Gracias a la chota, los ticos no somos crueles sino hijueputillas, que es una manera de no ser crueles de verdad.
Por nuestra tendencia al choteo, la primera reacción que tenemos ante las cosas es humorística. Y donde hay humor, no todo el cerebrito está perdido.
Aquí si alguien se anda con bombos y platillos, rapidito se lo apean. Bombetas y mozotes en Costa Rica son flor de un día.
La chota es lo único honestamente democrático en este país.
La chota pone las cosas en su sitio. Por eso hace gracia. (Ojo: si no hace gracia, no es chota).
En Costa Rica no pegan los dictadores ni los llamados a sangrientas revoluciones, porque a ningún político megalómano se le toma nunca demasiado en serio, o no por suficiente tiempo.
Los cultos religiosos no alcanzan peligrosos niveles de fanatismo. Proliferan sectas variopintas, pero los miembros de “La Tulipa de Yahvé” no van a llamar a la guerra santa contra los de “Los Santos del Día Después”. A lo sumo les lanzarán un reto de fut.
Los predicadores, profetas, pastores y demás custodios de la moral tienen contados sus minutos con Dios: siempre pende sobre sus cabezas el machete de Damocles.
La publicidad lo tiene crudo. Nadie se tomará en serio una frase publicitaria del Día de las Madres que diga: “Mamá merece la baba de molusco gasterópodo original”.
La chota obliga a tener una visión humorística de uno mismo. Toda buena chota empieza por casa.
Chotearnos es nuestra única manera de decir las cosas de frente, o de medio ladillo, pero de decirlas al fin. La chota es una válvula de escape.
El espíritu choteador relaja, desmitifica, saca la risa, y así mantiene al tico alejado del sentido trágico de la vida.
En la cama, favorece un sexo lúdico-festivo. En nuestro país, en esta época de crisis y crispación, la mejor salida es el sexo juguetón.