Nadie lo ha intentado más. De ello estoy seguro. Antes de que fuera el último vagón cibernético de moda –entiéndase el momento en que Amelia Rueda lo abordó– tuve cuenta en Twitter y la abandoné. Después, alicaído frente a una descomunal mayoría que me señalaba con furia como una especie de terrorista de la Internet, lo probé de nuevo. Esta vez esperaba entender el servicio gracias a una pequeña trampa inicial: mi punto de partida sería una lista dorada, “Los 100 usuarios de Twitter que escriben en español que deberías seguir”. Para no arriesgarme, agregué tan solo a los 10 primeros, la crema de la crema hispanoamericana: periodistas, escritores, editores, académicos, cineastas... A los dos días de leer me muero del hambre, tarde nublada, quisiera estar en casita, esperando su llamada..., corriendo al trabajo porque voy tarde, Dios mío, que lunes tan largo, debo admitir que me encanta la tele, etc., me di cuenta de que no había caso, hasta los más más le daban el mismo uso banal y estúpido que había topado en la experiencia anterior: 140 caracteres para decirle al mundo lo que al mundo no le interesa. Mi parodia favorita (busque en YouTube “Twouble [sic] with Twitter español” ) pone el punto sobre la i: “Con Twitter puedes decirle a todos lo que estás haciendo o pensando en todo momento, ¡no importa qué tan trivial mundano o vergonzoso sea!”. Aunque usted no lo crea, esto maravilla a la gente. Sí, eso mismo, la idea de poder compartir con tantos como sea posible –ya sabe, mientras más seguidores se tenga, más grande el pene virtual– cada sarpullido mental. Tras mi segundo fail abandoné de nuevo, intrigado todavía por la popularidad del pajaruelo, y sobre todo, por la susceptibilidad de sus fanáticos. Tomen mi palabra: ni a la madre defienden así. ¡Es un tema hipersensible! Después de recibir desde comentarios anónimos hasta hatemail por intransigente y picado, me tocó enfrentar el enojo de hasta los más cercanos colegas, ofendidos porque no mostré admiración por el invento más revolucionario del nuevo siglo. Esa intolerancia frente a la crítica iba usualmente endosada con el ad hominem –cc falacia del tico– del caso. Ya sabe, que uno está obsoleto, o que quiere jugar de rebelde para discrepar de lo que está in. Sucede que al usuario promedio de Twitter no le cabe en la cabeza que alguien no pueda tener ese “ego despichado” que se requiere para mantener una cuenta activa. Se lo pongo así: si usted no está convencido de que todos sus ciberamigos están interesados en leer los “tuits” que usted le manda a su novia, entonces no tiene madera para el servicio. Si por otro lado, usted reprobó tijeritas en prekinder y desde entonces acarrea una asfixiante necesidad de atención, bienvenido a su nuevo paraíso; mas aún, si, durante el colegio fue de los que amó el famoso vinazo: ahora puede monitorear a todos sus contactos las veinticuatro horas del día, o, por decirlo a lo Twitter, 24/7. ¡Qué maravilla! Ojo al Cristo, curiosamente no se trata de un fenómeno adolescente. Recientemente, el New York Times informó que solo 1 de cada 10 usuarios está entre los 13 y los 17 años. Es decir, el grueso de la población de Twitter debería haber superado ya la etapa de “¡le importo a alguien!” y de “cuando sea grande quiero ser famoso”. No es así, aunque claro, jamás se lo aceptarán. Naturalmente, existe todo tipo de argumentos a favor del bicho. El más válido de ellos se cuelga del clásico “lo que importa es el uso”. Muy cierto. Precisamente por eso odio Twitter, por el uso que le da la enorme mayoría de sus usuarios. Por más que usted filtre, siempre termina topando con esa gente que pretende sustituir por medio de bits los vínculos que no puede establecer en la vida real. Para empeorar las cosas, las criaturas vienen en combo: Twitter no solo es tierra fértil para estas almas solitarias; los narcisistas, los acosadores, y sobre todo los bombetas también “tuitean” a granel. El panorama es desolador y abarca todavía más. El pajarraco no solo ha impulsado constantes atropellos al idioma (una “k” implica dos caracteres menos que un “que”), sino que ha venido a reforzar la adicción a la inmediatez que ha impulsado internet: la noticia ahora es noticia, antes de ser noticia. El role model en Twitter sería aquel organismo unicelular que pueda anunciar el año nuevo treinta segundos antes de que suceda. En dos palabras: menos es más. En cuatro: el que se informa, pierde. El cambio ya fue. El modelo posposmoderno es corto, rápido e insípido, como un mal polvo. Acéptelo con resignación cristiana y hágase a un lado, pero haga lo que haga, no los enfrente. No tendrá perdón de Dios y en menos de 140 caracteres le regalarán más adjetivos odiosos de los que pude yo dedicarles en estos 3.500. |
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