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Peņas Blancas
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Por Maria Montero
Publicado el 01/12/2010
 

Después de 300 kilómetros con el viento en contra, el pelo ya no es pelo. Mucho menos cabello. Es greña: maraña roñosa.

Edición 37


Peņas Blancas

Por María Montero
Fotografía: Jorge Navarro © 2009

Después de 300 kilómetros con el viento en contra, el pelo ya no es pelo. Mucho menos cabello. Es greña: maraña roñosa. Por eso, a la frontera nica, uno llega como nica. Es decir, con la moral hirsuta. Jodido. Mejor dicho, sin ninguna investidura. Muy usado. Es lo único bueno de Peñas Blancas: supone un efímero momento de justicia entre vecinos, una breve circunstancia para la igualdad de condiciones.

Los ticos decimos la frontera nica, pero en realidad lo que apesta es la frontera tica. La frontera nica es hasta bonita, con su andén, sus vendedoras de sandalias y sus córdobas con la cara de Darío. La frontera tica es una explanada de basura, humo y barriales podridos. Es un kilómetro de furgones. Un hormiguero de gente sin trabajo. Es un enorme restaurante con una sucursal bancaria en mitad de un pasillo y un salón con dos ventanillas al que no se puede entrar. La frontera tica debe ser la única del mundo en donde las personas tienen que desalojar el edificio para ser atendidas.

Así como la vida está hecha de momentos, Peñas Blancas está hecha de pedazos. Lo que se cayó, permanece en el suelo. Lo que se levantó, deberían botarlo. En su estilo arquitectónico prevalece el Mamarracho Mutante o sencillamente Mamarrachesco, tan popular en edificaciones públicas. La sensación de ruina es tan fuerte que hasta la leyenda del retrovisor adquiere tintes sobrenaturales. Objects in mirror are closer than they appear.

Luis Treminio Mendoza es experto en cruzar los 200 metros que separan a Costa Rica de Nicaragua. Va y viene; va y viene. Lleva 15 años haciéndolo. No es raro que viva en Las Vueltas.

Nada de esto es culpa del incendio que, hace tres meses, consumió la bodega principal de aduanas. La destrucción había llegado mucho antes que el fuego y la prueba está en el episodio mismo: a pesar de ser una de las principales aduanas del país, no tenía seguro contra incendios y mucho menos hidrantes. Es decir, todo el mundo quería que se quemara, lo cual es comprensible. Sin embargo, en su estado actual, nadie querrá concesionarla por lo que tal vez, algún administrador internacional la acepte como feria por manejar Río Azul.

A finales del 2004, las autoridades de Costa Rica y Nicaragua reportaban un tránsito migratorio diario de 4.000 personas. Cientos más, cientos menos. Mucha gente. El sitio por donde pasa con mayor frecuencia la mayor cantidad de migrantes. En vista de las atenciones que suelen recibir estos ciudadanos, el interés oficial por limpiar el entorno –ni siquiera hablemos de ‘humanizarlo’– se respira hasta el día de hoy en todos los rincones. De hecho, si se inhala con demasiado entusiasmo, se corre el riesgo de desarrollar una infección respiratoria. En ese entonces, la Organización Mundial de Migraciones (OIM) donó $80.000 para el proyecto de construir un solo puesto fronterizo. ¿Entonces?

Un zócalo de piedra pintado de celeste rematado por un conjunto de paredes prescindibles que desembocan en una maraña aleatoria de cables y láminas de zinc: en eso consiste el extremo norte de Costa Rica. Por un asunto estilístico, se deduce que el arquitecto de Peñas Blancas debe ser el mismo de La Reforma. Aunque su nombre haya pasado desapercibido ante la Historia, sabemos que algún día tendrá su merecido, que es lo que merece.

Dondequiera que uno mire, hay cabos sueltos. Pese a sus reservas, los que cuidan el edificio son especialmente reveladores. Buenos días, señor oficial, podría decirme cuál es el horario de la frontera. En su mirada se asoma la terrible incertidumbre, el terror que despierta la pregunta –cualquier pregunta– así como una leve activación de órganos vitales. ”No sé”, dice. ”Es que yo no trabajo aquí”. Después de resumir con maestría los últimos cuatro años de la actual administración, el cabo suelto sale en busca de su otra mitad.

La verdadera y más importante pregunta es: ¿Por qué al pelo de Grace Kelly nunca le pasó algo así? ¿Por qué nunca ni una hebra fuera de lugar? ¿Acaso no era ella la reina de los convertibles? ¿La misma que vivía desmelenada saltándose los semáforos de Monte Carlo? ¿Acaso es menos frontera la de Francia?

A nadie le importa que Peñas Blancas sea el principal paso de mercancías procedentes de Nicaragua y del resto de países de Centroamérica que exportan por el puerto de Limón. Mientras que la frontera nica está sembrada de Flor de caña, en la tica florecen las condiciones óptimas para el delito: un río apestoso a escasos 20 metros, desempleo crónico en las comunidades vecinas y, en general, un desarrollo arquitectónico cuyo gran mérito consiste en lograr que el visitante no más llegar ya sienta ganas de largarse, agobiado por una infalible sensación de derrota.

Desde hace 50 años, Peñas Blancas vive envuelta en la novedosa fragancia burocracia bouquet. Novedosa porque la cabrona sabe renovarse, pese a ser siempre la misma, y sorprendernos con tonos muy vivos.

Camila Aburto –del caserío Las Vueltas, 33 años, soltera, dos hijos– lleva nueve años de rellenar a mano boletas fronterizas. Generalmente ayuda a sus paisanos con nombre, apellidos, número de pasaporte. Es decir, nueve años de realizar todos los días un favor miserable a cambio del favor igualmente miserable de unas monedas. Camila comparte esta vieja forma de desempleo junto a otras 15 mujeres, madres todas. Porque claro, un trabajo, por fronterizo que sea, es mejor que ninguno.

Polvo de basura, un hornazo infernal, la espera gaseosa de cientos de furgones y una placa absurda en la que se lee: Puesto fronterizo Alfonso Monge. Administración Mario Echandi. 1958-1962. El único problema fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua es la frontera misma. Más que el puesto fronterizo, este es el opuesto fronterizo.

Luis Treminio Mendoza jala maletas de 6 a 6 y se medio gana ¢3.000 diarios. Cruza los 200 metros que hay de un puesto al otro con su ‘pepano’, que es lo último en tecnología fronteriza; es decir, el segundo invento después de la rueda: una carreta montada en una bici. Dice que este año quería ir a buscar trabajo a Limón pero, quizá por ir montado en el ‘pepano’, el año lo dejó atrás y con el mismo trabajo. Luis Treminio, que también vive en Las Vueltas, sonríe mientras narra sus desventuras y despliega una secuencia de piezas que parecen extraídas de un yacimiento. Luis Treminio es de colección. Su sonrisa es un tesoro.

Ya dijimos que el plan arquitectónico de la frontera es de inspiración tectónica, por un lado. El problema es que es el único lado que le queda. Otros señalan que su estilo podría entrar en lo que algunos estudios denominan Arquitectura Xenofóbica In Situ, es decir, que la xenofobia también incluye a los nativos. Sin embargo, algunos especialistas insisten en enmarcar el estilo en la corriente general Architecture of Hate o Arquitectura del Odio.

En realidad, con su sola existencia, Peñas Blancas exige una redefinición del Realismo Sucio.

Hablemos de los furgones. De los millones de furgones que van cargados de millones de cosas y que a veces aguardan hasta dos días en zarpar de ahí. Hablemos de esa extraña comunidad masculina y nómada que lejos de atravesar la frontera, se estanca en ella. Hablemos de sus necesidades fisiológicas y de sus no menos contaminantes hábitos de género. ¿Será mucho más llamativa esta situación si se considera una amenaza ecológica antes que un problema social?

La verdadera y más importante pregunta es: ¿Por qué si la aduana ocupa en la actualidad un área de 20.140 metros cuadrados, solo hay dos ventanillas?

En Peñas Blancas sólo se renuevan los turistas, porque todo lo demás cayó desde hace años en un limbo tecnológico. En la foto, el último retén antes de seguir rumbo al Norte.

El Ministerio de Hacienda tiene un proyecto: agrandar Peñas Blancas casi seis veces más. Es decir, habrá cuatro ventanillas. La prensa reporta que el Ministerio de Hacienda negoció con el Banco Nacional la creación de un fideicomiso de titularización para financiar la construcción de la nueva aduana. ¿Fideicomiso de titularización? Mediante esta figura, el banco emite títulos que se venden a cualquier inversionista. ¿Títulos de qué? ¿A cualquier inversionista? La verdadera y más importante pregunta es: ¿De cuál negocio nos perdimos?

Hay algo mucho peor que tener que cruzar Peñas Blancas. Es llegar, y no tener que cruzarla. Quien llega hasta allá motivado por un trabajo como este (sí, sí, como este), comparte el mismo sentimiento que embarga a los habitantes de Las Vueltas: jamás logra sentirse bien remunerado.