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En SoHo vieron mi figura boteresca y me propusieron un desafío contra la báscula y la talla 36. Si conocieran la redacción de la revista Como en la película británica del año 2002 (“Bend it like Beckham”), el protagonista de estas líneas quiere acercarse a la figura del ¿futbolista? ¿modelo? ¿actor? David Beckham, el metrosexual por excelencia. ¡¡¡En tus sueños!!! Clamará el sexo femenino, y buena parte del masculino. Bueno, ya se sabe, las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno y además huelen mal. La odisea personal comenzó a principios de junio. Aquél día entraba en la clínica del Doctor Rivera dispuesto a no hacer el mayor de los ridículos. Las palabras fueron alentadoras: se consigue una rápida disminución en volumen, no así en peso. El tratamiento no es el milagro de la Virgen de Fátima. No se trata de entrar a las maquinitas y que te quemen la grasa como si fuera una chicharronera, no. Además de los infrarrojos, ultrasonidos, láseres y rayos del mega hiperespacio, hay que realizar una estricta dieta si pretendemos que los resultados sean los ideales. Fuerza de voluntad, me dije. Y al brete.
El primer golpe fue muy duro, directo a la mandíbula. En términos médicos era un hombre de 50 años y 101 kilos de peso, repartidos en mis 184 centímetros (de altura, debo aclarar). Quería empezar de inmediato, pero unas lentejas con chorizo y morcilla me esperaban en la casa. No pude hacer otra cosa que despedirme de ellas. Al abrir la nevera me hicieron ojitos y me armé con una cuchara para darles su homenaje. “Son las últimas”, me prometí. Dicho y hecho, esa misma noche empezaría la dieta. Al día siguiente, me metieron en una sala de la clínica que parecía un teletransportador de partículas para viajes en el espacio y el tiempo (la ciencia ficción de los años setenta ha hecho estragos en mi generación). Allí me enfrenté por vez primera a la máquina de tecnología militar israelí (¡glup!) que quema las grasas y que me iba a dejar joven y bello, cual efebo mesopotámico (Ultrashape). El segundo tratamiento (Velashape) iba a compactar los pellejos caídos por las pérdidas de peso y volumen y por último, el tercer tratamiento (Trinity) me tenía que dejar la cara como el culito de un bebé. Este concepto integral tan sólo se da en cuatro lugares en el mundo: Madrid y Barcelona (España), Río de Janeiro (Brasil) y en esta La idea de este tratamiento, además de evitar el pánico al bisturí que tenemos buena parte de los hombres, es ofrecer la comodidad de entrar a una sala, tumbarse en una camilla y salir una hora después como si nada dispuesto a volver al trabajo (o no). También, por qué no decirlo, mitigar la vergüenza que produce entre buena parte del género masculino reconocer que uno se ha hecho un tratamiento de belleza. “Es algo que todavía ocurre” afirma Christian Rivera, quien me cuenta que muchos hombres ven este tratamiento como “algo clandestino”. Sin embargo, reconoce que este concepto tabú está entrando en crisis, porque “verse bien ya es algo aspiracional, un reflejo del esfuerzo en la parte profesional y económica”. En definitiva, en nuestra sociedad ya se puede ver como un sinónimo de éxito, aunque sigue costando dar el paso al frente y decir “me he puesto guapo”, ya sabe, como Beckham. ¿Por qué? Más que nada por el pensamiento inmediato del interlocutor, el consabido: “Mae, qué playo”. Pero bueno, eso es algo ante lo que habrá que lidiar. Ahora, tras haber bajado varias tallas de pantalón y tras decirme mi “doña” que por fin me nota las caderas (no sé si fue una maldad o un elogio envenenado), toca renovar el vestuario, bien varonil, eso sí, para contrarrestar las maledicencias de tías, cuñadas y amistades sobre mi orientación sexual. A gastarse el aguinaldo, vamos, que la tarjeta va a sufrir un proceso de adelgazamiento más severo que el mío y más rápido si cabe.
DESPIECE Ultrashape Perder volumen sin que le abran a uno en canal, eso es lo que oferta el novedoso tratamiento disponible en la clínica del doctor Rivera. El primer paso queda en manos del Ultrashape, un procedimiento no invasivo que elimina grasa sobrante. Por sí solo es casi tan exclusivo como el tratamineto completo: en Centroamérica tan sólo lo oferta otra clínica en Panamá y ni si quiera lo hay en los Estados Unidos. Una de sus grandes ventajas es que uno entra y sale como si tal cosa, sin anestesias ni nada que se le parezca. Uno se tumba y sale silbando de ahí en menos de una hora dispuesto a retomar la rutina sin que nadie sepa que se está haciendo un tratamiento de “carrocería”. La cantidad de pulsos va en consonancia con el volumen del paciente. En mi caso fueron 563 en la primera sesión, que abarcó todo el
Esta tecnología consiste en “remodelar el cuerpo mediante ondas ultrasónicas que destruyen selectivamente las células de grasa sin afectar los tejidos adyacentes”, según explica el doctor Rivera. El ultrasonido, mediante vibración, destruye las células de grasa, que luego son metabolizadas por el hígado. Una advertencia, duele un poquito, ya que al fin y al cabo lo que hace es calentar las células de grasa. O sea, quema como un demonio cuando se aplica, pero cuando uno se levanta de la camilla, lo hace como si nada. En total, fueron 3 sesiones, una por mes, lo recomendado para este tipo de tratamiento. El costo por pulso es de un dólar, así que dependerá de la cantidad que uno necesite para el desembolso económico final. Calculando una media de 500 pulsos por sesión, el costo aproximado estaría en US$1.500.
El velashape combina tres tecnologías: radiofrecuencia bipolar para compactación cutánea, infrarrojo y succión, que lo que hacen es tratar celulitis, reducir las medidas de la circunferencia, tensar la piel y trabajar con su calidad. Una de las partes del león es la del tensado, ya que el ultra al realizar la pérdida de volumen, tiende a dejar la piel fláccida. Los expertos aseguran que se bajan de 2 a 8 centímetros al final de las siete sesiones del paquete (que tiene un costo de US$1.600), más tres de compactación tras cada sesión de ultra (incluidas en el anterior paquete). Así, fueron un total de 10 sesiones, una por semana. Las primeras cuatro sesiones de vela trabajamos en la reducción de volumen, y el resto en compactación. Duele (más en reducción que en compactación), la verdad es que hay que ir preparado para entrar en una cámara de la Inquisición (la venganza hebrea a la represión católica de la Edad Media), pero el resultado combinado merece la pena. Trinity Como dice un buen amigo, para ponerse guapo hay que tatuarse la cara de Brad Pitt. Bien, como me parece una solución un tanto El Trinity rejuvenece la piel, la tensa y reduce las arrugas de la cara. No duele, excepto cuando aplican el láser para las arrugas. Pero como no tengo arrugas (de algo debía servir mi alimentación basada a lo largo de muchos años en chorizo, jamón serrano, cocidos y un largo etcétera de grasas), me evité el suplicio tras comprobar en carne propia no más en la primera sesión que no valgo para tanto sufrimiento. Adiós a las grasas 1.800. Así puesto no dice nada, pero si detrás le añadimos la coletilla “calorías” tenemos la cifra con la que he estado lidiando día tras día durante tres meses en mis comidas diarias. La importancia de una dieta balanceada es crucial para que todo el tratamiento tenga el éxito que deseamos. El triángulo perfecto se consigue sumándole además el ejercicio físico. Comer cinco veces al día se antoja fundamental para conseguirlo. No pasar hambre es básico para ello, así hay que tomar un buen desayuno (esto NO quiere decir meterse un gallo pinto todas las mañanas entre pecho y espalda, que hay gente con conceptos un tanto sui géneris al respecto), merendar ligero a media mañana, almorzar sano (verduras y alimentos bajos en grasas, preferiblemente a la plancha o en guisos, evitando frituras), otra merienda ligerita a media tarde y una cena similar al almuerzo. Una cervecita, un vino, una copa de vez en cuando están permitidas, es más, son hasta saludables para no acabar aburrido de la dieta, pero no pueden convertirse en compañeras habituales de viaje, y menos aún las bebidas azucaradas. Los primeros días sí que debo decir que pasé hambre, pero una vez superadas esas jornadas iniciales, todo fue mucho más fácil. A mitad de camino hubo una crisis, pero no por tener hambre, si no por aburrimiento de la dieta. Con los alimentos propuestos no hay por qué aburrirse, simplemente hubo que confeccionar nuevos menús y crisis superada. Ahora he aprendido a comer mucho más sano. “Hay un principio básico” asegura el doctor Francisco Herrera, “uno no se ha curado nunca”. Así que ahora toca seguir en esta misma línea, con la misma dieta pero aumentando el consumo de calorías hasta las 2.200.
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