En el estrecho de Bering, los hombres se juegan la vida en cada ola a cambio de miles de dólares.
Edición 35
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En el estrecho de Bering, los hombres se juegan la vida en cada ola a cambio de miles de dólares. ¿Cómo viven los pescadores de cangrejos de Alaska y por qué nadie se arriesga más que ellos? Un periodista de SoHo viajó hasta allá para responder esas preguntas. Por Adolfo Zableh Duran |
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Al mar hay que tenerle respeto antes que miedo, pero es imposible no temerle cuando a –20 ºC te rodean olas de doce metros y vientos de 160 kilómetros por hora mientras arrancás cangrejos de su fondo. Frente a mí, tras cuatro décadas de jugarse la vida en el mar de Bering, Jeff Steele me cuenta su historia. Según el ranking hecho por Discovery Channel, su trabajo es el más peligroso del mundo. Bastaría con oír sus historias para comprobar que es cierto. “Llueve” es la frase más corta del español. En inglés, “Llueve” es la temporada más larga de Kodiak. La isla de 8.000 kilómetros cuadrados y 6.000 habitantes está cerca del estrecho de Bering. Es parte de Alaska, pero de estar un poco más a la izquierda sería territorio ruso. Llovía cuando llegué, seguía lloviendo cuando me fui, y, en esos cinco días, el agua no dio tregua. Después de 120 horas de lluvia ininterrumpida, constante, como un grifo abierto, más que un fenómeno climático es un sonido ambiente. No encontré a Jeff en casa, donde me dijo que iba a estar ese martes a las ocho de la mañana. Toqué el timbré incesantemente, como si la campana fuera a materializarlo. Nunca me sentí tan abandonado. En este, el último rincón de Alaska, con una lluvia incesante y un frío para osos polares, era como si al doblar la esquina solo hubiera kilómetros de mar y luego un abismo. Salió a recibirme un gato gris moteado que entraba y salía por una pequeña puerta hecha a su medida. Llegó a la casa de Jeff un día y se quedó a vivir. No pudo echarlo; en estas lejanías cualquier ser vivo es compañía. Lo llamó Tona, y, al igual que el felino yo también llegué un día de primavera con la esperanza de ser acogido. Suena poético, pero no es tal; en primavera Kodiak te recibe con cinco grados bajo cero y dos semanas de lluvia. Diez minutos duró el pánico. Jeff había llegado. Nueva York está tapizada con carteles de Deadliest Catch, el programa de Discovery Channel que rompe ratings a fuerza de contar las aventuras de los pescadores de King crabs a manera de reality show. En los afiches aparecen los capitanes de los barcos participantes sobre una pila de cangrejos que en el mercado vale miles de dólares. Parecen más un grupo de rock que uno de pescadores temerarios. La foto está en todas las paradas de buses, mientras que en la congestionada esquina de Broadway y Houston hay una que cubre un edificio de seis pisos.
El Northewestern, el Time Bandit, el Wizard. Las cámaras de Deadliest Catch registran los barcos 24 horas al día, al tiempo que contabilizan las libras que pescan. Los marineros arriesgan su vida en el estrecho de Bering, con vientos superiores a 150 kilómetros por hora y olas de más de diez metros, en medio de bloques de hielo flotando en el mar. La crudeza del “show” es tal que en todos los episodios hay lesionados; incluso, uno de los barcos participantes, el Big Valley, se hundió durante la primera temporada, en 2005. Solo sobrevivió uno de sus seis tripulantes. Quien pierda un dedo, recibe un millón de dólares; un pie fracturado, puede reportar medio millón. El estrés postraumático es compensado con $200.000. Una viuda puede quedarse con hasta tres millones. Abogados no faltan, pero muchas veces empleado y empleador llegan a un acuerdo. Piernas y manos fracturadas, lesiones de cuello y tórax, todo puede ser compensado. Deadliest Catch enloquece a los norteamericanos, que en sus suburbios siguen con avidez la vida salvaje que no tienen. A un posible naufragio o una caída al agua hay que sumarle el dinero. Una libra de cangrejo se paga a cinco dólares y un barco puede pescar un millón de ellas en pocas semanas. Tres millones de personas ven cada episodio y sus participantes se han convertido en celebridades. Los capitanes de los barcos son reconocidos en Las Vegas, donde pasan vacaciones, y tienen managers que les consiguen contratos publicitarios. También reciben cartas, algunas con propuestas de matrimonio de mujeres que no saben lo que es vivir con un marinero. Algunos han publicando biografías y el Xbox 360 tiene un juego llamado Deadliest Catch: Alaskan Storm.
El hotel Millenium, en Anchorage, la capital de Alaska, es un homenaje a la vida salvaje del Estado. Paredes de madera y un “lobby” con osos disecados, alces descomunales, cangrejos gigantes, pieles de esquimales. En uno de sus altos asientos de cuero está Cornelia Marie Collins. De piel blanca, pelo oscuro hasta los hombros, anteojos dorados y un saco de cachemir. No luce como una celebridad, tampoco como un marinero. Detrás de la fachada de ama de casa está la dueña de otro de los barcos de Deadliest Catch, el Cornelia Marie. Cuando entró al negocio, en 1979, tenía otro barco y podía encontrar millones de King crabs alrededor de Kodiak, donde vivió trece años. La intensidad de la pesca los fue extinguiendo, así que todos se mudaron al mar de Bering. El Cornelia Marie lleva su nombre, pero no es su única dueña. Su socio y capitán es Phil Harris, uno de los personajes más populares de Deadliest Catch. Ha luchado en el mar por más de treinta años, fuma mucho, duerme poco, sus dos hijos trabajan con él. En verano vuelve a casa, en Seattle, donde maneja dos Harley y un Corvette, y odia ser molestado casi tanto como comer el cangrejo que pesca. Mientras él es la imagen de una marca de grúas hidráulicas, Cornelia se encarga de la contabilidad, impuestos y gastos de funcionamiento. Además contesta e-mails de fanáticos que a veces la felicitan y a veces le piden trabajo. El bote de 35 metros fue construido en 1989 en los astilleros de Bayou La Batre, Alabama, pueblo en el río Mississippi donde Forrest y Bubba fundaron su empresa camaronera en Forrest Gump. Lo sacaron al Atlántico por los brazos del río, navegó el mar Caribe, cambió de océanos en el canal de Panamá y subió hasta Alaska para pescar allí el resto de su vida útil: King crab de octubre a diciembre, Opilio Crab —variedad más pequeña— de enero a mayo y salmón en verano. Jeff Steele tiene barba y pelos grisáceos, pero no revelan sus 60 años de vida y casi cuarenta de pescar cangrejos. Hubiera podido ser un capitán Harris, de no haber desechado la oferta de Discovery de participar en Deadliest Catch, donde aparecen pescadores que él mismo despidió alguna vez.
Sentado en el comedor de su casa junto al Pacífico, consulta skymate.com, donde por $38 al mes puede saber en qué lugar se encuentra su barco, el Bering Hunter. Un punto rojo lo ubica al otro lado de la península de Alaska. Era 1969 cuando empezó a pescar. Vivía en Seattle, su padre era contador de una empresa pesquera y en los veranos lo llevaba a Alaska a pescar salmón. Un día montó a su esposa, a su hija de un año y a su perro en una camioneta. En cuatro días llegaron a Kodiak. Jeff tenía $800 y mucho afán, la temporada de King crab estaba por comenzar. Los cangrejos estaban a dos horas de Kodiak y la libra se pagaba a 60 centavos de dólar. Durante cinco años se jugó la vida en cubierta, manipulando jaulas de acero que vacías pesan 700 libras y cargadas alcanzan las 1.800. Por el esfuerzo podía ganarse hasta $30.000 en un par de meses. Su primer barco tenía bandera noruega, solo él hablaba inglés. Los noruegos desarrollaron la pesca de King crab en la década de los cincuenta, tiempo después entraron al negocio japoneses, canadienses, rusos y norteamericanos. De pescador pasó a capitán y por cinco años lo fue en barcos de otros. A comienzos de los ochenta compró el suyo, el Pacific Mist, justo en la época en que se cerró la pesca comercial alrededor de la isla. Todos se mudaron al mar de Bering, un inexplorado lugar con muchas riquezas por ofrecer. Fue ahí cuando el oficio se ganó su reputación de peligroso. Había temporadas en las que se extraían del mar hasta 120 millones de libras de cangrejos y quienes se dedicaban a él eran el estereotipo del pescador: rudos, mujeriegos y amantes del alcohol. Pero todo es una paradoja; muchos perdieron la vida no en medio del océano, sino al caer al mar en el camino del bar al barco atracado en el muelle. En la oscuridad de la madrugada, vestidos con ropa pesada y borrachos, lanzaban gritos de ayuda que nadie oía. A comienzos de los noventa el negocio tuvo su apogeo, con hasta 250 millones de libras de cangrejo, suficiente para los 250 barcos que en cinco días aspiraban el mar en lugar de pescar. Para mediados de la década la cantidad bajó a 50 millones y muchos quebraron. Los que sobrevivieron le pidieron prestado al gobierno $25 millones para comprar barcos y sacarlos de circulación. Así, de los 250 buques quedaron 80, cifra que se mantiene hoy. Así, 30 de ellos están en Kodiak, el resto en Dutch Harbor, una isla aún más pequeña en la península de Alaska.
Bono dijo alguna vez que costaba una fortuna lucir como un pordiosero. Ropa sucia, pelo desordenado, profusas ojeras; a diferencia del cantante de U2, la apariencia de Damian Clark es auténtica. La consiguió luego de trabajar en turnos de hasta veinte horas diarias en la cubierta del Silverspray. Acaba de volver a Kodiak luego de haber pescado Opilio, cangrejo que se paga a cuatro dólares. Entre mayo y septiembre Damian es bombero en Montana, el resto del tiempo trabaja en Alaska. Con un sueldo de $13 la hora, gana $35.000 en cinco meses en el primer empleo, a cambio de los $100.000 que recibe por pescar durante cuatro meses en el segundo. El King crab es un plato popular en los países que lo pescan y casi siempre es el más caro del menú. Aun completo, es un alien rojo que vive en las entrañas del mar, puede medir más de un metro y pesar hasta 19 libras. Vive en mares fríos y para pescarlo es necesario introducir hasta el fondo jaulas con carnada, generalmente arenque. En realidad son varios los tipos de cangrejo que pescan en Alaska: Opilio, Golden, Blue y King crab. Ninguno es más fácil de pescar que otro, solo que no todos son taquilleros. Mientras un Opilio completo cuesta cuatro dólares, el King se vende a cinco dólares la libra. Y si el más pequeño tiene seis libras, cada uno no vale menos de 30 dólares. Llenar una jaula con cientos de esos es como sacar dinero del mar. La temporada abre en octubre y cierra en enero, pero no necesariamente todos los barcos comienzan en esa fecha. Los que salen primero piensan que así encontrarán más animales, los que esperan un par de meses creen que en esa época los cangrejos van a ser más grandes. Para Damian, no solo es difícil manipular una jaula de casi una tonelada, sino que debe acostumbrarse a hacerlo mientras el barco se mueve como si fuera de juguete y el agua se congela en ojos, oídos y fosas nasales. Que una jaula caiga al mar es malo, pero si le ocurre a un pescador, puede ser una tragedia. Mientras están en cubierta, deben usar el traje de inmersión, una gruesa pieza de color rojo. Si llegaran a caer, no tendrían más de cinco minutos para ser rescatados sin correr riesgos. Con grúas hidráulicas, vuelven a subir las jaulas. Una vez en cubierta, hacen la selección. Los cangrejos de menos de 20 centímetros son devueltos al mar, así como las hembras. Lo demás es almacenado vivo y llevado a puerto para ser vendido. La oficina de Damian, el Silverspray, es un barco de 35 metros de largo que puede con 225.000 libras de carga. Eso incluye 175 jaulas para cangrejos. Cada una vale $1000, tiene dos metros de largo por dos de ancho, y apiladas equivalen a un edificio de tres pisos. Son de acero inoxidable, pero casi todas están oxidadas ya que para el mar no existe tal adjetivo. El dueño del Silverspray, Bill Prout, tiene 54 años y lleva más tiempo pescando que casado, de lo primero 35, de lo segundo 29. Su esposa, Alta, le ha dado seis hijos, cinco de ellos hombres. Lo que más les preocupa del trabajo de su padre es si las sirenas existen. Tampoco le ha ido mal pescando. De abuelos escandinavos, lo suyo es herencia genética. Vivía en Oregon cuando decidió probar suerte en Alaska. Entró a una planta procesadora en Kodiak con un sueldo de $3,5 la hora, lo que le significaba tener mejor sueldo que su padre. Cuando comenzó no era difícil llenar 40 jaulas. A ese ritmo, se podía hacer un millón de dólares en menos de una semana, lo que para un pescador raso significaba $50.000. Hoy el negocio es menos permisivo, pero no por eso menos rentable. A los pescadores les realizan prueba de drogas y para un dueño de barco es mejor comprar en el supermercado el cangrejo que pesca, que tomarlo del barco. No es rentable, y el papeleo es insoportable. Pronto todos tendrán beneficios de salud y pensión. La globalización es tal que en el Silverspray han trabajado latinos, filipinos y un africano al que le dijeron que jamás volvería vivo de Alaska. El cangrejo ya no está a tres horas de la isla, sino a 72. En 2003, Bill tuvo suerte y pescó en cuatro días 1,1 millones de dólares. No alcanzaron las 175 jaulas y parte de los cangrejos se dejaron en cubierta. Menos productiva que aquella vez, la temporada pasada el Silverspray hizo siete viajes en cinco meses, dos de ellos con cupo lleno. Y aunque pescar es rentable, mantener el negocio es costoso. El barco consume $50.000 s anuales de combustible, parquearlo cuesta $10.000 así esté pescando la mayoría del tiempo. En pintura y mantenimiento general, se pueden ir $100.000. El capitán del barco es Mike Spokas y vive en Stevensville, Montana, población de 30 kilómetros de largo por 30 de ancho, pero de apenas 12.000 habitantes. El verano se acerca y el Silverspray está en Kodiak para mantenimiento. Se encuentra equipado con lavandería y plasma para ver películas. En sus entrañas, el ruido del motor hace el ambiente inaudible. Como si fuera un universo paralelo, adentro nada se llama como en el mundo exterior. El capitán es el “skkiper”; la cocina es el “galley”, y el baño, “head”. Las camas no se llaman “beds”, sino “bunks” y las jaulas no se llaman “cages”, sino “pots”.
Lo que nunca habrá en el barco son cámaras de televisión. Alguna vez los productores de un documental le ofrecieron a Bill $25.000 por tres días de filmación pero se negó. Aunque ve Deadliest Catch, lo disfruta, y cree que el programa ha ayudado al negocio, nunca le ha sonado participar. Es un “show”, y como tal sabe que tiene que exagerar para vender. Por ejemplo, Bill nunca ha sufrido un accidente grave, aunque conoció a una veintena de marineros que hoy están muertos. Recuerda a una mujer, Patty, que perdió dos esposos de la misma manera: ahogados cuando tras una noche de copas pusieron mal el pie en un barco parqueado en la bahía. Doblemente viuda, Patty se mudó a California. Jeff me invitó a comer la noche antes de mi partida, no podía dejar Kodiak sin probar el King crab. Es un hombre seco, al que rara vez se le escapa una sonrisa y del que se podría pensar que es descortés. No hay tal, es solo un pescador que se siente más cómodo con sus colegas que en una entrevista. Se divorció en 1992. Jazmin, la hija de un año con la que llegó a Kodiak, es contadora en Portland. Jeffrey, otro de sus hijos, habla español y le va a leer este artículo, Jeff tiene un libro de Español para dummies que no ha terminado. Como si no le alcanzara con haber ido una y otra vez al mar de Bering, ha escalado El Nanga Parbat, noveno pico más alto del mundo, el Kilimanjaro y el McKinley, el más alto de Norteamérica. Ha ido a Marruecos, Kenia, Honduras, Guatemala, Belice, Costa Rica y Bolivia, pero no conocía Nueva York. Lo hizo hace poco pues no podía morir sin conocer el Yankee Stadium antes de que lo demolieran. Dispuso un menú apenas justo para un primíparo como yo: ocho patas aderezadas con mantequilla derretida con ajo y limón, y vino blanco australiano. Con tijeras y manos descascaramos el cangrejo, labor tan placentera como comerlo. En Kodiak todo está a la mano. El centro del pueblo es la misma carretera principal, pero con un par de semáforos y una hilera de construcciones. Hay un supermercado, una biblioteca, un bar, un restaurante chino, un McDonald’s, un almacén de deportes donde no se encuentra nada de fútbol, dos hoteles y dos bancos. Uno de ellos tiene galletas y café para los clientes; el otro, un oso de tres metros disecado. Todo, rodeado por un puerto con capacidad para cientos de barcos. El aeropuerto está a unos diez kilómetros y es un poco más grande que el McDonald’s. El avión se ve parqueado afuera como si fuera un carro, y la pista termina donde comienza el mar. En la sala de espera me encuentro a Mike Spokas, el capitán del Silverspray, ansioso por volver a casa. La suerte ha querido que quedemos en sillas contiguas. Aprovecho para hacerle unas preguntas. Responde con frases cortas, agotado. Es imposible no notarlo, así que hago una pausa y él aprovecha para cerrar los ojos, cubrirse la cara y olvidarse del mundo. No volverá a despertarse; que el avión se caiga es tal vez lo menos peligroso que tiene su trabajo.
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