Doce horas después de escapar de la madrugada josefina, la montaña se disipa y queda convertida en un monolito que apunta al océano como un dedo acusador. “Ahora sí estamos en territorio tico”, dijo el cabo panameño Édgar Monroy, satisfecho de habernos guiado hasta la pura punta del sur, hasta la esquina donde Panamá y Costa Rica desaguan sus culpas más meridionales.
Edición 37
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Doce horas después de escapar de la madrugada josefina, la montaña se disipa y queda convertida en un monolito que apunta al océano como un dedo acusador. “Ahora sí estamos en territorio tico”, dijo el cabo panameño Édgar Monroy, satisfecho de habernos guiado hasta la pura punta del sur, hasta la esquina donde Panamá y Costa Rica desaguan sus culpas más meridionales. En lo alto de un paredón de 20 metros, la brisa venía de todo lado y enfriaba las camisas sudadas. Aves nunca vistas mariposeaban entre el cañón y las olas, una ballena sumergía su cola cada 10 segundos a menos de 500 metros de nosotros y un barquito pesquero avanzaba en dirección a una isla que los narcos usan como bodega. La rudeza del subteniente Águedo Saldaña, abrió la ventana al sentido de lo estético. ¡Qué belleza!, exclamó, sin soltar el fusil ruso de descarga automática, de uso oficial en Panamá, pero ilegal al otro lado del alambre de púas. Revisó el monumento y leyó los grafitis, todos relacionados con cuerpos de seguridad costarricenses que llegaron a este punto, 8 grados latitud norte, como si los nombres escritos en la piedra asustaran a los narcos que se pasean por esta zona cual diputada en avioneta. Navarro disparaba a todo lo que se moviera y lo que no. Al mar, al mojón, a mí, a los dos oficiales panameños del Servicio Nacional de Fronteras, a las ramas. Él era el fotógrafo. Sabía que ahí, al último mojón, a los ruedos del territorio nacional, casi nadie llega. En 15 minutos intenté inhalar todo el viento que me permitiera Punta Burica. Era el tiempo apenas justo para medio descansar y retomar entonces nuestro norte por el borde de la playa panameña, antes de que se derrumbara la noche y dejara no más una fogata naranja en el horizonte. Sin hablar, nos devolvimos hasta donde estaba el pick-up en espera del descenso de la marea para poder regresar por playa casi hasta Limones, el pueblo panameño más cercano a la punta de Punta Burica. Yo daba pasos altos, según yo, para evitar patear alguna serpiente.
Salíamos ya de la pezuña del mapa tico por el mismo trillo panameño. De nuevo pasaríamos por la finca de David Teichmann, un gringo excombatiente de Vietnam que aquí sólo obtuvo permiso para desarrollar un proyecto turístico, pero no para montar casa. Se la pasa entonces despegando las baldosas que pega y desmontando los andamios que monta para seguir viviendo en un hotel inacabado. Por lo visto tiene una pensión de lujo que gasta en su proyecto conservacionista, tratando de multiplicar a los mapaches y a las tortugas. “¡Cuidado, cuidado! Tiene una bala en boca”, gritó el gringo cuando vio a Monroy manosear su Ruger 9 milímetros, una de las armas a las que se encomienda para vivir medio tranquilo. “Tengo muchos enemigos. Tengo amenazas de muerte. Hay gente del narco y otros que solo quieren dinero”, dijo con algo de orgullo este declarado conservador de los animales. Panza Gorda, el manigordo que tiene de mascota, tampoco es garantía de seguridad. Teichmann no se lleva mucho con el otro gringo de la zona, un californiano llamado John Garvey que quemó sus barcos en estas latitudes, también del lado panameño, para instalar un intento de hotel llamado “El mono feliz”. Este no es conservacionista, sino un amante de las hamacas. En sus albergues las parejas se consumen hasta tres días completos en alucinantes pruebas de esfuerzo, dicen los policías.
Después sí que no hay nada. Lo que sigue hacia el norte es un hotel abandonado, un camino que parece tico y el pueblo de Limones, con los servicios básicos y alguito más. Para salir de Burica, siguiendo hacia “arriba”, hay que pasar una terminal de descarga de petróleo donde hay cámaras de circuito cerrado, amenazas a quien encienda un cigarro y un enorme rótulo azul en el que se advierte que en ese tramo está prohibido traficar drogas y armas. Después está Armuelles y Paso Canoas, tan acogedor. Hacemos el recorrido por suelo panameño porque es la ruta posible. Punta Burica está tan lejos de Ciudad de Panamá como de San José, pero la mayor incomunicación ocurre a este otro lado, donde solo una lancha desde playa Zancudo o muchas horas de caminata en montaña hacen posible llegar hasta el mojón de la latitud 8-02-10 norte. En la cara oeste de la Punta, el caserío tico más sureño se llama La Playa. Contamos si acaso seis casas en lo alto de un paredón frente a la playa infinita de marea baja. “Casas” dice uno porque sí, pero en realidad son refugios que mal protegen de los aguaceros y del sol a los indígenas guaymíes. Una bandera hecha con una bolsa de basura ondea agujereada. Pescan y siembran lo que pegue. Pastorean unos cerdos flacos y a veces cazan. “El dinero no lo necesitamos”, gritó Martina Canillas desde el fondo de una quebrada sucia donde lava la ropa y ve bañarse a dos de sus nueve hijos. Martina miente. Sí necesitan dinero. Y más aun, necesitan la moneda de la ilegalidad, los dólares, porque el colón vale pepino en esta zona donde todo entra por Panamá. Necesitan, en todo caso, mucho más que dinero.
Necesitan, por ejemplo, una maestra para sustituir a Jenny, la que no volvió desde setiembre. Sus cinco alumnos habrán perdido ya el año lectivo mientras el candado a la puerta del aula de la escuela sin nombre se herrumbra por la brisa salina como una amenaza de no volver a abrirse jamás. A Belardino, de diez años y camiseta de Superman, tampoco es que le urge. Ni siquiera tiene pared para colgar títulos y, si su familia quisiera un título, sería un título de propiedad. La escuela más cercana, a tres horas andando, queda en Panamá. Y la que le sigue en cercanía, del lado tico, ni se considera posible. Está en La Peña, el poblado menos despoblado de la punta. Ahí queda el puesto de la policía fronteriza costarricense y algunas otras instituciones tan lejanas. Es como si “el otro país” en realidad estuviera de este lado de la frontera. Ahí ni fuimos. Al salir de La Playa, nos desviamos a la derecha tierra adentro, evitando la autopista de arena que aparece y desaparece por órdenes lunáticas. Insistimos en ver a Albano Durán, pero fracasamos. Digo Albano Durán así de fácil porque en la zona, en toda la Punta Burica, tienen claro quién es él. Es más, le dicen Albano sin referencias ni apellidos como quien bautiza a una mascota. Él es el dueño del único almacén que hay en sepa Dios cuántos kilómetros cuadrados. Sus precios monopólicos son ineludibles para los cuatro finqueros o para los indígenas que consiguen un dólar como conseguir un tesoro. Es más, abre cuando quiere y poco importa si su cliente caminó dos horas por un paquete de azúcar. Tampoco le importa si un lugareño caminó cinco horas con un par de vacas esperanzado en venderlas. “No, no, mejor no las compro”, dicen que dice. Después, claro, ofrece el precio que le salga de los ruedos, pues nadie quiere caminar cinco horas de vuelta arreando sin un dólar encima.
No lo vimos, pero dicen que es pequeño y con una calvicie amplia como la playa en marea baja. Que tiene plata en puta y que mandó a construir en cemento una mesa que tiene en su patio frontal, porque la de tablas solía quedar rota en las guareras desbocadas que se arman los vecinos cada vez que pueden. Dicen que siempre que se ve en aprietos manda a su esposa a justificar su ausencia, mientras su caballo lo lleva a todo trote finca adentro. Pero no está. Victoriano descuida un momento la chapia y el ganado para explicarnos que el patrón anda afuera, que tal vez entre mañana. Victoriano Pineda Taylor es uno de sus empleados, un típico buriqueño. Nació hace 39 años sin más ayuda que los pujidos de su mamá costarricense. Cayó al lado tico, pero las únicas posibilidades de registrar su nacimiento estaban en lado panameño y entonces su papá lo registró con su misma nacionalidad. Lo privó de ser suizo-centroamericano. Va y viene por los potreros sin pasaporte ni residencia de ningún tipo. Sus siete hijos son ticos y su esposa no recuerdo. Qué más da. Aquí la nacionalidad es tan determinante para la vida como el ascendente zodiacal. En el camino hay una valla de Balbina Herrera, la candidata oficialista que perdió la presidencia de Panamá contra el ricachón de Martinelli. Está del lado tico. Por ella votó Natalia, la jovencita esposa de un finquero tico que tiene sus tierras y su ganado de este lado de la frontera, mientras su casa, sus cuadraciclos y su terreno para desarrollo turístico yacen en Limones. El ganadero se llama Rafael Alpízar, que llegó a estos parajes por culpa de un alemán que le ofreció negocios en efectivo. Es de los pocos que cree que el narco aquí no es más que una percepción o una mala fama. Se ganó a la gente repartiendo las cervezas y la Coca Cola que nunca falta en la hielera de su pick-up y pagando árbitros federados para torneos de futbol donde todos - hombres y mujeres- y todas se miden entre con zapatos o descalzos, en un campo donde los marcos de bambú están torcidos hacia un costado. Alpízar se queja de que aquí también hay crisis, porque por un ternero puede llegar a cobrar los mismos $8 que puede costar una gallina. Aun así, 40 caballos trotan por su finca sin necesidad de “abuelos”, como se le llama en la zona a los bultos de cocaína que a veces la marea lleva a tierra. El apodo nació después de que un lugareño andaba diciendo que “la herencia de un abuelo” le había permitido la repentina fortuna que, en realidad, obedecía a una de sus jornadas de pesca. “Eso del narco... se da una barbaridad”, reconoció el subteniente Saldaña cuando caminábamos por montazales rumbo al último mojón, en campos medio abiertos donde a los coyotes y los “coyotes” poco les falta para hacer trillos. Por lo demás, el oficial reporta que Punta Burica está libre de alimañas. No estará libre de alimañas, pero sí de los viejos conceptos de “patria o muerte” que en las escuelas centrales nos meten en la cabeza como un rasguño sobre la pizarra. Es como si los modernos conceptos de fronteras europeas sí tuvieran cabida en este extremo perdido, en lo más bajo del mapa, de la escala social y de las tasas de alfabetización. En Paso Canoas, de vuelta a San José, creyeron que Navarro y yo veníamos de Panamá. ¿Cómo explicarles? | ||||||||