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Álbum Familiar
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Por Jhafis Quintero
Publicado el 10/11/2009
 
Como el sindicato de mendigos ya no acepta más miembros, solo les queda un lugar… el Parque Central.

Elemento 35

Como el sindicato de mendigos ya no acepta más miembros, solo les queda un lugar… el Parque Central.

Por Jhafis Quintero
Fotografía: Ronald Pérez © 2009


Mi amigo Casay López es una persona de las que un día descubren su natural disposición para ayudar al prójimo, siempre y cuando el enemigo en común sea un sistema judicial de esos que aplican la ley al por mayor. Se dio entonces a la tarea de estudiar empíricamente leyes y lo hizo en el lugar más oportuno, la Reforma, prisión más grande del país y espacio de experimentación social y judicial.  

Desde los años noventa, vivió a contrapelo de la vida y a pesar de todos los pronósticos, salió hace algún tiempo, después de pasarse 14 años encerrado. Lógicamente, salió mucho mayor que cuando entró pero, al mismo tiempo, podría decirse que salió ‘rejuvenecido’.

Salir de prisión es como nacer grande. Ese sitio te da a luz hacia la calle como el útero que, luego de haberte prodigado todo tipo de cuidados, te deja libre a tu suerte y casi siempre en esa misma pasarela inaugural ubicada en San Rafael de Ojo de Agua, Alajuela, carretera dramáticamente larga.

Fue ahí donde mi amigo dio sus primeros pasos, nació viejo ese día y ahora se encuentra en medio de una circunstancia que en nada se parece a la que había idealizado (es que a veces que se necesita soñar con mejores lugares). Él estaba en una celda pequeña y repetitiva donde la gente se termina sintiendo parte de una inamovible postal macabra, así que condimentó en su imaginario ese “afuera”  como un punto hermoso en el horizonte hacia donde dirigirse.

Sin embargo, una vez alcanzada la meta, Casay descubrió la vedad: el “afuera” es un territorio infinitamente competitivo donde todos atesoran estatus, se invisten de cultura como un biombo detrás del cual ocultar sus carencias, adquieren conocimientos como armas punzocortantes para desplazar a cualquiera en el camino, una carrera vertiginosa hacia ningún sitio. En otras palabras, en el “afuera” todos están preparados para lo  que sea, porque existen pocas oportunidades de ser notados; un lugar en el que la violencia termina siendo mucho más brutal que en prisión.

Mi amigo no está solo,  hay muchos como él,  gente nacida vieja que terminan en un triple exilio contemplando un mundo que gira a velocidad increíble, un universo que no los nota.

Cuando finalmente salen al “afuera”,  se encuentran a nuevas generaciones de su familia para ellos desconocidas y que, en muchas ocasiones, no los aceptan por la vergüenza de tener en casa abuelos exconvictos; son muy ancianos como para que les den trabajo legal, no pueden apelar a una pensión por vejez y ya no tienen ni la fuerza ni el entusiasmo para delinquir. Como el sindicato de mendigos ya no acepta más miembros, solo les queda un lugar… el Parque Central, donde se transformarán rápidamente en  parte del ornato de la ciudad, atrayendo de vez en cuando las miradas digitales de los turistas que quieren irse a casa con imágenes curiosas del tercer mundo.

Desde ahí se puede ver el otro lado de la acera, la del Teatro Nacional, su destino último: una vez que dan el paso y cruzan la calle, comienza su carrera como guachimanes, encargándose de los  carros  de quienes van al teatro en busca de representaciones teatrales de la vida.

Paulatinamente, estos nacidos viejos van abandonando las labores, empiezan a languidecer y terminan fusionándose inevitablemente con la acera hasta desaparecer, sin dejar el menor indicio de haber existido. Quizá solo y de manera irónica sean sus enemigos naturales los policías, quienes tengan la única prueba de que pasaron por el planeta: una imagen de baja resolución con un número de serie al pie de la foto.