Por Ernesto Rivera
Fotografía: Jorge Navarro ©  2009

Buscando una ruta @que me llevase hasta las secretas profundidades del  más allá, acabé en uno de los más terrenales arrabales del más acá. Un aviso en  el periódico y una breve llamada telefónica me llevaron hasta El Profesor en  una de esas tardes en las que el trópico húmedo se levanta de la siesta  decidido a justificar su nombre y desata esa clase de tormentas que se ríen de  los paraguas y humillan a los impermeables. 

El consultorio (así lo calificó su asistente) del profesor quedaba en  una de esas lúgubres calles que se escurren por el sur de San José, en un  edificio pintado de verde, con una puerta estrecha tapizada de rejas.

Lo que a simple vista a mí me pareció una oficinita común y corriente,  era en realidad  un genuino templo  ocultista. Así me lo explicó el mismísimo profesor minutos después, cuando me  ilustró sobre las infinitas posibilidades de que yo, con su valiosa ayuda (y  cuando digo valiosa ya verán que no exagero), pudiera confraternizar de tú a tú  con un ciudadano del más allá.
 
El templo era una habitación de tres por tres, con las paredes cubiertas  de grandes pañuelos, crucifijos, imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen Desatanudos,  una mesa con una pirámide y una tele sintonizada en el canal de dibujos  animados.

La asistente del profesor, una mujer que hablaba en voz muy baja,  vestía  jeans y tenía un pañuelo amarrado  a la cabeza (un look que perfectamente le hubiera servido también para atender  una soda), me indicó que antes de acceder a la entrevista necesitaba que le  diera mi nombre y apellido, mi teléfono, el barrio en donde vivía y –por  supuesto–  que abonara cinco mil colones  por la consulta.

El profesor llegó diez minutos después, estilando agua de pies a cabeza,  porque como dije, esa tarde llovía. Digo, llovía de arriba para abajo como  todos los días pero, además, como el trópico estaba empeñado en recuperar su  título de húmedo, también llovía de abajo para arriba y desde los lados, por el  frente y por la retaguardia.

Así que, mi primera lección sobre los poderes de quien prometía llevarme  hasta los confines del más allá fue que, ser un maestro de las ciencias ocultas  no te salvará nunca de pescar una pulmonía.

El profesor resultó muy diferente a lo que yo esperaba de un médium:  jeans gastados, camiseta negra, las manos y los brazos tatuados, tres aretes en  la oreja derecha, piercing de acero en una ceja, barba de chivo y, por  supuesto, el infaltable pañuelo negro ciñéndole la cabeza.

“¿Usted me puede llevar hasta el más allá?”, pregunté sin mayores  rodeos. “Sí” –me contestó el profesor–   “pero primero me tienes que decir porqué razón quieres ir hasta la  tierra de los muertos y a quién quieres ver allá.  Tengo que advertirte que se trata de una  experiencia tan agradable como cara y peligrosa”, remató enigmáticamente.

“Pero, ¿usted está seguro que puede lograr que yo haga contacto con los  muertos? ¿Alguna vez lo ha hecho antes?” “Sí,completamente seguro. Ya lo he  hecho antes”, me respondió. “¿A quién quieres ver y por qué?”

“Quiero hablar con don Pepe Figueres”, le dije muy fresco.

“¿Y por qué con él, es pariente tuyo? ¿Lo conociste en vida?” 
“No, no lo conocí, pero me gustaría saber qué opina de estos días en los  que hay tantos pegabanderas con aires de estadista”.

“Tienes que saber que si no conociste en vida a la persona a la que  quieres encontrar en el más allá, el trabajo es más arduo y más caro, porque  debo preparar un camino y convencer a esa alma para que te acepte”, me  dijo. 

“Me gustaría hablar con don Pepe”, insistí.
“Esta bien, puedo hacerlo pero es un trabajo muy difícil”, me replicó.  “Ese encuentro llevaría un gasto de energía muy grande y yo debería prepararte  muy bien, porque el encuentro con un alma puede ser algo peligroso. Hay gente  que al regresar se vuelve loca.  Tengo  que ser muy cuidadoso…, algo así te costaría unos ¢500 mil”.

Debo confesar que la cifra me dejó helado. ¡Quinientos mil colones! “Eso  es mucha plata, está fuera de mi presupuesto”, dije mientras pensaba en la cara  que pondría mi editora si le llegaba con una factura de medio millón de pesos  por una charla de diez minutos con el alma de don Pepe.

“Es mucho dinero pero también es mucho trabajo”, me replicó. “Sería  más barato si buscaras un encuentro con  alguien que conociste y te quiso”. 

Inmediatamente pensé en Gustavo, mi hermano mayor, que falleció hace  años y fue un escéptico incurable durante toda su vida. No pude reprimir una  sonrisa con solo pensar en su cara al verme aparecer por el más allá en plan  vayámonos de copas por todos los bares del limbo.

“¿Y si la conexión la hacemos con mi hermano?”.

“Eso es más sencillo”, me dijo, porque existe una fuerte conexión entre ustedes.  Eso te costaría unos ¢400 mil. 

A mí los precios de la telefonía divina me tenían en shock y lo único  que atiné a decir fue: “¿no hay una forma más económica de conocer el más  allá?”.

“Por ¢200 mil te puedo llevar hasta los umbrales del más allá, no  podrías hablar con nadie pero lo verías y volverías con la experiencia nítida  de haber estado ahí…”. “Profesor –dije interrumpiéndolo– sigue siendo mucho  dinero, quiero hacer la experiencia pero esas cifras están fuera de mi  presupuesto…”.
“Tienes que entender que se trata de algo muy delicado –me persuadió él–  es una experiencia única y extraordinaria, pero a la vez peligrosísima. Debes  tener un guía con experiencia. En ese lugar se pierde la noción del tiempo y  sin la preparación adecuada tu alma podría quedar atrapada en la tierra de los  muertos. Yo soy un brujo, sé tratar con los muertos,  mi trabajo es colocar la carga de esas almas  para que ayuden a mis pacientes, dime, ¿cuál es tu presupuesto?”.

“Cincuenta mil –dije– eso es lo máximo que puedo pagar”. “Está bien –me  contestó– por ese dinero puedo prepararte para que conozcas el más allá a  través de Morpheo, el Dios de los Sueños. Yo te abriré un camino y alinearé la  energía de tus chacras para que puedas llegar”.

“Solo que, además de los cincuenta mil, necesito otros diez mil para  iluminar tu nombre y tu fecha de nacimiento. Los diez mil los necesito ahora y  los cincuenta mil mañana a más tardar. La preparación para tu encuentro con el  Dios de los Sueños será el próximo viernes”. 
 
Ese primer encuentro con el profesor me dejó con la certeza de que urge  regular las tarifas con el más allá y con la incertidumbre de si, en esa tarde  de lluvia,  me habrían visto la cara de  tonto.

El hada de los sueños
Mi segundo encuentro con el profesor fue en otro templo, una mañana de  viernes. Llegué con la expectativa de saber si realmente sería instruido en las  artes de Morpheo o si el hombre a quien hace una semana le había entregado ¢65  mil, estaría brindado por mi ingenuidad desde algún hotel de playa.

Contra mis peores pronósticos, ataviado con su clásico pañuelo negro en  la cabeza y puntual, como cólico de inglés, el profesor me recibió a la hora  convenida. El templo era pequeño y estaba decorado con pañuelos, un altar con  crucifijos, una virgen, un rosario cuatro velas rojas, un manojo de inciensos  encendidos y mi Hada de los Sueños.

El profesor me dijo que, para mi viaje al más allá, tenía que aprenderme  una rutina y que debía ejercitarla todas las noches antes de dormir. “Lo  primero que tienes que tomar es una cucharada de esta miel que preparé  especialmente para ti”, dijo.

La idea de tragarme un menjunge elaborado con vaya a saber uno qué  porquerías, me sobresaltó. “¿Qué ingredientes tiene esta miel? ¿qué le puso?”,  pregunté pensando en que podía terminar la mañana en el más allá pero, a causa  de la ingesta de algún alucinógeno o psicotrópico incorporado en el brebaje.

El hada de los sueños que debía ayudarme en el más allá, resultó ser  made in China. Venía acompñada de una etiqueta en la que el importador advierte  que está fabricada con materiales que pueden producir cáncer y otras  malformaciones.


“Nada, no tiene ningún químico ni agregado”, me aseguró. “Solo que esta  miel ha sido cargada de oraciones para llamar al Dios de los Sueños.  Los sacerdotes usan agua bendita, los brujos  usamos miel”.

Después de tragarme, a regañadientes, una cucharada de “Econo-Miel”  cruzando los dedos para que no tuviera nada más que oraciones y yo no terminara  el día internado en un psiquiátrico con la mirada igualita a Marilin Manson,  comencé la rutina de que me alinearan los chacras que, de acuerdo con lo que  había leído en internet, son los siete centros por donde fluye la energía  espiritual del cuerpo.

Entonces el profesor me indicó que debía leer dos oraciones a la Santa Cruz y rezar un  Padrenuestro. “Pero antes –me advirtió–   debes saber que al rezar las oraciones estás pidiendo que se te anuncie  la muerte…,  quiero decir que con este  ruego lograrás que, tres días antes del día de tu muerte, ésta te sea  anunciada”.

Después del rezo encendí las velas, cada una con el fuego de un fósforo  diferente a la anterior, mientras le pedía a mi Hada de los Sueños, que me  ayudara a viajar al más allá y a recordarlo.
El Hada de los Sueños era una muñequita de carton-piedra, repleta de  brillantina y plumas, que el brujo había colocado en el altar antes de que yo  encendiera las velas. 

“Cada noche, antes de dormir, debes prender incienso de maderas, tomar  la miel que te preparé y rezarle las oraciones al Hada y al Dios Morpheo.  En un período de entre 10 a 21 días, vas a viajar  hasta el más allá en tus sueños y al regresar lo recordarás. Luego debes  llamarme para que cierre el camino que abrí esta semana, porque si se deja  abierto corres el peligro de perderte una noche y no regresar”.

Antes de abandonar el templo, el profesor me contó que provenía de un  linaje de brujos, que su abuelo y su padre lo eran y que su madre era una  gitana dotada con el don de la clarividencia. Y ahora –remató henchido de  orgullo– mi esposa está embarazada de un varón y voy a engendrar a mi primer  brujo.
 
Ya pasaron algunas noches desde entonces y yo todavía no conseguí mi  visa para la tierra de los muertos; la miel   se me acabó y al revisar mi Hada de los Sueños descubrí que es made in  China y que, además, tiene pegada una advertencia indicando que fue fabricada  con un material que en el Estado de California se considera cancerígeno.