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Cómo es perder La MADRE
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Por Alvaro Murillo
Publicado el 11/19/2009
 
Mi mamá lleva 27 años haciendo la siesta. Se quitó las sandalias de hule, se acomodó el vestido de flores y se acostó no más terminar el almuerzo. Los bingos nocturnos de la Cruz Roja empeoran el sueño después de comer.

Edición 36

                 
     

Por Álvaro Murillo

Mi mamá lleva  27 años haciendo la  siesta. Se quitó las sandalias de hule, se acomodó el vestido de flores y se  acostó no más terminar el almuerzo. Los bingos nocturnos de la Cruz Roja empeoran el  sueño después de comer.


Murió dormida por culpa de una broncoaspiración. Mi hermana y yo  quisimos despertarla golpeando las puertas del armario, pero la muerte ya había  decidido apoderarse de aquella tarde del 26 de octubre de 1982.


Mi hermana tenía cuatro años;  yo,  tres. Ella se cansó de insistir y salió del cuarto. Yo también me cansé, pero  preferí aprovecharme y dormir la siesta con ella. Mi papá llegó por la noche,  recibió las quejas de mi hermana hambrienta y corrió a abrir la puerta. Yo sí  me desperté.


Recuerdo las luces de las ambulancias y me parece haber mascullado un  razonamiento tan ilógico como el siguiente: mi mamá murió; la muerte es no ver  a alguien nunca más, pero a mi mamá la veré mañana. Muchos años después, supe  que a eso se le llama aporía o “jalisco”.


No fui al funeral. Es decir, no me llevaron. No recuerdo haberme despedido.  La última imagen que logro proyectar es la de mi mamá haciendo la siesta. Tengo  incluso a mano la escena de su hijo durmiendo bajo su brazo, pero está claro  que eso no es un recuerdo. Es más, tampoco tengo tan claro qué de todo esto son  recuerdos y qué son reconstrucciones basadas en los pocos relatos que he  logrado escuchar.


Después, solo la vi un par de veces. Una vez fue en un sueño en el que  ella iba recostada en la ventana de un bus que no quiso parar por mí. La otra  vez fue despierto, a los 15 años. Bueno, en realidad no la vi a ella, sino la  cara aterrorizada de dos tipos que iban a asaltarme frente al cementerio de  Poás, justo cuando volvía por la noche de vender pollo frito en Alajuela. Solo  recuerdo haber llamado a mi mamá por impulso y notar el pánico en la mirada que  ellos dirigían a alguien o algo ubicado a mis espaldas.


Huyeron y no quise mirar hacia atrás. Yo con mi mamá bien, muy bien,  pero no para tanto. Corrí como poseso hasta mi casa escapando de ella,  agradecido con ella y emocionado de saber que ahí andaba, que es cierto eso de  la omnipresencia post mortem.
Estoy seguro de que por aquí anda, pero trato de no joderla demasiado. A  veces le pido que me despierte (¡no vaya a ser que me ensieste!) y que haga  palanca, pero también se me pasan meses sin recordarla conscientemente. Quizá  por eso ha habido días raros en que ella me inunda y siento que voy como  alzado.


En 27 años que lleva mi mamá de siesta, he pensado de todo, pero  especialmente en lo prescindible de cualquier ser humano. Claro, me queda fácil  decirlo porque he tenido un papá de colección y una madrastra que no merece  llamarse tan feo. El nombre “madre afectiva” es cursi, pero justo. Al cerrar  cuentas, soy  resultado tanto de los tres  años con mi mamá como de sus 27 años de siesta.


No sé cómo es perder a la mamá a estas alturas. Ya no lo sabré porque,  por suerte, nadie muere dos veces ni sobrevive para contarlo. Solo puedo decir  cómo lo fue para un niño de tres años que se explicaba la muerte como un  acontecimiento inviable.
Fue jodido. Fue una pregunta gigante, compleja e inacabable. Fue  discriminante porque se supone que todo niño tiene mamá como tiene ombligo y  tiene preguntas. Fue estimulante.

Espero que mi mamá no se enoje por mencionarla  en una revista como esta, como si no bastara ya con todos los mentonazos de  madre de políticos molestos con este periodista, de choferes envidiosos con  este choferazo y de mujeres resentidas con este hijo que solo aprovecha  mientras su mamá hace la siesta.