Por Kiko Robles

Rico, casi a un nivel orgásmico. Esa es la mejor descripción que puedo  dar tras perder 200 libras de mi cuerpo. Fue como quitarme más de un carajo de  encima. Ahora son varios los que ríen cuando, muy seguro de mi hombría, molesto  diciendo que soy la mitad del hombre que solía ser.


Gracias a la magia de un grupo de doctores y, sobre todo, a la amistad  tan fuerte que surgió con el Dr. Jorge Esmeral, logré salir adelante tras una  aventura que pensé nunca funcionaría. La verdad es que todos los gordos nunca  agotamos en nuestra cabeza la idea de llegar a ser flacos, ni siquiera pensamos  tanto en el tema de la salud, es ya una cuestión estética.


El cambio significó descubrir un mundo que no conocía, aunque vivía en  él. En términos de lo cotidiano, poder ponerse cualquier camisa o escoger el  pantalón a mi gusto era tan solo un sueño inalcanzable.


Aunque suene difícil de creer, yo mandaba a hacer mis ropa, tome nota:  ¿puede imaginar un pantalón de la talla 58 o una camisa de la talla 5XL? es  como hablar de una broma de mal gusto o bien como contar un chile donde uno se  raja de la risa como una mandarina en 7 gajos.


Perder 200 libras significó volver a nacer en vida. Tenía casi 30 años y  me tocó aprender a comer, a medir porciones, descubrir alimentos, seducir mi  olfato o simplemente dejarme enamorar por los nuevos menús que la gama de la  gastronomía me ofrecía.


La verdad es que el gordo anestesia su cerebro diariamente por  naturaleza. Cada noche es un continuo engaño para olvidar cuanto comiste. La  basura alimenticia que abunda en la calle es literalmente el pan nuestro de  cada día. Eso sí, hay que olvidar rápidamente la última porción consumida para  poder continuar con el menú dispuesto de la jornada. 


Aquella rutina se repite hasta llegar a casa sin remordimiento alguno,  alegando que el hambre aprieta, ya que la agenda laboral no ha permitido probar  bocado… Ojo, para que me lo crean, les voy a soltar el suculento menú de este  papi en tiempos pasados:


• 5:00 a.m. Empanada arreglada de pollo cargadita de salsas varias,  hamburguesa con queso y papas a la francesa… no puede faltar el fresco de crema  pa´ empujar.
• 7:00 a.m. Sándwich de jamón y queso con coca… nada de light.
• 9:45 a.m. Bollo de pan baguette con bolsota de natilla.
• 12:30 m.d. Medio arroz chino en salsa con par de tacos en salsa  agridulce, sumándole al menos 3 tajadas de pan para no desperdiciar la salsa  sobrante.
• 3:00 p.m.   1 ó 2 tosteles de  carne o pollo (Dios guarde se acabaran, porque se detonaba la Tercera Guerra  Mundial).
• 4:30 p.m. Llegar a casa y tomarse un tecito para la digestión,  acompañado de 3 ó 4 tostadas para acompañar la bebida.
• 7:00 p.m. Bistec encebollado tipo media vaca  con arroz y frijoles, ojala queden macarrones  del almuerzo y platanitos maduros para acompañar el puntalito.


Ojalá tocara día fuerte y cansado, porque aumentaban las probabilidades  de una boca para dormir a las 10 de la noche.


Después de leer eso se imaginarán el shock sicológico de perder casi 200  libras y tener que reconfigurar mi cabeza por completo. Se trata de un reset  total del cerebro, de modo tal que se le enseña a olfatear y comer de  manera muy distinta. Los horarios y los  hábitos cambian totalmente. Sin embargo, y por difícil que fuera, entrenar la  voluntad y constatar los rápidos resultados significó una experiencia muy  agradable.


Recuerdo la primera vez que lloré simplemente porque no podía aceptar  que estaba comprando  una camisa que en  realidad quería y no la que tenía que mandarme a hacer medianamente bien hecha  y sin estilo alguno. No olvido que fue en el probador de la tienda LOB, del  Mall San Pedro, donde lloré por más de 20 minutos cuando pude ponerme el  pantalón y la camisa que siempre soñé. ¡Imagínense probarse una camisa talla M  y un pantalón talla 32! Realmente no lo podía creer.


También recuerdo especialmente el momento en que me di cuenta de que  estaba listo para empezar a llevar una nueva vida; una igual a la que todos  llevan y que hasta entonces yo desconocía. Acababa de correr 25 metros,  sin  siquiera  agitarme, jugando fútbol con mi hijo  Sebastián. Pensé que me moría. Aquella sensación, sin embargo, no era un  infarto, todo lo contrario, el corazón respiraba. A partir de ahí, el deporte  se me hizo más interesante y hasta se me facilitó opinar en temas deportivos.


Haber perdido peso significó ganar, conocer, aprender y descubrir todo  lo que nos rodea y que posiblemente pocos valoran. Por ejemplo, yo disfruto  cada noche cuando voy al clóset y escojo la ropa que me pondré al día  siguiente. Ese momento es un ritual durante el cual afino todo en busca de la  combinación perfecta. Véalo así, durante 30 años fui gordo y nunca tuve más de 5  camisas y 5 pantalones, así que las combinaciones no eran muchas.


Perder ese pocotón de libras me permitió entonces darme algunos gustos y  darle oportunidad a la moda de que entrara más allá de las puertas de mi  clóset. Me encanta la posibilidad de pasar minutos evaluando mi vestimenta,  pues para mí es una novedad poder salir de casa con un atuendo que no es ni  remotamente parecido al que usé el día anterior. Por ejemplo, hoy uso faja y  zapatos negros, mañana me toca café y pasado mañana crema y luego cordobán, a  eso hay que sumar la posibilidad de no permitirme repetir colores de pantalón y  dependiendo del día, no repetir tipo de tela, ya sea tipo docker o mezclilla.  Las camisas no se quedan atrás, las tengo acomodadas por orden de aparición e  intento ordenar su uso alternando las de manga larga con las tipo polo para el  día siguiente, según la agenda que toque.


Ya sé que  algunos me llamarán  psicótico o fregado de la torre, pero yo he encontrado toda una felicidad y una  terapia en una estupidez tan sencilla como lo es la elección de la ropa,  ¡imagínense lo que significa para uno ser una persona normal! No se trata de  sentirme más o menos que alguien, es solamente verme como todos y sentirme como  todos. Comprar en esa tienda como cualquier otro, ordenar en aquel restaurante  como todos, subirme al bus, usar un solo asiento, no tener que pedir una  extensión de cinturón en un asiento de avión comercial… acercarse a alguien y  que no te sonrían porque sos el gordo simpaticón de la tele, sino porque sos  simpático, agradable y, por qué no, hasta guapo.


Sin embargo, no todo fue fácil. El tema de la belleza; o de la  percepción que la gente tiene de ella es también muy duro y puede jugar malas  pasadas como me sucedió a mí. Mi reciente divorcio generó comentarios entre quienes,  como buenos ticos, primero opinaron y luego preguntaron. Eso significó ser  señalado como el hombre que adelgazó, se vio bien y entonces se divorció,  cuando en realidad, mi situación quirúrgica no fue un factor ni medianamente  relevante en la separación. Los asuntos de dos son de dos y solo Dios sabe lo  que pasa de la puerta de la casa para adentro.


A pesar de todo, puedo decir que esta es la experiencia más extraña,  hermosa, sabrosa, incómoda, nueva, novedosa, agradable e increíble que un ser  humano pueda vivir. No me canso de hablar maravillas públicamente de lo  que  me sucedió e incito a aquellos  incrédulos o temerosos a echarse al ruedo por esta aventura: sí sirve. Cierro  diciéndoles que sí hubo algo malo acerca de esta experiencia del By Pass Gástrico:  no haberla conocido antes. Pude haber vivido  mejor desde hace mucho, porque fue así como perdí 200 libras.