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Vivo a diez cuadras de la casa de Sandro. Paso por la puerta prácticamente todos los días. Me queda de paso a la estación Banfield, donde tomo el tren cada vez que voy a la ciudad de Buenos Aires. No hubo una sola vez que no dirigiera la vista hacia la puerta con la esperanza de verlo al Maestro. Jamás lo vi en el barrio. Una sola vez lo escuché: había unas mujeres que le oraban a los gritos a través del portero eléctrico, tócalo Señor, toca a Roberto en el nombre de Jesús, y Sandro decía Amén y Amén y cuando terminaron les dijo Gracias y ellas le dijeron Que el Señor lo bendiga y le prometieron que iban a seguir orando por él en la iglesia. Imagino que deben estar insoportables en la iglesia en estos días: seguro le dan Gloria, gloria y más gloria a Dios y no dicen nada de los médicos que le hicieron el súpertransplante. Lo que importa es que el más grande cantante romántico de habla hispana está vivo y si todo sigue como hasta ahora, se va a morir de viejo. Sandro tiene 64 años y, desde hace unos días, el corazón y los pulmones de un muchacho de 22. La última vez que lo vi, en 2001, cantaba con un pequeño tubo de oxígeno bajo el micrófono, un dispositivo especial hecho para él, para que respirara entre canción y canción. El espectáculo se llamaba El hombre de la rosa y Sandro subió al escenario envuelto en una robe de chambre de color borravino, y se rió durante toda la noche de su propia leyenda. Aquel show fue un poquito corto, por razones obvias, pero nadie se quejó. No había razones para quejarse. En esta época de cantantes correctísimos que hacen un culto de su medianía, en esta época de luismigueles, diegostorres y davidesbisbales arreglados por la misma máquina de picar carne, por el mismo sonido global, Sandro sigue siendo único gracias a su apasionada desmesura.
El amor de un fan es interesado, no es sincero. El fan siempre quiere más. Vamos a decir la verdad: después de tanto tiempo esperando que aparecieran el corazón y los pulmones adecuados, después de haber temido lo peor en una cirugía que parece de ciencia ficción, ahora queremos todo (circuló una foto impresionante: un paramédico con la heladera azul y blanca de camping que contenía los órganos, su última esperanza, en el aeropuerto de Mendoza). No nos conforma sólo que Sandro envejezca en paz, soñamos con volver a verlo arriba de un escenario. Leo en el diario que se negó a que le hicieran una traqueotomía por temor al efecto que pudiera causar sobre sus cuerdas vocales. A ver si nos entendemos: un tipo al que le acaban de transplantar un corazón y los pulmones se niega a autorizar una traqueotomía porque sueña con seguir cantando. Está claro que Roberto Sánchez es el primer fan de Sandro. Y me pregunto si alguien que gusta de las canciones de Sandro puede ser otra cosa que un fan, si puede haber una admiración, digamos, socialdemócrata, por una música semejante. El humorista y músico Alfredo Casero grabó una versión con pretensiones paródicas del tema “Cómo te diré”, pero el tema es más fuerte que Casero y la parodia no surte efecto. Casero quiere que el escucha se ría, pero la emoción se filtra pese a todo: si hasta dan ganas de separarse para poder cantársela a alguien.
La primera vez que vi a Sandro fue en 1993, en el Gran Rex, el teatro más grande y más lindo de Buenos Aires. El show se llamó Treinta años de magia y estaban todas las canciones que tenían que estar, o sea “Penumbras”, “Porque yo te amo”, “Así”, “Cómo te diré”, “Como lo hice yo”, “Ave de paso”, “Te propongo”, la entonces flamante “Con gusto a mujer” (¡¡¡Y me dejó/ un gusto a mujer en la boca!!!), “Las Manos”, y también “Tengo”, “Una muchacha y una guitarra”, “Dame el fuego de tu amor”, “Quiero llenarme de ti”, o sea, los movidos y los lentos. Y hasta “Rosa… Rosa”, que debo reconocerlo… ¡no me gusta! Juraría que buena parte de las damas que estaban en ese concierto, y en otros que vi del maestro, no asisten a conciertos de ningún otro artista: son el tipo de gente que uno ve en el almacén, en la verdulería, en la carnicería, viviendo la mejor noche de su vida. En un momento del show, Sandro suele decirle a los maridos: “Agradézcanme: yo les caliento la pava para que ustedes se tomen el mate”.
¿Por qué tardé tanto en ver a Sandro en vivo, por qué lo vi recién a los 23 años? Bueno, porque tuve que elegirlo yo solito, de adulto. En casa no había discos de Sandro. Recibí de mis hermanos mayores el amor por el rock y escuché desde muy pequeño a Los Beatles, Led Zeppelin, Deep Purple, Yes, Spinetta, García. Recibí de mis padres a Piazzolla, Serrat, incluso a Roberto Carlos. Mis hermanos mayores no escuchaban a Sandro porque sólo escuchaban rock. Mis padres no escuchaban a Sandro porque pertenecían a cierta clase media antiperonista para la cual era “grasa” o “polo”. Creo que desde la síntesis consagratoria de Treinta años de magia, las discusiones en torno a Sandro se terminaron para siempre. Luego del final del ciclo, Sandro organizó una cena para la prensa en el Club Sirio. Había odaliscas, había fabulosa comida árabe, pero nada de eso me importaba. Lo importante es que lo saludé, estreché su mano, él me dijo “Gracias por venir” (¡!), alguien me sacó una foto con él, ese alguien quedó en llamarme, lo perdí de vista, olvidé su nombre, perdí su teléfono, todo mal, y mi foto se perdió para siempre.
El rock argentino lo tuvo como uno de sus pioneros y sus revistas y su intelligentzia vieron como una afrenta que los abandonara en 1967, a partir de su sexto disco, Quiero llenarme de ti, para dedicarse a la música romántica. En el primer libro argentino sobre rock, Agarrate (1970), leemos:
Ha ardido junto a Los de Fuego en violentos Rocks a la manera de Elvis. Ha viajado por casi todo América del Sur a una velocidad de seis presentaciones por fin de semana. Ha compuesto decenas de intrascendentes canciones, grabado decenas de discos no muy diferentes entre sí. Ha protagonizado varias películas que quedarán en el olvido del fan más fan. Pero en seis años ganó dinero del que pueda gastar durante el resto de su vida.
Su franqueza, algún jazz que supo cantar en cuevas desveladas y una cierta musicalidad ingenua que se adhiere a sus baladas, lograron que algunos tolerasen –a medias– eso que no le perdonaron al Rey Palito ni a ninguno de los de su corte de nuevaoleros: la gran superficialidad, esa inyección de conformismo que desde siempre neutralizó cualquiera de sus atisbos de originalidad.
Entre otras cosas, Sandro es el mejor ejemplo del mal uso de una herramienta: canta porque sí, por todo lo externo del oficio. Su éxito aporta más material a un análisis sociológico que a la creación musical, lo cual no es precisamente un elogio.
Veintidós años después, cuando ya nadie se acuerda de este comentario, Charly García y Pedro Aznar invitaron al maestro a grabar una versión del tema “Rompan todo”, de Los Shakers, para su disco Tango 4. Muertos de admiración, Charly y Pedro lo filmaron a escondidas, hasta que Sandro se dio cuenta y les permitió documentar la escena libremente. En 1998, la compañía BMG produjo Tributo a Sandro. Un disco de rock, donde artistas como Bersuit Vergarabat, Divididos, León Gieco, A77aque y Virus grabaron versiones de sus clásicos. El rock se dejaba de pavadas y ponía las cosas en su lugar.
Alguna vez –como ocurrió con Elvis, acaso su primer referente artístico– sus movimientos pélvicos escandalizaron a la sociedad. Ahora es un señor grande, conservador, cree en Dios, teme a la inseguridad, tiene un mástil con una bandera argentina en el frente de su casa y le gusta repetir la palabra “patria” de tanto en tanto. Todas esas cosas que en otras personas me molestarían, en Roberto Sánchez me tienen sin cuidado. Una vez entrevisté a Caetano Veloso y hablamos sobre Pelé. “Una persona me dijo los otros días que no lo quería a Pelé porque era de derecha. Hay que ser imbécil… ¡Pelé es maravilloso!” Sandro también es maravilloso y sigue estando más allá del bien y del mal.
Vuelvo al 2001. Hay una conferencia de prensa en un hotel céntrico. Sandro presenta un disco temático llamado Para mamá. Le pregunto si conserva sobrantes de sus grabaciones: tomas descartadas, demos, tomas en vivo, si cree que hay material como para hacer algo a la manera del Anthology de los Beatles. Roberto Sánchez me mira a los ojos y me dice: “Guar-do-to-do.” Luego bebe un trago de agua mineral. Cuando termina la conferencia de prensa, me acerco a la mesa y me robo la copa donde Sandro ha bebido. En esa misma copa brindo hoy para que Roberto Sánchez siga dándonos el fuego de su amor. |