Por Luis Fernando Gómez

Fue una lesión rara. Estaba entrenando en River Plate con el profesor  Luis María Bonini, el 7 de julio de 1987, haciendo el ejercicio de saltar bajo  el travesaño y tocarlo con las dos manos. Me enganché el aro de matrimonio con  el gancho de la red y quedé colgado del anillo. Me desguanté, así se llama,  pero no perdí el dedo, sino que se me desprendió la piel y se me fue hacia  adelante. El problema lo tuve en la primera falange del anular, perdí un  pedacito, pero me operaron y quedó todo bien.


Superé rápidamente el accidente en lo anímico, porque dos meses después  ya estaba jugando de nuevo. No se me pasó nunca por la cabeza que se podía  terminar mi carrera, porque la magnitud del problema no fue tan grande como se  dijo en ese momento. Fue algo más magnificado por los medios que lo que  realmente ocurrió, porque había salido campeón en todo durante el año anterior  y porque era arquero. Pero no pasó nada. Después seguí usando el anillo para  atajar, pero en la otra mano.


Un tiempo antes, había sufrido la fractura en el antebrazo que me dejó  afuera de la Copa América  1987. Pero para qué la quería, ya había tenido el Mundial. No podés comparar  una con otra. Siempre he tomado todo con mucha tranquilidad, por eso cuando me  lesioné, me recuperé rápido.


La lesión más grande fue la de la pierna en el Mundial de Italia 90,  peor que cuando tuve la del dedo. Cuando me quebré la tibia y el peroné sentí  un dolor muy fuerte de la cintura para abajo y quería que se pasara, pero a los  seis meses ya estaba bien de nuevo. Pero, en el momento, lo que más sufrí fue  el tener que perderme el mundial. Me vine para   Argentina y seguí viendo los partidos. En setiembre viajé a España,  porque estaba jugando allá y, en diciembre, ya estaba practicando normalmente.


En el fútbol, estás expuesto a todo: a lograr lo máximo y a tener  lesiones. Todo lo tomé igual, porque este deporte como te ofrece cosas muy  buenas, también te da malas. Si las dos las asumís con la misma tranquilidad,  no pasa nada. Esta profesión es así. Por suerte nunca tuve una lesión que fuera  muy larga. Pero, en las buenas y en las malas hay que asumir todo de la misma  forma, ya que la que manda es la cabeza.


Me repongo rápido porque estoy fuerte mentalmente. De todas mis  lesiones, me recuperé de la misma forma. Pero esos problemas, para mí, fueron  muy insignificantes en comparación con todo lo que tuve en mi carrera y con lo  que he logrado. Siempre te ayuda el apoyo del cuerpo técnico, pero es tu propia  cabeza la que te saca adelante.


Hoy en el fútbol, tenés que ser fuerte de arriba, ya que ahí se maneja  todo. Yo siempre lo controlé, por eso sigo viviendo igual y pensando  exactamente lo mismo que cuando fui campeón del mundo. Cuando mantenés la  tranquilidad, la forma de pensar y la humildad, nunca vas a tener problemas de  altibajos, de depresión, de nada. Todo viene gracias a las cosas que uno haga.


Ahora que tengo la oportunidad de estar acá como técnico, aconsejo a los  chicos en cómo deben manejarse para salir adelante cuando sufren una lesión:  con una calma absoluta. Les digo que todo el proceso pasa por la cabeza, por  eso no tienen que anticiparse, deben manejarse bien y trabajar normalmente. Se  lo explico con la experiencia de lo que he pasado: la recuperación pasa mucho  por la voluntad de cada uno y por tener la tranquilidad mental de que deben  volver a jugar pronto. Cuando uno está fuerte de arriba, se pasa cualquier  obstáculo.


Desde chico, mi carrera fue siempre muy sacrificada. Todo me ha costado  para llegar. Entonces, me fui fortaleciendo. Hoy en día, la mentalidad de los  futbolistas es distinta, tienen las cosas más simples, todo se les soluciona  más fácil, entonces, no hacen el ejercicio de la voluntad del sacrificio.