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Don Jorge Luis Villanueva señaló que yo era la única persona a quien conocía que recibía una derrota electoral con alegría. Y es que una de las acepciones que tiene la Academia de la Lengua de la palabra “perder” es: “no conseguir lo que se espera, desea o ama”. Veamos, en octubre de 1997, alguna prensa escrita señala que el candidato del principal partido opositor al PLN tiene una amplia ventaja en la intención de voto, muy superior a 10%. Esa fue la tónica de toda la campaña. El mismo día de las elecciones, durante las primeras horas de la tarde, en contra de lo que manda la ley y en presencia de delegados del T.S.E., se anuncia en una televisora nacional, el triunfo del PUSC.
Otros medios de prensa, tanto escritos como radiales y televisivos, dan la misma noticia con base en la única encuesta de opinión que no se equivoca: la de “boca de urna”. Menos de veinticuatro horas antes, en la casa de habitación de un aspirante a diputado –de los que por reglamento la escogencia me correspondía a mí–, un sector muy representativo de la cúpula del PLN discutía por quién debería votar al día siguiente y todos acordaron –excepto el candidato a diputado– votar por el PUSC.
Podríamos pasar horas describiendo las hipocresías y traiciones de propios y la porfía de extraños, con buenas y malas artes, que hacían lo imposible para que el PLN no obtuviera el triunfo. A pesar de eso y mucho más, la diferencia en el resultado fue un poco menos de 2 puntos porcentuales.
Tanto observadores internacionales como el señor presidente del T.S.E., Lcdo. Rafael Villegas Antillón (este último en sendos artículos publicados en La Prensa Libre y en La República), señalaron que en las elecciones del año 1998 hubo fraude.
Todas estos elementos –que algunos los conocí antes de las elecciones y otros a posteriori– me hicieron sentir alegre por haberme liberado de una caterva de hipócritas y traidores que, posiblemente en mi gobierno, hubieran magnificado sus hipocresías y traiciones para dañarme a mí, aunque la verdadera perjudicada –y eso sí es grave– fuera Costa Rica.
Por otro lado, el sentimiento de frustración, de impotencia, porque no iba a poder hacer nada para impedir que los intereses espurios de unos cuantos nacionales amancebados con los objetivos inconfesables de algunas transnacionales, hicieran a los ricos más ricos y a los pobres más pobres.
Es por eso que la pérdida de las elecciones produjo en mí sentimientos encontrados, por un lado, la profunda alegría de verme libre de ese lumpen que abriga en su corazón la traición y la hipocresía; por el otro lado, la impotencia de no servirle al país para lo que nos habíamos preparado adecuadamente… creemos nosotros.
Esperé conseguir el poder para servirle a Costa Rica y encontré traición, hipocresía y fraude. Luché contra Tirios y Troyanos para obtener el mando y trabajar por el país y encontré frustración. En dos palabras, alegría y tristeza me produjo esa pérdida. |