Por Mauricio Azofeifa

 

La religión y el fútbol son dos de las actividades menos intelectuales que conoce el tico. Las personas suelen hablar de estos temas con un convencimiento dogmático a prueba de ideas: el que es saprissista lo será siempre y defenderá hasta la muerte que son el mejor equipo del mundo, a pesar de que sabe perfectamente que el equipo actual pierde hasta contra las campeonas de Juegos Nacionales de Fútbol Femenino (que no es fútbol); el que es católico defenderá que el Espíritu Santo embarazó a la Virgen María, así sea ginecólogo; él que le va a Cartago sigue asistiendo a los estadios aunque sabe que tiene más chance de salir campeón el ruso de Rocky.

Posiblemente, esta línea firme de coincidencias ha contribuido con la temible tendencia a panderetizar el fútbol, desde Keylor Navas y Adrián de Lemos de rodillas bajo el marco con las manos abiertas como apañando cocos, pasando por las justificaciones deterministas cuando se pierde un partido, futbolistas con el pelo alaciado entrando de la manita transpirando homoerotismo y hasta (y siendo esto algo que odio más que la injusticia) los cronistas deportivos que utilizan las transmisiones como púlpitos.

Sosas en interminables meditaciones moralistas, antes, durante y después de los partidos por parte de estos arzobispos de la neocongregación mediática que nos hace creer que, hagamos lo que hagamos, nunca podremos escaparnos de la religión un domingo. Yashin haciendo oraciones carismáticas de media hora antes de poder enterarme, aunque sea, de los titulares; Pilo Obando leyendo un salmo antes de cada zapatazo o Mario Segura, con sus comentarios de seminarista, mientras muestran a las rumberitas meneándose en “super slow motion”.

Es decir, no tengo absolutamente nada contra Dios, dejé de ser ateo cuando me empezaron a invitar a reuniones de ateos. Simplemente no creo que las cosas deberían mezclarse. El fútbol es un espectáculo apasionante, pero tendría que parecerse más a una guerra que a los comerciales de las olimpiadas (que son más gays que el porno gay); entre los aztecas, el perdedor era sacrificado a los dioses; en el circo romano, los cristianos eran algo así como la bola.

En ocasiones me molesta que la tradición religiosa nos haga pensar que solo debemos leer un libro en nuestras vidas y que ahí encontraremos todas las respuestas. En el caso de ustedes que se dedican al deporte, es más posible que encuentren estas soluciones en Valdano, Fontanarrosa o Menotti, o tal vez, en el reglamento de competición. No sé si me paso de quisquilloso, pero normalmente me gusta que la persona que habla sobre un tema en tele sepa mucho más que yo, no como los comentarios de medio tiempo de Don Mario que dicen cosas de las que me podría haber enterado con el tele apagado.

Costa Rica seguirá siendo invivible mientras sigamos arguyendo excusas fútiles para todo; mientras pensemos que el mismo Dios, que creó a Steve Víquez, “sabe porque hace las cosas”; mientras creamos que un penal fallido es parte de un plan divino.

Mientras sigamos con aquellos villancicos moralizantes de “salimos a dar el 100% y ahora solo queda seguir trabajando” o “más fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos”, no me jodan. Eso me suena muy parecido a “yo soy un gordito feliz” o “el tamaño no importa”, es todo un sistema generado para mantenernos orgullosos de ser mediocres.

Por supuesto que tampoco soy tan absurdo para ignorar el hecho que a Dios le encanta el fútbol, que le presta la mano a Maradona y que evidentemente es saprissista.