Cada cuatro años, lo que para los cínicos en el poder es la fiesta de la democracia, para el resto del país es una especie de fin de año más funesto que bisiesto. Alternando villancicos con publicidad de campaña electoral, le pedimos su opinión a la pluma demoledora de Catalina Murillo.
Edición 37
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Cada cuatro años, lo que para los cínicos en el poder es la fiesta de la democracia, para el resto del país es una especie de fin de año más funesto que bisiesto. Alternando villancicos con publicidad de campaña electoral, le pedimos su opinión a la pluma demoledora de Catalina Murillo. Por Catalina Murillo |
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Lo que más @odiamos de las campañas electorales es algo en lo que intentamos no pensar y que dejaré para el final. En principio, lo peor parece ese aluvión de basura mediática que se nos viene encima. Y es terrible, cansino, insultante incluso, las más de las veces. Ni la mismísima Helen Keller podría escapar de ese “bombardeo”, como no en vano se le llama. Los mensajes a los que estaremos expuestos, queramos o no, durante estos meses, tienen el gravísimo problema de ser feos, en primer lugar y mentirosos, en segundo, aunque esto podría no ser tan grave. En un mundo en que se ensalzan la belleza, la delgadez y la eterna juventud, la campaña será como un susto en ayunas. Hasta las películas menos “comerciales”, las películas con “mensaje” o “contenido”, cuentan con un Él y una Ella mínimamente guapos. Antes nos ponen a Charlize Theron maquillada de fea que a una fea por méritos propios, por así decir. Nos hemos ido acostumbrando a eso: en el mundo ficticio que entra en nuestra casa por la tele, por ejemplo, nadie es de verdad feo, nadie es de verdad pobre, nadie es de verdad infeliz. La realidad está “edulcorada”, como también se suele decir, y menos mal, añado, y ojalá azucarada y achocolatada, si falta hiciera (y hace), pues la humanitaria misión de la ficción es sacarnos un rato de nuestra pedestre realidad. Como decía un gran productor de cine: “Si Brad Pitt y Angelina Jolie van a coger, yo quiero ver”; y está claro que estimularán nuestra fantasía y con ella nuestras ganas de vivir. En este contexto de glamour y belleza hollywoodiense, durante estos meses los costarricenses tendremos que ver a la gente más fea y peor vestida hasta en nuestra sopa. Díganme si no es un corte de digestión. Gente fea, pola y mal maquillada va a estar ahí, ocupando una página entera del periódico o la pantalla de nuestra televisión, con la perseverancia de una tortura china. Esto parece un chiste, pero es terrible en sus consecuencias. Básicamente habrá un bajón general de la libido de los ciudadanos y en un país ya de por sí cargado de violencia, puede ser fatal. Alguien podría objetar: “Así es la realidad y siempre ha estado ahí, en las noticias, por ejemplo”. Cierto, pero así pasamos al segundo “pero”: los mensajes de la campaña electoral serán mentirosos. Tratarán de hacernos creer en una Costa Rica paradisíaca, en unos políticos pensadores y justicieros, en un pueblo amante de la paz y otros cuentos, y sin duda lograrán lo contrario, porque ¿por qué tanto insistir en demostrar lo que debería simplemente mostrarse? Imagínese que usted tuviera una amante fea que se empeñara en demostrarle que es fiel, que es buena gente o que es lista y graciosa. Tarde o temprano usted terminaría por pensar que tanta insistencia solo puede estar ocultando algo. Lo de que es fea es evidente, así que ¿qué será lo que oculta? Con esa misma consternación moral vivimos los ticos los meses de campaña: una gente fea y con sonrisas falsas nos trata de convencer de que Costa Rica podría ser Suecia. Qué angustia. Sin embargo, hasta aquí toda la campaña podría ser vista como una mala película que, por lo mismo de ser chapuza, es graciosa. Con un poco de fisga, podría ser considerada una buena farsa, algo entre los Monty Phyton y las Cuatrufias. Pero ahora imagínese que le cobro veinte mil pesos por ver la película. Ríase ahora. De las campañas políticas lo que más odiamos es lo que menos queremos saber: que las pagamos nosotros. | |