Después de cincuenta años, el trencito de Teletica ha sido remplazado: Edgar Silva está siempre con usted. Ya sea a las 7:30 de la mañana o a las 8:00 de la noche, lo mismo el lunes que el sábado, siempre en primer plano, desayunando yogur o (nunca mejor dicho) moviendo el esqueleto.

Después de cincuenta años, el trencito de Teletica ha sido remplazado: Edgar Silva está siempre con usted. Ya sea a las 7:30 de la mañana o a las 8:00 de la noche, lo mismo el  lunes que el sábado, siempre en primer plano, desayunando yogur o (nunca mejor dicho) moviendo el esqueleto.

Este liberiano, que se autoproclama tan representativo de Guanacaste como la falta de agua y los precios en dólares, se ha convertido en icono, usina, abanderado, mascota y paladín del canal de La Sabana.

Alguna vez, Edgar fue periodista. Luego, alguien le descubrió la receta para tener un Buen Día: aforismos, reflexiones enlatadas, fenomenología paranormal, melodramas novelescos, chistes e ironías de andar por casa.

Eso y ocupar la mente con temas importantes, como el cuidado de la chapa de dientes y las uñas de gelatina, la estimulación (y la eyaculación) precoz y la comunicación de la pareja, los tríos y los cuartetos.

Fue él y no otro el que nos reveló el secreto para hacer ikebana con chinas, limarle los dientes al hámster y cocinar deliciosos barbudos sin huevos ni vainicas. Pero, sobre todo, es gracias a su guía que, no más al abrir los ojos y sin necesidad siquiera de que las neuronas se despierten, es posible saber en qué creer, a quiénes odiar, qué consumir, qué ropa ponerse, qué ideas tener y, muy especialmente, qué ideas no tener.

Sucede que el tiempo y el rating han hecho de Silva un defensor acérrimo de todo cuanto considera defendible (lo que convierte sus buenas intenciones en una parodia); un periodista–juez–fiscal-predicador que, con pretensión de hallazgo, mira las patas cojas de la sociedad.
Ejemplarizante de pies a cabeza, hijo pródigo capaz de lograr la proeza de comer sin engordar.

Orgulloso hasta de su segundo nombre (¿queda, todavía, alguien que no sepa que se llama Edgar Arturo?). Marido generoso que no solo se deja “masear” los pies, sino que saca a pasear al perro… ¡y lo lleva al trabajo! 

Pero, si la dosis de Edgar Silva mañanero puede resultar dura de tragar, la del sábado en la noche hace difícil contener las ganas de agarrar el televisor y, como el Pink de The Wall, arrojarlo por la ventana.

La culpa no es solo suya, sino de la “protoindustria del pseudoentretenimiento” que ha florecido en nuestro país.

Esa que hizo que importaramos realities chous. Que pasáramos del chiqui-chiqui al chingui-chingui, imitando, copiando, emulando, plagiando, repitiendo y fusilando concursos de baile arrítmico, canto desafinado y saltos triples.

Edgar se mantuvo a la cabeza; evolucionó hacia un tipo de animador en movimiento que semeja al hombre de circo: se dirige como si estuviera en la carpa, voz en alto, mirada clavada “a lo lejos”, el grito como tono neutro y de ahí para arriba, no hay techo.

Los sábados, Silva nos apantalla desde la pantalla ya no solo con su sapiencia,  sino con su gracia: es el bufón más triste y el humorista menos gracioso de la tele.

Pero, sin importar el horario, el día ni el programa, el mayor defecto entre las virtudes de Edgar es el de erigirse como el más digno representante de la idiosingracia nacional que transforma a todas las mujeres en doñitas, a los niños en güilas y a los hombres en compas.

El acierto que valida todos los desaciertos de Silva es el de la mayoría de nosotros, los ticos, capaces de ver siempre vigas en el ojo ajeno; creer que el que dice la última palabra tiene la razón y considerar que el derecho al berreo es el más inalienable de los que contiene la constitución.

Por eso, es más que probable que este artículo me asegure mis dos minutos de fama. No me lo quiero perder: ¡dejo aquí y me voy a ver Buen Día!