Por Josefina Licitra

Perdí la virginidad dos veces y la primera fue con un idiota. Yo tenía  17 años y él 24. Yo vivía sola y él con su mamá. Una noche, a horas nomás de  haber empezado a salir  (nos habíamos  besado por primera vez en la mañana, luego de salir de trabajar), a ¿Leonardo?  —no estoy tan segura de que se llamara Leonardo— le dieron ganas de seguir  socializando.


—¿Me invitás a tomar un té en tu casa? —preguntó por teléfono.


Yo le dije que sí y —qué ingenuidad— lo esperé con el té listo (aunque  también me había bañado y me había puesto ropa interior de color blanco). Apenas  llegó, ¿Leonardo? se sentó sobre mi cama —que también era el sofá—, bebió un  sorbo de té como una concesión a las buenas costumbres y acto seguido, empezó a  besarme y manosearme como si mi cuerpo estuviera escrito en braille. Mientras  me tocaba los pezones, mientras me abría los muslos y metía sus dedos con la  tirante desesperación del que tiene que encender la antorcha olímpica, mientras  bajaba mi cabeza a su entrepierna y me invitaba a chupar con el carisma de un  instructor de aeróbicos, yo solo atiné a especular:


—Hoy es el día.


No pidan relatos sensoriales del estilo “me tocó y vi las estrellas”,  porque lo único que suele pensar una mujer cuando debuta sexualmente es “hoy es  el día”, “ay” o “qué asco”. Ese tipo de ideas me ocupaban cuando me recosté sobre  la cama y sentí el peso del chico sobre mí. De fondo, sonaba un disco de Joan  Manuel Serrat y giré el cuello, vi el reloj, leí que eran las 2:50 a.m. —la  misma hora de mi nacimiento— y volví a decirme:


—Mediterráneo, Joan Manuel Serrat, 2:50: el momento en el que pierdo mi  virginidad.


El problema es que yo estaba tan preocupada documentando el evento, que  no me di cuenta de que ¿Leonardo?, desde hacía varios minutos, estaba  intentando meterse en mí sin éxito. Hasta que luego de varias embestidas torpes,  de una larga serie de topetazos que me recordaban tanto a los carneros  resignados del zoológico, él dio su diagnóstico:


—Es que tu agujero es demasiado pequeño.


Y acá es cuando empiezo a referirme a ¿Leonardo? como “idiota”. Porque  en lugar de revisar su falta de erección, ese idiota prefirió escrutar  meticulosamente mi entrepierna: una coartada de tipo ginecológico que a él lo  habrá dejado en paz, pero que a mí me sumió en un raro estado de bronca,  humillación y —sobre todo— desconcierto: ¿había perdido la virginidad? Ya no se  trataba de contarlo a mis amigas: ¿podía contármelo a mí misma?


La respuesta llegó dos meses más tarde, cuando terminé mi relación con  ¿Leonardo? —la falta de sexo y el exceso de masturbación nos había puesto de  muy mal humor— y empecé a salir con un tal Alejandro: un hombre guapo, guapo,  guapo, que durante una noche larga —muy larga—, me llevó al coito como si  estuviera sacándome a bailar.


Mi preocupación, esa vez, no fue la hora, la fecha o el soundtrack del  momento, sino saber disimular. Yo le había dicho a Alejandro —me había dicho a  mí misma— que ya no era virgen. Así que en el momento exacto en que se rompió  el himen —puedo recordar la tirantez, el dolor, el golpe delicado y seco de un  velo que se raja— yo sonreí.

 

Sonreí por estrategia, pero también por  sorpresa, por alivio, por certeza. Por algo parecido —pero no igual— a la  felicidad.