El Cabo Santa Elena es una mujer con corazón de piedra, experimentada como ella sola, misteriosa, seductora, difícil de conquistar, bella aun sin maquillaje y con amores tormentosos en su pasado.
Edición 37
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El Cabo Santa Elena es una mujer con corazón de piedra, experimentada como ella sola, misteriosa, seductora, difícil de conquistar, bella aun sin maquillaje y con amores tormentosos en su pasado. No solo eso. La franja de suelo costarricense que más lejos se interna en el océano Pacífico y que forma parte del Parque Nacional Santa Rosa —al noroeste de Guanacaste— luce semidesnuda, posee curvas peligrosas y, de cuando en cuando, escucha canciones pícaras. Lo del corazón de piedra se debe a que gran parte de su cuerpo está conformado por rocas que, en algún período ubicado entre 80 y 170 millones de años atrás, se desprendieron del manto terrestre, a unos 60 kilómetros de profundidad, emergieron y se montaron sobre una formación rocosa que ya existía debajo de la superficie del mar y que tiene entre 159 y 180 millones de años. Posteriormente, en algún momento del pasado situado entre los 65 y 80 millones de años, tuvo lugar uno de dos eventos: el mar subió o la masa de rocas descendió. Esto por cuanto la superficie del cabo está formada por arrecifes y sedimentos marinos. Con tantos millones de años resumidos en dos párrafos, está claro que desde Paso Canoas hasta Peñas Blancas no hay una sola dama que supere en experiencia a esta mujer que forma parte del territorio más antiguo de Costa Rica. Allí nació, gateó y dio sus primeros pasos nuestro país. Estos secretos, por supuesto, no saltan a la vista del observador común. Se trata de revelaciones hechas por un hombre que sucumbió a los encantos del cabo Santa Elena: Percy Denyer, profesor de la Escuela Centroamericana de Geología, de la Universidad de Costa Rica.
Tengo que confesarlo: el 28 y 29 de noviembre pasado yo también me enamoré perdidamente de esta jurásica señora que se aprovechó de este menor de edad, geológicamente hablando, para seducirlo. No crea, tan santa no es la roquita, y eso que su nombre procede de Santa Elena, quien vivió entre los años 247 y 329 d.C., y fue la madre del emperador romano Constantino el Grande. Pero dejemos de lado tanta santidad y retornemos a mi historia de seducción y tentación… Llegar hasta esta dama no fue sencillo. La fotógrafa Carla Saborío, el chofer Robert Miranda y yo intentamos una primer aproximación el sábado 28 del mes pasado. Sin embargo, no pasamos de playa Blanca, el punto más cercano al que se puede acceder a bordo de un vehículo doble tracción. Ingresamos por el sector de Murciélago, del Parque Nacional Santa Rosa, cuya entrada principal se encuentra a 60 kilómetros al noroeste de Liberia. Allí nos recibieron Javier Obando, funcionario del Área de Conservación Guanacaste, y Mauricio Fennell, profesor de turismo en la Universidad Técnica Nacional.
Murciélago fue una hacienda de 16.431 hectáreas propiedad del exdictador nicaragüense Anastasio Somoza Debayle, la cual tenía una pista de aterrizaje —que se aprecia aún hoy día— y dos casonas. Fue expropiada por medio de un decreto ejecutivo emitido el 13 de setiembre de 1978, por el entonces presidente Rodrigo Carazo Odio. El Estado pagó ¢12 millones, a pesar de que representantes de Somoza exigían ¢100 millones. Un total de 13.500 hectáreas fueron anexadas a Santa Rosa el 13 de noviembre de 1980; el resto quedó en manos de una base de formación policial y parcelas del Instituto de Desarrollo Agrario (IDA). En el portón de Murciélago, Obando y Fennell nos explicaron que teníamos por delante 17 kilómetros de camino en medio de bosque, monte y barro, y nos advirtieron que en el kilómetro 6 nos toparíamos con un charco al que teníamos que evitar mediante un desvío, pues no hay carro capaz de superar esa trampa de fango (algo así como la suerte que corren algunos proyectos en la Asamblea Legislativa). Hicimos el recorrido por un sendero chúcaro, al mejor estilo de “no lo maneje, maltrátelo”, pero disfrutando de las pinceladas del sol sobre el lienzo verde de la espesa vegetación, el dulce perfume de las flores silvestres, insectos traviesos y juguetones que se metieron al vehículo, las apacibles y cristalinas superficies de riachuelos con más piedras que agua y un mirador natural donde la vista del Pacífico nos dejó sin palabras. La dama sabe insinuarse.
El viaje fue amenizado por una radioemisora nicaragüense llamada “La Pachanguera”, cuya canción más solicitada ese día fue “Mi cama huele a ti”, del puertorriqueño Tito El Bambino, aunque también escuchamos otras que decían “oye mamita, te voy a ligar”, “suéltate el pelo, vamos al cielo” y “la gallina cuando canta es que puso un huevo, la mujer cuando se arranca tiene cabro nuevo”. De cuando en cuando, las canciones eran interrumpidas por una voz que exclamaba a todo galillo “¡Bueniiiiiiiísima! ¡Bueniiiiiiísima!”. Y al final de cada una de ellas, la voz del locutor: “95.1. La Pachanguera, la radio que te pone patas arriba”, y comerciales de “Pollo rico, el pollo oficial de la Navidad”. Me gustó más la música de playa Blanca, interpretada por un trío veterano y afinado: olas, arena y piedras. Desde allí divisamos a la distancia cabo Santa Elena, pero todo quedó en coqueteo y deseo. Su imagen me perturbó, me dejó inquieto; durante la noche pensé en ella. No fue sino hasta el día siguiente, domingo 29, que logramos llegar hasta ella, verla cara a cara, admirar sus curvas peligrosas (formaciones rocosas empinadas y afiladas) y contemplar su semidesnudez (apenas cubierta por una escasa y tímida vegetación). Mas como no hay dónde desembarcar, me quedé con las ganas de besarla, acariciarla, abrazarla, acostarme sobre su tibio regazo… privilegios reservados para el mar y el viento.
Un pescador de la zona, Jaime Lara, habitante de Cuajiniquil —el pueblo más cercano a esta mujer con corazón de piedra— nos llevó en su lancha “La monchita”, bautizada así en honor a la suegra de su hermano Frank. Sin duda “La monchita” es buena amiga de doña Santa Elena, pues en el viaje de dos horas y media —el cual nos permitió divisar parte de la costa pacífica de Nicaragua— demostró conocer la ruta de memoria. Durante ese trayecto pasamos al lado de los cerros Murciélago, bahía Santa Elena, isla Los Cabros, la fila Playa Blanca, Punta Blanca, bahía Playa Blanca e isla Los Negritos; todos ellos también de formación rocosa. Finalmente, bordeamos la extremidad más recóndita del oeste de Costa Rica hasta llegar a la punta de cabo Santa Elena, una dama tan bella que no requiere de maquillajes hoteleros para verse bien y seducir. Es linda así, sin sombras de cemento, polvos de “progreso” ni rímel de marinas. Y eso que —aquí entre nosotros— se baña poco, pues forma parte del territorio más seco del país, con menos de 1.000 milímetros de lluvia por año. Para que se dé una idea, en la zona montañosa del Caribe costarricense caen hasta 4.500 milímetros de lluvia cada año, en tanto que en la Península de Osa, en la zona sur, esa cifra puede alcanzar los 5.000 milímetros anuales. Sin embargo, la falta de agua no le impide lucir limpia, libre de basura y de manchas de aceite como las que se aprecian en otras costas. Ventajas de vivir tan lejos. El escaso baño tampoco le resta encantos. En esta región abundan los venados; también hay pizotes, congos, saínos, dantas, jaguares y pumas, así como urracas, pericos, pelícanos, gaviotas y gavilanes cangrejeros.
En las aguas marinas que la rodean hay jureles, pargos mancha, peces loro, entre otras especies; también se observan ballenas jorobadas en los tres primeros meses del año. Como si fuera poco, en esta zona hay corales, manglares, humedales —el ombligo de esta dama es una laguna—, árboles de caoba, níspero y pochote, así como bosques enanos, ágaves y cactos. Por algo, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró a esta región Patrimonio de la Humanidad el 30 de junio del 2004. Antes de eso, el Estado costarricense tuvo que luchar por liberar a la enamorada Santa Elena de un amor tormentoso. Casi al final de su gobierno, el 5 de mayo de 1978, el entonces mandatario Daniel Oduber Quirós expropió la Hacienda Santa Elena –de 15.210 hectáreas— para incluirla en el sistema de conservación del bosque seco tropical. A partir de allí, dio inicio una lucha legal que obligó a Costa Rica a solicitar un arbitraje internacional debido a la falta de arreglo —en cuanto al tamaño de la propiedad y su valor— con los propietarios: la empresa estadounidense Desarrollos de Santa Elena, S.A., cuyo principal accionista era Joseph Hamilton. La disputa, como era de esperar, se convirtió en un cable de alta tensión en las relaciones diplomáticas entre Costa Rica y Estados Unidos; hubo recalentamientos, chispas y cortocircuitos durante esa época. El litigio finalizó a principios del 2000, cuando un fallo del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones determinó la extensión de la hacienda y fijó su valor en $16 millones. Esta suma fue cancelada por nuestro país el 2 de marzo del 2000 y Santa Elena pasó a formar parte del Parque Nacional Santa Rosa a partir del 28 de abril de ese año. En medio de esa disputa, en Santa Elena operó —a mediados de la década de 1980— un aeropuerto clandestino de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), desde el cual se abastecía a los guerrilleros antisandinistas. Otra evidencia de que la dama con corazón de piedra no ha sido tan santa como lo sugiere su nombre; pero, ¿quién no tiene episodios oscuros en su pasado? Además, a una mujer bella se le perdona todo, aunque tenga el corazón de piedra y sea difícil de conquistar. Enamorados que somos los hombres. | |||||||||