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Al sexo por el sexo
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Por Revista SoHo
Publicado el 02/14/2010
 

El asunto es que a ella la hicieron venirse varias veces, y juro que el meneo de su cama nunca dejó de escucharse

Edición 38


Al sexo por el sexo

El asunto es que a ella la hicieron venirse varias veces, y juro que el meneo de su cama nunca dejó de escucharse

Fotografía: Achivo SoHo 2009

“El Sexo está  sobrevalorado", me dijo alguien una vez. De inmediato pensé: "este mal cogido no sabe nada". Así que inauguro esta columna, con el propósito de celebrar que coger tiene y seguirá  teniendo valor por los siglos de los siglos.

Dicho esto, entremos en cuestión: lo que está sobrevalorado es pensar que solo porque somos seres sexuados lo único que necesitamos para ejercer el acto sexual es meterla o dejárnosla meter.

 Como todo en la vida, la tarea empieza con uno mismo. Tan pronto despierta la curiosidad por el placer sexual, el primer impulso es la autocomplacencia. En este proceso auto explorativo nadie llega a saber mejor que uno mismo lo que necesita, cómo y dónde lo necesita y con cuánta frecuencia. Antes de pedirle a nadie que se rompa la jupa buscando nuestros rincones eróticos o que cronometre nuestros orgasmos o que se frustre haciéndonos venir con un corto de porno barato, conocerse a uno mismo es la clave.

Justo anoche me pasó que fui despertada por los gemidos de la vecina de arriba. Sinceramente me llamó la atención porque nunca antes había sucedido algo así. Me dispuse a ponerle atención y a sintonizarme con su placer. "¡Qué buena cogida le están dando!", me dije mientras cerré los ojos para imaginarme la cinta. Por el constante golpeteo del respaldar de la cama con la pared, visualicé las nalgas bien duras de un mae que se movían a ritmo de batidora mientras le abría las piernas a la chica desde las rodillas. Yo pensé que esta chica seguro se protegía la coronilla  sosteniendo el respaldar de la cama con una mano y que se relamía los labios mientras su otra mano se acariciaba las tetas. Obviamente para ese momento, en mi cabeza, la que estaba siendo penetrada con tanta efusividad que hasta los resortes del colchón se escuchaban, era yo. Apenas mi cara entró en la escena, mi mano derecha bajaba por dentro de mi pijama.

La cosa es que escuché a mi vecina venirse demasiado rico y agudicé  mi oído para reconocer un registro de voz masculino. Pero nada, ella dominaba la escena. “Es de los que la meten calladitos“, pensé. El asunto es que a ella la hicieron venirse varias veces y juro que el meneo de su cama nunca dejó de escucharse. Yo obviamente me metí los dedos en el coño y con la otra mano me estimulé el clítoris. Como soundtrack de mi propia cinta quedaron los gemidos de la vecina y el traqueteo que el nalgudo le estaba pegando. Minutos después la que gemía era yo y las tetas que se batían eran las mías.

 Arriba de mi apartamento se calmó el asunto, pero mi curiosidad seguía atenta a cualquier indicio de sexo placentero. El silencio se había hecho, lo que más me entristecía era haberme perdido la venida del que yo me imaginé lampiño y moreno, que por cierto, para el promedio, la mantenía adentro sin venirse un montón de rato..."¡Qué raro!, ¿qué estarán haciendo ahora?", me dije un poco desconsolada por la situación. De repente escuché pasos y a mi vecina dándole instrucciones a su perro, "¿cómo...y el mae qué se hizo?", pensé yo. Puse más de mi parte para identificar la situación y en serio, en ese apartamento solo estaban los de siempre: mi vecina y su schnauzer.

Mi conjetura hasta el momento es que en serio la chica se pegó una cogida de la grandísima madre con ella misma y que fue tan buena cogida que se batió sola por más de media hora a toda chancleta y toda emoción porque hasta yo me di cuenta, y fue tan provechoso que hasta me excitó a mí (no pude consultar con el vecino del piso tres, pero apuesto que se fue en las mismas que yo) y las dos dormimos bien saciaditas y profundamente hasta el día siguiente.

Como ejemplo de eso de empezar por casa, me pareció ilustrativo esa anécdota. La moraleja: saberse coger. Porque solo cuando uno sabe lo que es bueno, procura lo bueno para sí mismo y para los demás. Para coger rico es indispensable esta regla. Y además: batear la culpa, enterrar la vergüenza, sembrar la curiosidad, cuidar el encanto y sobretodo, dejarse de juegos: al sexo se le llega por el sexo y por nada más.