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El hombre fantástico
- Por Víctor Hurtado
- Publicado 12/24/2009
- Profesor Solecismo
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Por Víctor Hurtado |
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Profesor: Me da cólera que haya gente tan ingrata que ha perdido la fe en la ¡Sele, Sele, ra, ra, ra! Esa gente no sabe que lo importante es competir, no ganar; por esto, cuando más compite y menos gana, la Sele es más importante. Las derrotas son pasajeras; además, ¿qué son la derrotas cuando uno ya no se ha habituado a las victorias? Esa gente no entiende la estrategia del futbol: la Sele pierde para que se confíe el adversario. Yo estaré siempre, ¡pero siempre!, con la Sele, incluso cuando gane. Por esto me llaman “el fantástico de la Sele”. ¿Cree usted que yo soy como el auto fantástico, pero en persona? Suyo en las buenas y en las de siempre, Fidelino Irredento. –Increíble Fidelino. Es admirable su fe en la Selección de Futbol: está hecha a prueba de partidos. Créame que su fe es increíble de creer. Unos quieren ver para creer, otros creen sin ver; pero usted les gana a todos porque cree a pesar de lo que ve. Usted es –como si dijéramos– la ingenuidad toda junta, pero alégrese: cuando usted se muera, será uno de los fieles difuntos. Debería usted dedicarse a la ingeniería de caminos: se haría millonario con esa fe que mueve montañas. Como usted bien dice, las derrotas de la Sele son pasajeras, pero lo malo es que esas pasajeras no se bajan de la Sele. No me considere un hombre insensible por burlarme cruelmente de usted. Creo que la Sele tiene un lado estético y que podría jugar en las canchas del arte. ¿Cómo? Por ejemplo, con la trayectoria antivictoriosa de la Sele podría escribirse una de esas novelas existencialistas que colman todas las ansias depresivas. Me refiero a las novelas en las que el héroe es el antihéroe, la trama es la antitrama y la novela es la antinovela. Llevadas al cine, esas novelas terminan siendo películas profundas en las que los personajes no hablan porque, cuando quieren ser sinceros, francamente no hay palabras. En fin, con el derrotismo de la Sele también podría escribirse una de esas piezas experimentales que han llevado al teatro a una situación dramática. Dejemos esas tontas divagaciones; volvamos a usted y sigamos divagando así. Me cuenta que lo han llamado ‘fantástico’ porque nunca pierde la fe en la seguridad del desastre; pero yo sospecho que, por la gritería de su alma, usted no ha oído bien. Le han dicho que usted es un fanático, no un fantástico. Si yo estuviese en su lugar, me preocuparía; pero, como no lo estoy, no me interesa (ser fanático no es malo siempre que el fanático sea otro). Además, incluso podría decirse que el fanatismo tiene una historia muy curiosa. En la antigua Roma, dentro de los templos había una zona reservada, llamada ‘fanus’: el santuario donde se guardaban los objetos del culto religioso. En ella solo podían entrar los sacerdotes. Con el tiempo, la palabra ‘fanus’ sirvió para designar todo el templo, no solo una parte de él. El ‘fanaticus’ era el guardián de un templo: algo así como un sacristán de Júpiter. Cada cuatro años, este dios llegaba de improviso, como candidato por provincias; el guardián le decía: “Yo soy tu fanático”, y Júpiter se iba muy contento, como candidato por provincias. En el imperio romano era muy raro que una persona se aficionase a un solo dios, y a quien lo hacía se lo llamaba también ‘fanaticus’. Con el tiempo, se designó así a los sacerdotes que caían en estados frenéticos, como barras bravas de los dioses. Ahora, el fanatismo equivale a un entusiasmo exagerado, como el suyo con la Sele, la que se parece a los dioses romanos en que tampoco hace milagros. Así como había fanáticos en los templos, había otros que nunca entraban pues no estaban iniciados en los ritos. Quien se quedaba ante (‘pro’) el ‘fanum’ era el ‘profanum’, de donde resultó ‘profano’. El sentido de ‘profanar’ deriva del ingreso indebido de los profanos en los templos, como si un exjugador de la Liga se pusiera una camiseta del Saprissa (siempre que no le paguen por esto). Los siglos cambian significados. Por ejemplos, ‘escrúpulo’ era una piedra aguda; ‘considerar’ equivalía a observar las estrellas (el mundo sideral); ‘insultar’ consistía en saltar sobre alguien; ‘calamidad’ era la rotura precoz de los tallos del trigo (los cálamos); ‘concepto’ era una pinza, y ‘escuela’ significaba ‘tiempo libre’. ¿Se graduó usted en esa escuela? Hoy, fanático es quien no se pierde todos los partidos que pierde la Sele. Hasta en fanatismo vamos empeorando. |
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