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Boca del río Sixaola
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Por Armando Rodríguez Ballesteros
Publicado el 12/24/2009
 

Enviados por SoHo, cuatro cronistas emprendieron una expedición a los puntos cardinales extremos del país. Volvieron para contar lo que vieron. Cuatro viajes a una parte de lo que somos.

Edción 37


Boca del río Sixaola
 

Una persona puede estar más orientada que las demás, no necesariamente por caminar sin perder el rumbo, tener una colección de brújulas, guiarse por la posición de los astros o darse el lujo de poseer un moderno GPS. Es mucho más sencillo y como muestra fehaciente está el caso de don Pancho Rocha, quien es literalmente el hombre más orientado de Costa Rica, porque sus días transcurren de manera apacible en la Boca del Río Sixaola, esquina oriental del país. A espaldas de su casa, los cuatro y medio millones de ticos van lenta y progresivamente “desorientándose” por toda la geografía. Este hombre, que habita como un ermitaño en la única construcción de factura humana que se eleva en el punto denominado Boca del río Sixaola, comparte con numerosos perros, patos, vacas, iguanas, monos y gallinas el privilegio de ver salir el sol antes que el resto de sus compatriotas.

Detrás de la casa de don Pancho Rocha los cuatro y medio millones de ticos van lenta y progresivamente "desorientándose" por la geografía de Costa Rica.

La Boca del Sixaola está situada en el cantón de Talamanca, provincia de Limón, a 9 grados, 34 minutos de latitud norte y 83 grados, 32 minutos de longitud oeste. El agua parece ser el elemento del zodíaco asignado a este hermoso paraje porque, además de que conviven allí el Mar Caribe, la cercana laguna Gandoca y el caudaloso Sixaola, la precipitación pluvial es muy alta, con un promedio de 2.100 milímetros al año. Así las cosas, el ritmo de vida en esta exuberante parte baja del cantón está condicionado por el ciclo de lluvias que suelen disminuir en los meses de marzo, abril y setiembre. La temperatura oscila entre 24 y 30 grados centígrados.

Si se quiere ir de San José a la esquina este de Costa Rica, lo más recomendable es madrugar para tomar la autopista Braulio Carrillo a eso de las 5:30 a.m., remontar prudentemente el Zurquí, disfrutar alguno de esos inefables desayunos que se ofrecen a lado y lado de la carretera en Guápiles, avistar el puerto de Limón a las ocho y media, detenerse a comprar agua en Cahuita a las nueve y cuarto, desviarse en dirección a Bribri y empalmar con la vía a Sixaola sobre una cinta de pavimento sorprendentemente amplia y bien mantenida. Una vez en ese caserío que, desde el punto de vista físico, parece olvidado por Dios, puede comprobarse que un largo y vetusto puente ferroviario, habilitado también para peatones y automotores, es la única distancia que separa a Costa Rica de Panamá.

Los tablones jabonosos del puente enseñan que ha llovido desde hace rato. Personas presurosas van y vienen, cubiertas con impermeables o sombrillas. Las primeras llevan las manos vacías; las otras no tienen cómo abrazar tanto bulto lleno de mercancías compradas en dólares, colones o balboas en la orilla panameña, que no es otra que la zona franca de Guabito. Al cruzar, el instinto de conservación obliga a no separar la mirada del maderamen, cuyas amplias rendijas acusan, allá abajo, la amarilla espalda del monstruo: el Sixaola en toda su dimensión. Mientras tanto, justo en mitad del puente alguien indaga: “Si una gallina pone un huevo aquí, ¿de quién es el huevo?”. “Pues de los dos países; que lo cocinen y cuando esté duro lo partan por la mitad”, responde otro. “No señor. Es de la gallina”, replica el primero.

No resulta tan sencillo desplazarse desde este desaliñado punto limítrofe y aduanero hasta la desembocadura del río. De hecho, a muy pocos turistas les interesa el tour y acaso por eso muy poca gente sabe describir el punto más oriental del país. Como ocurre en muchos sitios fronterizos del mundo, a ciertas horas, cuando un vehículo con personas del interior llega al puente (punto obligado en Sixaola), es rodeado por varios individuos que ofrecen con diferentes acentos cualquier servicio. Tanta vocinglería y exagerada disponibilidad genera en algunos casos preocupación hasta en viajeros pacientes. Un conductor que, acudiendo a su prudencia, se retire del barullo e intente parquear en otro lado, puede pasar sin transición de la sospecha al temor, porque es posible notar que alguno de aquellos solícitos sujetos avizora el carro a cierta distancia.

Todo allí es cercano y apretado. Humedad y calor se conjugan como en pocos lugares. A escasos metros de la oficina fronteriza hay una farmacia. Confluyen en el mismo local y regidos por la presencia amable de su propietaria: expendio de medicinas, boutique, fotocopiadora, bazar, librería y un café internet compuesto por una computadora, que deja caer la red cuando la dependiente levanta el auricular en el momento que suena el timbre del teléfono. La propietaria manifiesta que conoce un botero de confianza, el cual podría conducir con seguridad y economía a los periodistas hasta la Boca del río Sixaola. Con una llamada telefónica, queda concertada la cita a trescientos metros de allí. En el patio orillero de la casa del guía hay un puerto resbaladizo en donde “yace dormitando la piragua” con motor fuera de borda. Él ha abandonado momentáneamente su labor de chapeado a fin de concertar entusiasmado el negocio del viaje a la desembocadura. Las partes no llegan a un feliz acuerdo por una razón elemental: el botero ha soltado sin rodeos que el paseo por el río hasta la bocana demora cuarenta y cinco minutos a toda máquina, a cambio de la “módica suma” de sesenta y cinco mil colones.

La expedición cancela entonces la posibilidad de llegar al destino por vía fluvial. Un previo estudio del recorrido mediante visión satelital había mostrado otra alternativa: retroceder unos kilómetros hasta la carretera a Gandoca, atravesar por esa vía el territorio lindante con las extensas plantaciones de las compañías bananeras, llegar al caserío célebre por la novela de Ana Cristina Rossi, contratar allí algunos guías que ayuden a sortear en panga la laguna de los manglares y luego caminar por la playa la distancia que une la boca de la laguna con la desembocadura del Sixaola.

“Me siento orgulloso de ser limonense, talamanqueño y gandoqueño”, dice don Aquiles Rodríguez, un hombre fuerte y curtido, algo mayor de sesenta años, quien en compañía de su esposa Gladys Rojas y sus nueve hijos, mantiene una finca autosostenible con sorprendente vocación ecológica, cuya eficiencia y funcionamiento envidiarían muchos teóricos del tema. “No necesitamos comprar comida; todo lo produce la tierra”, comenta doña Gladys. “Hasta el gas para cocinar lo producimos aquí; tenemos un biodigestor en la chanchera”. Ellos, por su trabajo y liderazgo son muy conocidos e influyentes en Gandoca, una comunidad compuesta por algo más de sesenta familias que viven en su mayoría de cultivar plátano, cacao, coco, arroz, maíz, yuca y frutales. Llama la atención que muy pocos naturales de Sixaola y Gandoca trabajan en fincas bananeras. “Eso se lo dejamos a los indígenas panameños y a los nicaragüenses”, dice con desdén, “Chino”, uno de los hijos de don Aquiles.

Don Aquiles Rodríguez y “Chino” acceden a fungir como guías. Después del mediodía y bajo un cielo que amenaza con lluvia se inicia la marcha. El camino rodeado por espesa vegetación termina en la propia laguna Gandoca. Un pequeño puerto de madera permite que, atadas a sus pilotes, floten varias pangas. Los guías proceden acuciosamente a extraer con baldes el agua de lluvia en una de ellas y pocos minutos después la embarcación de remos avanza en dirección a la playa.
Al cruzar el puente resbaladizo, el instinto de conservación obliga a no separar la mirada del maderamen, cuyas amplias rendijas acusan, allá abajo, la amarilla espalda del Sixaola.
“Hay quienes cuentan que Gandoca significa río de sangre, porque hace mucho tiempo los piratas hicieron suyas estas aguas y dejaron muchos muertos”, ha dicho don Aquiles. Esas palabras, que difieren en mucho del significado escatológico dado por la jerga panameña, rompen un silencio emocional, casi místico, producido por la exuberante belleza del lugar. Cualquiera que navegue en embarcación de remos por aquellas aguas salobres podrá testimoniar que las palabras son insuficientes para describir la visión obsequiada en ese lugar por la naturaleza. Asombro, pequeñez, paz, pérdida temporal de la locuacidad, emoción, locas ganas de no salir de allí, armonía interior, impulsos de reír, deseos de llorar, son sensaciones que se entremezclan durante aquella travesía. Se está en medio de 265 hectáreas líquidas que permiten el crecimiento de la extensión de manglar más grande y menos alterada de la costa Caribe. “Chino” y don Aquiles, como buenos guías, antes de iniciar la caminata por la playa, informan sobre la identidad de los otros habitantes del conjunto de esa laguna mágica: helechos de mangle, diversidad de ascidias típicas, esponjas, algas, cangrejos ermitaños, hostiones de mangle, caimanes, iguanas verdes, osos perezosos y hormigueros, variedades de monos, mariposas, aves y tortugas.

Para quien no vaya preparado adecuadamente, el trayecto por playa desde la bocana de la laguna hasta la Boca del río Sixaola puede ser una experiencia penosa. Con sol o con ventisca y cielo gris, se hace estrictamente necesaria una buena provisión de agua porque el arduo esfuerzo inevitablemente deshidrata. El calzado ha de ser preferentemente cerrado y liviano, pues esas playas solitarias son de arena blanda; las pisadas dibujan fácilmente huellas profundas, pero los pies salen con dificultad. A los pocos metros las piernas comienzan a acusar el esfuerzo y la respiración se hace difícil. “Hay que tomarlo con calma. Guarden fuerzas para el regreso que será más pesado”, advierte don Aquiles. Para completar, el mar de leva reciente ha venido con mucho brío y ha depositado una gran cantidad de troncos que en ocasiones parecen obstáculos insalvables. Una torcedura de tobillo allí sería lamentable. Se habla poco, porque los expedicionarios van concentrados en lo que pisan. Aunque no llueve, el cielo es de un gris amenazante y el mar se muestra embravecido y atronador. Hay que detenerse para tomar aliento y beber agua. Se ven a menudo cadáveres de cosas, latas, objetos plásticos. Uno se pregunta cómo llegan hasta allí, si no hay turistas para esas playas. Como si leyera la mente, don Aquiles manifiesta que esa basura es arrojada por la gente a lo largo del río Sixaola. “El río las lleva al mar; el mar devuelve la cortesía a lo largo de la playa”.

A mitad de la tarde, como un espejismo surrealista en esa soledad, aparecen en la distancia diez o doce vacas. Es de no creerse. De repente se pierden en la espesura, donde termina la arena. En ese momento, también como una aparición, se descubre la estela amarilla del río y se sabe que justo allí es la esquina oriental de Costa Rica.El periodista entierra simbólicamente una vara de madera en la arena, como para izar una bandera. Una impresionante y majestuosa trinidad es lo único que hay allí: el cielo, el río, el mar. También hay una casa escondida; las huellas de las vacas la denuncian. Es la casa de Pancho Rocha, el hombre más orientado de Costa Rica.