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Rocío Carranza
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Por Andrés Fernández
Publicado el 02/14/2010
 

La vimos en la tele desde aquella publicidad de galletas, crecimos con ella y sin temor a exagerar podemos decir que Rocío está grabada con láser en el córtex de por lo menos una generación de ticos.

Edición 38



Rocío Carranza

La vimos en la tele desde aquella publicidad de galletas, crecimos con ella y sin temor a exagerar podemos decir que Rocío está grabada con láser en el córtex de por lo menos una generación de ticos.

Fotografías: Jorge Navarro © 2010
Textos de cantinas: Andrés Fernández


Rocío debutó en el teatro profesional a los 11 años en la obra Orestes, la tragedia griega donde interpretó el papel de Hermíone, hija de Menelao y Elena. Y desde entonces, impulsada e influenciada por su hermana mayor, también actriz de gran prestigio en nuestro medio, no ha perdido presencia en las tablas. En tele debutó como la adolescente intensa de El barrio.

Entre sus puntos altos recientes está el papel protagónico en Salomé, obra que se presentó en el Teatro Nacional el año pasado y su  estelar en la película costarricense La región perdida. A mediados del 2010, se estrenará otro largometraje nacional, Donde duerme el horror, en el que incursiona en cine de terror. Y como Rocío no descansa, en  estos momentos se encuentra filmando El compromiso, una coproducción Costa Rica-Argentina.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel comercial, pero claramente tiempo bien aprovechado. Entre obra y película, entre contrato y compromiso, logramos sacarle un rato a Rocío y nos la llevamos de bares. Un recorrido por cantinas tradicionales y centenarias de la capital trazado por el arquitecto e investigador Andrés Fernández. Estas fotos tienen todos los ingredientes necesarios para convertirse en clásicos instantáneos. ¡Salud!

Fotografía: Jorge Navarro / Producción: Noelia Brenes / Asistente de fotografía: David Regueira /   Asistente de producción: Marlon Villar  / Maquillaje y peinado: Mamilo  / Vestuario: Mon Amour, Erótica, zapatería Lazo, accesorios de María Rivolta (Ver detalle en guía de compras).
   

Cuando se inauguró el Mercado Central en 1880, se otorgaron varias patentes para “taquillas”, como se llamaba entonces a los expendios de licor, que luego serían las cantinas. Por eso es que, hasta donde llega la memoria josefina, El Gran Vicio siempre ha estado ahí, en el mismo local del ala norte de ese viejo centro comercial, a media cuadra sobre avenida primera. Su administrador actual, William “Willy” Mora, trabaja ahí desde hace ya 35 años, pero como su nombre mismo, ese criollo y acogedor bar parece ser inmortal.

 

   

Cuando en 1841 se organizaron los barrios de la incipiente ciudad, al del extremo norte del centro se le llamó Ballestero. No tan vieja como su nombre, es la cantina que hoy lo ostenta, pero con toda seguridad ya llegó al siglo de existencia. Y desde hace medio, al menos, pasó a manos de don Alexis González y doña Carmen, su amable señora. Para entonces no pasaba por la calle central el tranvía, ya sin vida; pero la vida de Manuel González, su hijo, ha transcurrido desde entonces en esta tradicional cantina, una de las veteranas josefinas.

 

   

El Bar Limón
En avenida 7 y calle 1

Ubicada en Barrio Amón, la centenaria Limón es de abolengo: basta con decir que fue la cantina de don Otilio Ulate… siendo Presidente de la República. Don Juan Puertas, su propietario desde hace 41 años, es un asturiano que se siente y se sabe tan tico como el guaro, y tan costarricense como cualquiera de las decenas de notables personajes a quienes les ha servido aquí los tragos. Sus historias por eso, son de no acabar: las suyas y las asociadas al bar; pero de seguro que la visita que le hicimos no la va a olvidar y la va a convertir en una anécdota más.

 

   

La más joven de las cantinas reseñadas, es la que mejor conserva a su más vieja clientela: “Aquí solo competimos con la pelona” –dice tranquilo Jorge “Giorgo” Motta. La Bohemia abrió sus puertas como pulpería y cantina en 1936, de la mano del inmigrante italiano José Motta Stabile; como tal pasó a su hijo, y desde hace 17 años, a su nieto. Tiene la barra más grande y mejor dispuesta para cualquier conversa, por docta o frívola que sea: testimonio vivo de un San José vivible entre tragos, pues ya fue vivido por los nuestros y que se resiste a morir por ello.


   

Luis Rafael Méndez, más conocido como Cheo, empezó barriendo la Buenos Aires a los 15 años; también lavó platos y atendió clientes… y desde hace 30 años, no sin mucho esfuerzo, es su atento dueño. Esa cifra, más 40 y otros 30 de anteriores dueños conocidos, ya suman el siglo de vida de este rincón bohemio por excelencia, ubicado en medio de lo que fueron los mejores barrios josefinos. Hoy, la cercanía de universidades y de instituciones culturales, tiende a renovar las generaciones de sus clientes, que conviven con los habituales y viejos de siempre.