Tiene siempre cuchillos ocultos bajo la almohada y también en todas las esquinas posibles de la casa.

Por Jhafis Quintero
Fotografía: Rónald Pérez © 2009


El viejo Tabú es un tipo más o menos normal, un poseso de su propio instinto de conservación que recorre la vida vistiendo dos personalidades al mismo tiempo: una cultivada a través de muchos libros leídos y de tanto escuchar ópera; la otra, la de un ser hiperalterado, beligerante perpetuo, siempre a la defensiva e incapaz de ejercitar todo lo aprendido por el otro. Ambos lados nacieron en la periferia de la vida y desde ahí les ha tocado sobrevivir con pujanza e ingenio.  Cuando no es muchos, Tabú es la clase de persona imposible de olvidar, de los tipos rudos que jamás se exceden en cariño y que, si alguna vez en su vida han tenido pareja, le habrán propinado una que otra caricia indiferente.

Quien alguna vez estuvo en prisión está siempre alerta, por no decir en pánico permanentemente. Como Tabú ha vivido en medio de la violencia extrema, trata infructuosamente de ser violento, sin prisa pero sin pausa. Sin embargo, a pesar del empeño, no se puede ser el supuesto victimario todo el tiempo: hay un momento de vulnerabilidad inaplazable y es cuando Tabú cierra sus ojos y se ausenta del afuera para que, inmediatamente, se le aparezcan todos los demonios hasta entonces ocultos en el reverso de los párpados.

Cada vez que ellos se sientan en un bar lo hacen de espaldas a la pared en una esquina que proteja sus flancos. Mientras caminan por las calles, observan todas las vitrinas y los charcos, si es que ha llovido, buscando reflejos amenazadores. Por las tardes caminan siempre atentos a cualquier sombra que vean por encima de sus hombros.

A fuerza de ser humano, nuestro personaje no puede controlar la necesidad de dormir. En algún momento se ve obligado a cerrar los ojos y es entonces, piensa él, cuando otros depredadores podrían atacarlo, al verlo en ese estado de fragilidad absoluta. Minimizar los momentos de extenuación: la vida entera entregada a ese objetivo. Por eso la intimidad de su dormitorio es un almacén de armas punzocortantes. Su aposento parece  la guarida de un bandido o un héroe épico, que es lo mismo. Tiene siempre cuchillos ocultos bajo la almohada y también en todas las esquinas posibles de la casa.

En algunas de las mañanas que compartió con sus amados, la esposa de Tabú se levantó  con los ojos negros. Parece que Tabú y sus moradores duermen en modalidad defensa automática y, ante cualquier presencia inesperada o a la menor caricia, se ponen en alerta y atacan. Ahora su esposa los despierta siempre amorosamente pero desde la seguridad de un palo de escoba con el que les estimula las costillas para que se levanten a tomar el desayuno.

Por si fuera poco, también es un tipo autodidacta y, como estudia por dos, más todavía. En la literatura no solo ha encontrado refugio para sus demonios, sino también la solución a sus problemas: el efecto de psicosis y paranoia que las leyendas oficiales como “usted está siendo grabado por su seguridad” generan a la gente, le dieron a nuestros amigos la solución de su eterno problema de ojos cerrados. Ellos utilizaron literalmente el poder de la palabra y se tatuaron en los parpados dos poderosos monosílabos: TE VI.