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ESPECIAL DIATRIBAS - Contra los ecologistas
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Por Catalina Murillo
Publicado el 10/11/2009
 
Allá por los años setenta, la Coca-Cola Company anunciaba la llegada de su envase “no retornable”. ¿Alguien se acuerda?

Edición 35

Por Catalina Murillo

Allá por los años setenta, la Coca-Cola Company  anunciaba la llegada de su envase “no retornable”. ¿Alguien se acuerda? Qué  comodidad, ya no había que estar pagando “depósito” al pulpero, ni andar  jalando botellas de un lado para otro, y si se quebraban daba igual. Eso de “no  retornable” sonaba horrible, otra de esas palabrejas  que inventan nuestros amigos los publicistas,  pero finalmente el neologismo fue aceptado por el diccionario; y el envase, por  los consumidores. Eran tiempos de consumo sin culpa. La palabra “desechable”  era sinónimo de modernidad y progreso. Alguien menor de cuarenta años no podrá  creer esto: alguna gente lavaba a escondidas la vajilla de plástico, para el  próximo picnic.

Entonces, de repente, todo cambió (como todo cambia siempre para volver  a lo mismo). De hecho, no fue tan “de repente”; la ecología ha ido ganándose  poco a poco su lugar bajo el sol y el agujero de la capa de ozono. Siguiendo el  curso habitual de las ideologías, el rollo ecologista empezó como un discurso  alternativo y terminó en manos de los políticos y de (nuestros amigos) los  publicistas. Pero, ¿qué se le iba a decir a la gente?, ¿que dejara de  consumir?, ¿ahora que todo el aparataje industrial y económico estaba montado  sobre el tren del consumismo? Inviable.
 
Una bacanal, una orgía o un desmadre cualquiera no están completos sin  una resaca culposa. Si le dieran a uno un título enmarcado por cada fiestón que  se mete, no tendría ni pizca de gracia enfiestarse. La culpa cotiza fuerte en  los corazones de las clases medias y altas de los países medios y altos. Por  ahí encontró su camino el ecologismo, como discurso dominante. Así nació su  hijo más espurio: el reciclaje. Consuma, consuma alegre y tranquilo, que  nosotros reciclamos por usted.

Dice un sabio refrán: “Donde hay justicia, no hay caridad”. Se entiende,  ¿no? Caridad es que un rico le dé unas moneditas a un pobre. Justicia es que el  pobre se las arrebate. Parafraseando ese refrán podríamos decir: “Donde hay  verdadero ecologismo, no hay reciclaje”. Es decir, en lugar de atormentarnos  con que debemos reciclar, ¿por qué no volvemos a los envases de vidrio, por  ejemplo? En lugar de tanto anuncio y panfleto ecologista pidiendo reciclaje,  ¿por qué no le vuelven a dar al consumidor la posibilidad de ir al súper con  recipientes de vidrio y comprar las cosas a granel? Nos dicen con tono  apocalíptico que una botella de plástico tarda millones de años en  biodegradarse… ¿Sería por eso que la Coca-Cola Company  prefirió que compráramos una botella cada vez?

¿Cuánto papel y tinta se gasta en mensajes ecologistas? Hay más gente  viviendo del derretimiento de los polos que muriendo por ello. El aparataje  ecologista le da de comer (y de beber) a muchos. Lo raro es que no haya más  personas escandalizadas por esta obviedad, por el despilfarro en publicidad  ecologista, por lo caricaturesco que resulta a estas alturas el prefijo “eco”  usado como comodín: ecoturismo, ecovivienda, ecoenergía… El turismo ha sido la  gran plaga de nuestros tiempos, sería demasiado largo enumerar aquí los  desequilibrios que causan las oleadas de turistas, yendo unos meses al año a  depredar las zonas “paradisíacas” (es decir, las más pobres). El legítimo  ecoturismo es el que hacen miles de africanos al meterse en una lancha y cruzar  el océano hacia los países ricos. Pero póngale usted la partícula “eco” por  delante y venda tranquilo hasta uranio enriquecido, y dibújele por fuera una  flechita que se muerde la cola.

Se extinguieron los dinosaurios, se extinguen  cada día miles de estrellas… El ser humano acabará por extinguirse. Y entonces  se habrá salvado al fin el planeta.