla Verde, bajando del Alto de Las Palomas por calle vieja a Santa Ana, 200 metros sobre una curva oeste-norte-oeste, portón grande de madera, mano derecha, a la par de un higuerón”. Creo que ha llegado la gran hora nacional de orientarnos de una manera más precisa y sobre todo digna, dándole a la persona una dirección lo más cósmica posible, algo así como 9º 49’ 2,6” latitud norte y 84º 0’ 18,6” longitud oeste, o, al menos, lo más cómica posible: de la casa de Oscar Arias, 18 kilómetros al sursureste. |
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