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El año pasado, cuando el doctor me dijo que tenía cáncer y que debían realizarme una mastectomía radical (o sea, en español, cortarme una teta), y que además, tenía que recibir tratamientos de quimioterapia y radioterapia, pensé: ¿Será que este es el último capítulo de mi vida?
Con la mente más fría, pude caer en razón y me dije: “Diay ni modo. La teta o la vida”; y en efecto así fue, porque al quitármela aumenté mis probabilidades de supervivencia.
La noticia del doctor llegó como un asalto. En ese momento una solo piensa en su vida y quiere entregar hasta lo que no tiene para que ese ladrón inesperado desaparezca de la vista, despoje de lo que se tenga que llevar y permita continuar el camino.
A los ojos del mundo, la mutilación se convierte en un fuerte choque visual. Evidentemente, para mí también lo fue; pero en mí caso, la operación solo fue el punto de partida de un proceso sumamente duro que se convirtió después en un reto mucho más grande que el verte y asimilarte dispar, esto a pesar de que a mí siempre me ha gustado la simetría, especialmente en las blusas. ¿A quién no?
Definitivamente, el cáncer de mama fue un choque directo contra todo tipo de miedos; el miedo a la muerte, al dolor y al cambio, yo diría que en ese orden, de modo tal que el hecho de que me quitaran “una” nunca representó mi mayor temor: renunciar a mi teta era solo una pequeña lucha de la gran batalla que se avecinaba.
En enero de este año, tuve mi primera sesión de quimioterapia. Es aterrador estar en el hospital, entrar a esa sala llena de gente en las mismas condiciones, todas víctimas de las circunstancias y de la genética. Febrero fue un mes más difícil todavía, pues mi padre falleció y quedé destrozada. Lo cierto es que debemos entender que la vida continúa con los que estamos aquí, aunque no sepamos por cuánto tiempo... y toca salir adelante.
En mi familia y amigos encontré palabras de aliento, de coraje, valentía y muchísimo apoyo. Con la ayuda de ellos me di cuenta de que el cáncer no es sinónimo de muerte y de que todo es cuestión de actitud. Ciertamente, es un proceso duro: entre las nauseas, el vómito, la descalcificación y la caída del pelo uno no puede dejar de pensar que es un paso necesario para estar mejor.
Hace algunas semanas terminé la radioterapia, que es la segunda parte del tratamiento. Quedé un poco chamuscada, pero aparte de eso estoy súper bien. Estar enferma me enseñó lo afortunada que fui cuando estuve sana, así que a partir de la enfermedad me propuse vivir día a día. Todavía quedan muchas preguntas sin responder en el camino, pero no me voy a obsesionar, voy a disfrutar de todo lo que venga.
Por ahora tengo una teta “quita y pone” que si me da calor me la quito y listo. En un par de años me conseguiré una teta de plástico antigravitatoria… eso no suena mal… tal vez me haga las dos, ¡pa´ que combinen!
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