Por María Montero

El 16 de julio de 1950, todo el pueblo brasileño cometió un gran pecado:  el de la soberbia. Ese domingo, los principales periódicos publicaron en  primera plana y con enormes titulares: “Brasil campeón del mundo”, cuando el  juego final frente a Uruguay aún no se había disputado.


Los jugadores y nuestro entrenador, Flavio Costa, fuimos los principales  responsables del fracaso por dejarnos contagiar del ambiente de euforia que se  respiraba en cada rincón del país, en lugar de estudiar los defectos y virtudes  del rival que enfrentaríamos.


En los días previos, cada jugador de Brasil recibió un trato de  estrella. El público gritaba nuestros nombres, las muchachas nos buscaban día y  noche, y los políticos visitaban la concentración para utilizarnos. El año  siguiente era de elecciones nacionales, por lo que el presidente Eurico Dutra y  su principal opositor, Getulio Vargas, se fotografiaron con el equipo,  sonrientes y confiados.
Todo nos favorecía: más de 200.000 hinchas colmando el Maracaná y un  rival como Uruguay que no representaba una gran amenaza para nuestras  ambiciones.


Después de humillar a Suecia (7-1) y a España (6-1) en la fase final,  cada brasileño estaba convencido de que ese domingo sería histórico. Y lo fue,  aunque no por el motivo esperado.


La primera parte culminó 0   a 0 y en el campo de juego se percibía la impaciencia de  los fanáticos. A los dos minutos del complemento, Friaça tranquilizó a todos  anotando el gol con un remate de derecha. El Maracaná se transformó en una  hoguera de gritos y festejos. La sensación del “ya ganamos” era evidente.  Durante 20 minutos tuvimos varias posibilidades de aumentar el marcador hasta que,  en una jugada aislada, Alcides Ghiggia, un delantero rápido y habilidoso,  desbordó al marcador Bigode por la derecha. Mi posición era zaguero central y  en ese momento hice lo que correspondía: correr hacia Ghiggia para evitar que  marcara el gol. Él resolvió la jugada enviando un centro a Schiaffino, que  derrotó a Barbosa con un remate alto.


Aunque el empate alcanzaba para levantar la copa, aún hoy, 59 años  después, no puedo explicar qué ocurrió en ese instante clave del juego. La  hinchada enmudeció por completo, el estadio parecía un cementerio y los  jugadores brasileños nos llenamos de nervios e inseguridad. Uruguay aprovechó  para golpear duro con otra jugada de Ghiggia, quién esquivó una vez más a  Bigode y disparó bajo y esquineado. El balón ingresó entre el palo izquierdo de  Barbosa y sus manos. Fue un gol que levantó una gran polémica en Brasil. Mi  compañero Bigode, años más tarde en una entrevista, dijo que yo había sido  culpable por no haberlo ayudado a controlar a Ghiggia en esa jugada. ¡Absurdo,  esa era su responsabilidad!


Pero Barbosa cargó con la cruz más pesada. El sujeto fue enterrado vivo  por la prensa y nunca se pudo recuperar del error que cometió.


Cuando el juego acabó, la decepción fue total. Nadie podía creer que  Brasil hubiera perdido esa final. Cuando tomé un taxi para llegar a mi casa, me  impactó muchísimo ver Río de Janeiro convertida en una ciudad abandonada,  triste. Durante los días siguientes, se produjeron varios suicidios en  distintas partes de Brasil. La prensa no tuvo piedad con nosotros y pasamos a  la historia como unos perdedores.


Desde mi retiro, en 1959, la vida ha sido muy difícil, ya que nunca fui  un hombre previsor. El dinero que me dio el fútbol se fue en vicios,  extravagancias y, especialmente, matrimonios. Hoy, a los 85 años, sobrevivo  solo, en una precaria habitación al fondo de la casa de mi amigo Aldo Motta, en  Salvador de Bahía. Sufro de artrosis en las piernas y paso el día postrado en  una cama, alimentándome gracias a la caridad de los vecinos. Hace un par de años,  un periodista de la red Globo me entrevistó y muchos brasileños conocieron mi  realidad y enviaron ayuda económica. Así pude comprar un televisor y ya no  depender solo de mi antiguo radio. También logré solucionar, en parte, un gran  problema: cada vez que llovía, mi habitación se inundaba por los agujeros que  tenía el techo de zinc. Ahora, al menos, puedo descansar más tranquilo.


Pero lo más reconfortante es que he dejado de ser un hombre anónimo y  perdedor para recibir el reconocimiento que tanto había esperado: el de ser  parte del equipo que consiguió el primer gran resultado de Brasil en una copa  del mundo.