Por Rodolfo González
Fotografía: Ronald Reyes

Tiene dominado a Arkan, el  Rottweiler, diez veces más grande que ella y que vive en el patio trasero de la casa.  Además, tiene asustado al gato persa que reinaba, antes de su llegada,  en el tranquilo mundo de la sala, el comedor, los sillones y todos esos rincones preferidos por los felinos.


Colorido pero discreto, el práctico bolso amarillo permite transportar a Nala hasta los lugares donde su presencia no es permitida. Muy educada, sabe guardar silencio y sostener la respiración.

Ahora los ladridos de Nala son órdenes monárquicas y el gato tiene que buscar dónde esconderse para que no lo atrape la poodle de dos años, verdadera matrona de la casa.  Nala tiene el ímpetu de los líderes ambiciosos y fue  esa la actitud la que le valió conseguir una casa de dos pisos, en el residencial Bello Monte, en San Ramón de Tres Ríos, y poner bajo el zapato afectivo a su dueña, a su marido y a sus dos hijos adolescentes.

Era la navidad del 2007 y la familia Pérez González visitó un criadero de poodle para buscar un cachorro de regalo para su madre.
 “Recuerdo que había  ocho perros y me enamoré de Nala porque era la más pequeñita de todos y, sin embargo, la primera en llegar al plato de comida. Era toda una matona”, recuerda su dueña, quien prefiere guardar su identidad bajo el anonimato, a lo mejor para evitar reclamos  de la  poodle protagonista indiscutible  de esta historia.

Nala es una poodle privilegiada, vive en la cúspide de la pirámide formada por 1,4 millones de perros que,  según un reciente estudio del semanario El Financiero y la Universidad de Costa Rica, habitan en nuestro país.  

En dicho estudio se verifica que los perros son los animales preferidos por  46% de los ticos que poseen mascotas. De ellos,   85% poseen un perro,  22,8% tiene un  gato,   15,1%  posee  aves y 5%  tiene tortugas y peces.

 Del plato al diván
Al llegar Nala a su nueva casa, la historia tuvo un temprano punto de giro, porque lo que comenzó como un despliegue de coraje en el criadero, muy pronto se tornó en un suceso de novela: Nala mostró su lado vulnerable.  Tenía apenas mes y medio de nacida cuando el veterinario le diagnosticó hipoglicemia. El doctor no le dio muchas esperanzas de vida.

“Teníamos que darle alimento cada dos horas. Yo siempre andaba con una lata de leche condensada conmigo. Incluso por las noches, tenía que poner el despertador y había que levantarse y darle alimento varias veces. Mi esposo y yo terminamos llevando a la perra a dormir con nosotros, en la misma cama… hasta la fecha, ella pasa la noche debajo del edredón, con nosotros”, afirma su dueña.

Nala no había terminado de recuperarse de la hipoglicemia cuando le diagnosticaron una infección en la piel. Entonces los dueños le compraron antibióticos para bebé y tenían que bañarla  cada dos días con un champú antialérgico.

Como los antibióticos le molestaban el sistema digestivo, Nala  empezó a consumir la dieta premium de la gastronomía canina: Science Diet.  Además, la perrita empezó a comer  yogur, porque el antibiótico le caía mal al estómago.

“Todo fue simultáneo y duró hasta los seis meses, aproximadamente. Para entonces le empezó a suceder algo muy curioso: si la regañábamos por algo o le hablábamos fuerte,  se desmayaba.  Entonces, yo salía corriendo al veterinario, creyendo que se había muerto. Le hacían electrocardiograma. El médico creía que tenía algo en el corazón, por falta de oxígeno, pero no. ¡No era nada!  Así permaneció hasta el año.  ¡Síndrome histérico!”, diagnostica la psicoanalista.
 
No hay duda de que la inversión en esta etapa fue cuantiosa. Según el Colegio de Veterinarios, la tarifa fijada por un electrocardiograma es de ¢21.000, una consulta diurna no baja de ¢8.000, una nocturna cuesta ¢20.000.

¡Pero quién saca la calculadora cuando se trata de la salud de un hijo!
 
 Una chica de rutinas
Hace un año  que Nala  ya no se desmaya cuando le hablan golpeado. Es ahora ella  la que ladra con fuerte voz a quienes se acercan a su dueña. En la jerarquía del cariño  familiar, Nala tiene su lista: primero adora a su dueña, luego al esposo, después el hijo de 17 años y después la hija de 14 años, aunque pasa mucho tiempo y se lleva muy bien con la muchacha que realiza los servicios domésticos.

“Es que mi hija la agarra y la estripa como si fuera un almohadón, entonces a Nala no le gusta mucho”, confiesa la dueña.

Porte. Recién peluqueada, Nala es la reina de la veterinaria. Incluso cuando no estaba viendo al fotógrafo parecía estar posando para él.

Sin duda Nala tiene claro que ella no es un almohadón, más bien se cree persona y se comporta como tal. No le basta dormir en la misma cama que los dueños de la casa y levantarse a la misma hora que ellos.

La poodle se sienta, literalmente, en una de las sillas del desayunador y comparte la primera comida del día con el papá de la casa. Él le da una galleta, un poquito de yogur y algunas veces huevo. En algunas ocasiones, la mascota acompaña al papá a dejar a los hijos al colegio.

“Solo le falta hablar. Ella es de rutinas. Cena con nosotros, en la mesa y cuando nos vamos a dormir sube las gradas y pide que le levantemos el edredón para meterse ella a dormir con nosotros”, explica la propietaria.

Ella confiesa que Nala también los acompaña cuando visitan restaurantes, algunos incluso en los que no se permiten perros.

“En esos casos, yo la meto en el bolso y le digo que se quede quedita y no haga bulla. Ella obedece y nos acompaña siempre. Es muy inteligente. Si uno le repite tres veces una conducta, ella la aprende.”, explica.

El único sitio a donde no va la poodle es al trabajo de su dueña, porque a cualquier otro lugar no tiene impedimento ni objeción de compañía. Incluso asiste al salón de belleza de su mamá adoptiva y se sienta junto a ella en la mesa del manicure.
 
 Hora del grooming
A esta altura de la tertulia, interrumpimos a la dueña del perro para recordarle que es hora de ir con Nala a la peluquería.

“La cita del grooming es a las nueve y media. ¡Uy, son las nueve y cuarto!, voy a avisar que ya vamos para allá”, dice.

Aclara que por esta vez, decide llevar a Nala a la clínica de Marcial Arrieta, ubicada en la Avenida 10, en el corazón del San José.

“Normalmente el baño y el corte de uñas de la perrita lo hacemos en un lugar que queda cerca de la casa, pero el muchacho prefirió no participar en el artículo… pero bueno, vamos, ya casi  es hora”, explicó.

La  palabra “vamos”  hace que Nala se ponga inquieta. Esta palabra, junto con el colorido bolso de viaje que la familia compró para la perrita, son las  claves que indican a la puddle que  es hora de pasear.  Cuando la familia coloca ese bolso cerca de las gradas de la casa, Nala se sienta dignamente junto a su equipaje y espera que le abran la puerta. Entonces, se dirige al carro, para ser precisos a la puerta del chofer —va directo a los puestos de poder— y se acurruca sobre el freno de mano o a los pies del conductor. Allí se duerme plácidamente hasta que llega al destino final.


La veterinaria pregunta en cuál revista se va a publicar la nota. Cuando le respondo que es en SoHo, no puede creerlo. ¿Una perra en SoHo?

Esta vez decide echarse  sobre el freno de mano. El viaje es corto y Nala duerme tranquila.
En el camino, su dueña cuenta que toda su vida ha estado ligada a las mascotas, y que de su pequeña poodle admira la ternura y la sensibilidad.

“Una vez, por ejemplo, me operaron las cordales y pasé varias horas acostada en casa. La perrita entonces se echó a mi lado, no bajó a desayunar, no se apartó de mí, yo creo que ella siente cuando uno tiene algo”, relató.

Al llegar a la veterinaria, Nala empieza a temblar. Todavía no se acostumbra a diferenciar entre una cita médica y una sesión de spa.

El experto en peluquería para perros explica: “A la perrita le vamos a cortar las uñas,  limpiar  la glándula anal, asearle los oídos, quitarle las lagañas, bañarla, cortarle el pelo y peinarla”.

Nala sigue temblando, como si hubiera entendido lo de la glándula,  pero las manos del profesional se mueven con propiedad y la empiezan a calmar. Le desenreda el pelo primero, antes de ducharla, porque de lo contrario, habría secciones de pelo mal lavadas, y quedarían con mal olor.

En el caso de Nala, eso no sería tan necesario, pues la dueña le pone aceite para el pelo —el mismo que utiliza ella— y la perrita no tiene mal olor (me consta).

Una canción de Arjona suena en la radio, pero el resto del servicio está muy bien.  Conforme desenredan el pelo de Nala, se desprenden como motas de algodón de su cuerpo y caen sobre la mesa de trabajo, el piso. Parece que estuvieran trasquilando una oveja.

La veterinaria pregunta en cuál revista se va a publicar la nota. Cuando le respondo que es en SoHo, no puede creerlo. ¿Una perra en SoHo? Yo le digo que estamos ampliando el público meta a las mascotas de los suscriptores. La perrita no se da por enterada, pero mantiene el hocico en alto y se deja acariciar y peinar  sin ladrar siquiera, un fotógrafo dispara fotos, una tras otra y ella parece dominar los conceptos de presencia escénica.

A la hora de la ducha, la embarran de espuma azul. Dicen que es bueno para blanquear el pelo. Luego le secan el pelo, se le ve más blanco y más voluminoso. El toque final son dos prensas rosadas, porque la dueña ha olvidado los lazos en casa.

Mientras la poodle se pone hermosa, la dueña contempla a su hija adoptiva y de pronto dice: “Pobrecitos los perros de la calle… llevan  aguaceros”. La veterinaria le contesta: “llevan aguaceros, comen sobros fríos y sufren maltrato”.

Termina el grooming. Nala está lista para ir a descansar. Pasarán dos semanas más antes de visitar el salón. Por ahora, es día de dormir plácidamente y recibir una dosis de caricias en la casa.