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7. Me subo@ por el lado izquierdo, el de la calle, apurado por el chofer que teme por la integridad física de su puerta. El taxista tratade acelerar la situación sacando y agitando su brazo izquierdo, adelgazado –solo visualmente– por la licra negra que le cubre –solo en la zurda– el tramo que va desde donde termina la manga corta, hasta donde inicia la muñeca.
Entro, paraguas por delante, con una porción gigante de pizza en una bolsa de plástico que le queda pequeña. Cierro de un portazo. “La soldaste, pa”, dice. Acto seguido me tira un trapo roñoso, “para que no me manche los asientos, un día de estos me comí una pata de pollo y viera cómo dejé –y señala con la cabeza lo que quiero creer es el espacio de asiento entre sus piernas– esta carajada”. “¿Qué –sigue–, trabaja en la Corte?”. “No, barón –devuelvo con spin y rima la cortesía–, vengo de hacerme una regresión”.
6. La peatonal que va del Museo Nacional a la Corte, o viceversa, es una peatonal distinta, para decirlo con discreción. El tránsito de gente se reduce casi en su totalidad al conglomerado de empleados públicos (y a esos satélites que siempre orbitan a su alrededor: los abogados y notarios). En la ventana de una soda de este bulevar, abriéndome campo entre Administrativos A y Administrativos B, entre Auxiliares 1 y Auxiliares 3, pido una porción de pizza para llevar. Después de una sesión que duró dos horas en total, salí del consultorio con hambre.
5. Conversando mientras bajamos las gradas, buscando la salida, Walter nos cuenta que su trabajo es la terapia psicológica principalmente, aunque también realiza psicodiagnósticos (subrayó que de diversos tipos salvo, por principios, el requerido para portación de armas).
Minutos antes, todavía en el consultorio, repasábamos los eventos de la regresión (es después de “despertar” otra vez que se habla de lo que uno experimentó en el transe; mejor dicho, no se habla durante la hipnosis, o el intento de hipnosis). Walter me preguntaba qué había visto o sentido en cada etapa de –lo llamaré así– el recorrido que seguimos. Horizontal sobre el diván, fui respondiendo a la vez que trataba de explicarme y racionalizar lo que había experimentado. “Es normal que tratés de racionalizar lo que pasó –me dice–, es la primera reacción de mucha gente”. Mi turno, “no podría ser de otra manera en mi caso, es más, te diría que ya estoy dudando de cuánto de esto es fabricación de la mente, cuánto de esos recuerdos es real y cuánto es un añadido del momento, una construcción”. Walter –que se mueve lentamente por el consultorio, como deslizándose, sorteando una silla, rodeando a Ronald, deteniéndose debajo del fluorescente–, sonríe. Cartesianos cuadrados como yo debe de haber atendido decenas. Pero no me quedo atrás y también sonrío, porque todavía nadie me ha demostrado con contundencia que me equivoco. “Ahora –sigo–, donde no me cabe duda de que se trata de una construcción a partir de referencias que uno tiene ya incorporadas del cine, la tele o la literatura, es la parte donde fuimos a la supuesta vida pasada”. Walter –inmóvil debajo del fluorescente, bordeado por el resplandor de la luz que tapa con su cuerpo, manos entrelazadas a la espalda– sonríe otra vez.
4. A los hechos. Qué vi y qué no. Sí: logré concentrarme, después de unos primeros minutos de distracción por otros ruidos, en el recorrido guiado por Walter. No: nunca entré a otro estado de conciencia, no entré en hipnosis; fue, si se quiere, una vigilia relajada. Sí: vi con gran nitidez momentos de mi pasado, con alto grado de detalle en los colores, las texturas, incluso, en un pasaje, los olores. No: cuando la regresión llegó al punto de “entrar en el vientre materno” no vi nada, no sentí nada (porque, esto lo creo firmemente: no hay nada). Sí: logré fabricar imágenes de una supuesta vida pasada. Vi una persona reflejada en la vitrina de la tienda en la que trabajaba. Era –se suponía– yo. Eran los años veinte o treinta. No me cabe duda de que, repito, lo fabriqué, siguiendo las instrucciones de Walter. Antes de buscarle una explicación de segunda, recurro a un dicho callejero que calza perfecto: mucha tele.
3. Una vez terminada la etapa previa en la que recogió algunos datos de mi vida para tener puntos de asidero en la regresión, vamos a lo que vinimos. Paso al diván y me horizontalizo. El máster Walter Vargas apaga la luz, le despeja un lugar al fotógrafo, enciende su grabador de mano y empieza a dirigir la regresión. Como primer paso y con gran habilidad expresiva –el manejo del lenguaje es cardinal, había señalado antes–, crea un ambiente de relajación, modula la voz y la velocidad y en pocos minutos yo –tendido y con ojos cerrados– siento algo como una atmósfera ralentizada. Voy comprendiendo que su papel es el de guiar, por medio de imágenes –reitero, muy bien creadas e hilvanadas por Walter– al paciente a un estado de relajación y, en el mejor de los casos –que no sucedió en mi experiencia–, a un estado alterado de conciencia, al estado alfa, al trance, a la hipnosis.
Hemos alcanzado la relajación. Walter me va llevando paulatinamente en sentido contrario a las manecillas del reloj, sin apresurarse, deteniéndose en las palabras, haciendo pausas al hablar, como si fuera pesando el tiempo en pequeñas básculas. Nombra momentos específicos y me pide mirar alrededor. Ejemplo: “Estás en la universidad, es 1989, ves hacia abajo, ves tu brazo, está enyesado, ¿qué sentís? ---- Vas un poco más atrás, te están enyesando el brazo izquierdo, ¿dónde estás? ¿a qué huele? ¿qué ves? ¿quién te acompaña?” Así con varios momentos de la vida. Universidad, colegio, infancia. Todo con pausas extensas. Si al principio, cuando apenas empezaba la etapa de relajación podía escuchar los ruidos de la oficina contigua, las risas de las mujeres que almorzaban, el chin-chin de vasos y tenedores, la estática ahogada de una radio, llevo ya buen rato de estar totalmente concentrado sólo en las palabras de Walter Vargas Valverde.
Llegamos entonces al punto de la regresión donde entramos al vientre materno y de allí saltamos a una “vida pasada”. Después de eso, el sentido del recorrido es el contrario, esta vez siguiendo el movimiento natural de las mancillas del reloj. Poco a poco, regresamos al punto de partida, haciendo pausas otra vez, como hacen los buzos cuando suben desde lo profundo del mar.
2. Dice la hoja de vida que el terapeuta me entrega: Walter Vargas Valverde, hijo de un oficial de la Fuerza Pública y de una ama de casa, es el mayor de dos hermanos. Estudió en la Universidad de Costa Rica, donde obtuvo una maestría en Investigación de Abordajes Psicoterapéuticos. Es discípulo del recientemente fallecido Dr. Mario Alvarenga. Recibió entrenamiento con la Dra. Jean Holroyd (UCLA) y con el Dr. Russel (Malcolm College). Trabajó en la Unidad de Quemados del Hospital Nacional de Niños.
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Horizontalizarse en el diván es el paso previo e indispensable para alcanzar el estado hipnótico. |
Lidiando con el dolor de los niños quemados fue desarrollando la convicción de que podía sostener y guiar a los pacientes a través de caminos imaginarios para aliviarles el dolor. Con el tiempo fue perfeccionando la práctica mediante la cual comenzó a encaminar a los pacientes hacia el trance hipnótico para tratar a víctimas de cáncer, amputaciones, quebraduras.
Actualmente se desempeña como investigador y psicólogo independiente. Ha venido trabajando desde entonces con pacientes que tiene problemas para hablar en público, estrés cotidiano, estrés laboral, depresión ansiosa y estrés postraumático.
1. En SoHo me ponen a prueba. De cada tres temas que me asignan, quiero rechazar cinco. Pero de algo hay que vivir. Suena el teléfono, es el enemigo: “especial esotérico, te toca un regresión”. A mí, que bien me conocen ellos, ateo beligerante, cartesiano dogmático, escéptico intolerante. A mí que a todo lo que carezca de verificación científica le pongo la etiqueta fosforescente de charlatanería. Que a la primera mención de Dios o de cualquier ente etéreo o energía sobrenatural o poderes de las piedras o sanación por inciensos dejo hablando solo al interlocutor. “Tenemos el teléfono, se llama Walter Vargas Valverde, 2255 1679 ó 8829 9117. Buena suerte, que Dios te acompañe”.
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