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EL PUEBLO QUE SOBREVIVIÓ A UNA MASACRE AMENIZADA CON GAITAS
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Por Alberto Salcedo Ramos
Publicado el 11/19/2009
 
En El Salado, durante tres días de febrero de 2000, los paramilitares se dedicaron a arrancar orejas con cuchillos, a ahorcar a las mujeres, a matar con martillos, disparos, puñales, y a degollar a sus víctimas a ritmo de gaitas y tambores. Alberto Salcedo Ramos, nueve años después, visitó este pueblo, “el pueblo de la masacre”.

Edición 36

                 

     

En El Salado, durante tres días de febrero de 2000, los paramilitares se  dedicaron a arrancar orejas con cuchillos, a ahorcar a las mujeres, a matar con  martillos, disparos, puñales, y a degollar a sus víctimas a ritmo de gaitas y  tambores. Alberto Salcedo Ramos, nueve años después, visitó este pueblo, “el  pueblo de la masacre”.

 

Por Alberto Salcedo Ramos
Fotografía: Alejandra vega

Sucede que los asesinos —advierto de pronto, mientras camino frente al  árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas— nos

enseñan a punta de plomo el  país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo.  Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre  ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de  Bolívar, en la Costa   Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los  habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen  una tragedia. Mueren, luego existen.  


José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha  pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del  sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje  permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este  punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los  paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le  arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la  cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de  fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los  tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los  alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros  lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es  posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de  febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados  allí por orden de los verdugos.

ÉDITA GARRIDO es una de las pocas personas de El Salado que presenciaron la masacre. Recuerda lo que gritaban los paras: “Somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda”.


—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras  señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia,  a unos 20 metros de distancia.


Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado  esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también  sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un  poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo  de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de  los bárbaros:


—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a  acabar con este pueblo de mierda!


—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!


En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron  como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a  sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado  el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales.  Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los  lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después  de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo  desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante  guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación,  en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas  que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de  extenderlas al sol. “¿A quién le toca el turno?”, preguntó en tono burlón uno  de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que  manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra.  Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a  jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos  de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo  estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro  Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro  vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo  del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore  será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y  prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. “Díganme  cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí”, repetía,  mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine.  Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de  la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos  tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no  quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un  juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes  en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el  número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a  Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad,  convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa  sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de  un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta  de picotazos, estalló una tremenda ovación.


HUGO MONTES, un campesino de hacha y machete, como él mismo se define, muestra una estaca para ensartar hojas de tabaco. Los paramilitares les introdujeron puyas de este tipo en la vagina a varias de las mujeres del pueblo.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era  apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los  familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso  archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300  hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia  (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de  febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a  asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los  mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que  alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo.  El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían  cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra  varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una  cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus  moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si  no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se  quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon  otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de  febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en  busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo  que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían  construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de  matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera  pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a  los cadáveres, corrompidos ya por el sol.


—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos  cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.


Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón  cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame,  seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un  centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El  terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos,  pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos  conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que  separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos,  digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en  la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar  afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y  la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es “el pueblo de la masacre”, así como  San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad  el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las  personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se  levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de  la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El  Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al  forastero dónde se encuentra, el mojón que demarca el territorio del pueblo.  Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites  geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al  distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy  consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no  podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce  a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. 

Mayolis Mena Palencia, una muchacha de 23 años, tuvo un aborto debido a que se resbaló en el patio pantanoso de su casa.

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una  hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida  Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un  hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez  cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su  parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un  cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton  Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo  Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo  del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo  oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las  ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier  visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente  vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin  embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que,  después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más  de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por  tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.


Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su  tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera  que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo  sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo  larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran.  Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que  permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante  mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se  aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de  cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música  equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier  actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los  patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo  social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar  el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros,  símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así  que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza.  Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que  anunciaban un sol resplandeciente.


En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo  encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando  ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El  Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de  las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su  tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se  hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los  paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde  quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar  al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en  una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las  cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por  allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos  era desesperante.


—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos. 


Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no  fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el  suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.


María Magdalena Padilla, más conocida como “la Seño Mayito”, se dio a conocer gracias a que, cuando tenía 13 años, les dictaba clases a los niños menores que ella.  Recibió el Premio Portafolio Empresarial pero vive en el olvido, ni siquiera ha podido estudiar una carrera profesional.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues  temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables.  Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan  grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían  con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera  necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos  vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores  les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la  maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner  en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio,  el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el  canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores  furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del  compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las Farc (Fuerzas  Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores  clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los  masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los  guerrilleros! 


Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los  problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer  geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada  durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de  la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran  lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo.  Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le  cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro  de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la  población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación  primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que  les heredó a sus antepasados indígenas.

 

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una  pregunta:


—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?


—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los  platos rotos.


Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De  pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad  —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de  romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al  principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante  desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez,  venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque  ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la  opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la  cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña  escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con  sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo,  ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre  levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro  viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños  irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes  empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico,  la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo  vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los  habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa  que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban, tenía otros dueños.  Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote  dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

José Manuel Montes, sembrador de tabaco, al igual que buena parte de la población


El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota  enardecida contra el suelo arenoso.

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en  una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El  Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo  Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes.  En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la  tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las  algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema  mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los  estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para  El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la  pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian  a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.


Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora  hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo

el retorno de los  habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera  página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a  su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el  tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era  la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena  también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y  así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el  divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una  periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente,  le estampilló a la protagonista el mote de “Seño Mayito”, dizque porque María  Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los  colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron  en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por  los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio  Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación  paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron  su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque,  después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde  la infancia. “No tenemos dinero”, dice con resignación. Lejos de los  reflectores y las

un monumento en homenaje a las víctimas de la masacre

cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la  saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la  muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para  sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la  gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para  después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María  Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque  necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

 

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La  vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está  sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo  aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó  de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el  vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los  tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la  miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo,  procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las  calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en  las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un  par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre  gente.