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Mi anecdota con la publicidad
- Por Revista SoHo
- Publicado 09/17/2009
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Lo bueno de vender una lata de atún es que sabés cómo es, cuánto pesa, qué hay adentro (se supone que atún) y lo mejor de todo: sabés cuándo expira. En cambio, con las personas no hay manera de enterarse la fecha de su vencimiento. Eso nos pasó en la campaña presidencial de Herty Lewites, en Nicaragua. |
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Se nos murió el candidato. Lo que caracteriza a una idea publicitaria es el factor de lo inesperado. Quizás por eso a Dios se le ocurrió la idea de la muerte como una manera de sorprender a unos publicistas aburridos un domingo frente al tele. Remontémonos a ese día. Un soleado domingo de julio a cuatro meses de las elecciones presidenciales. Primer día libre después de meses sin descanso. Cada uno de nosotros huyendo de los otros para no vernos aunque sea un par de horas. Aquella campaña nos tenía afónicos. “¡PORQUE LO DICE LA GENTE… HERTY SERÁ PRESIDENTE…!” Todas las semanas con su ir y venir de caravanas y de giras, con su trajín de camisetas y de discursos. Tocar el pito, levantar banderas, escribir jingles, hacer comerciales, organizar eventos. ¡Por fin un domingo para no pensar en nada! ¡Por fin un día para recuperar nuestras vidas de las fauces de la política! Solo bastaron unas horas de abulia frente al tele para que el maldito teléfono sonara de nuevo y quebrara de un solo piedrazo nuestro frágil fin de semana. Siempre algo importante. Mejor dicho, impostergable. ¿Ahora qué? ¿Se habían terminado las calcas en Matagalpa? ¿Se les apagó el video-in ? ¿Se les trabó el megáfono? Del otro lado del tubo apenas un susurro del gerente de campaña. “Murió Herty”. Dicen que cuando uno muere ve pasar la vida frente a sus ojos. Pues cuando uno vive también sucede: en ese momento un inevitable desfile de desgracias se proyectaron: La muerte de Herty. El contrato. Nosotros. La estrategia lista. Los comerciales al aire. El partido sin Herty. El partido sin nosotros. “¿Y ahora qué?”. En medio de la tristeza y el desmoronamiento colectivo había que resolver. No era momento de cuestionarse nada. No había tiempo de preguntarse cómo alguien se desangra después de una tonta operación ambulatoria. Solo sentarse a pensar. Para eso éramos los asesores. Para eso nos pagaban. Para ver qué se hace cuando no se puede hacer nada. ¿Qué decían los libros de los “Masters of Political Comunication”? Al parecer los casos de éxito de los consultores internacionales no incluían a la muerte como un problema de mercadeo. Por eso esa tarde tampoco hubo descanso. Además de abrazar y de consolar gente, hubo que sentarse a pensar titulares para la posible portada de un periódico. En el velorio, además de llorar y de dar las condolencias a los familiares, hubo que filmar el dolor ajeno. ¿Pues qué se vende en una campaña cuando se muere el que soñaba? Quizás un sueño. En medio del río de gente por el que navegaba el ataúd de Herty la tarde de su entierro, bajo aquella tormenta de tristeza, se iba un presidente nunca antes mejor vestido. Y más atrás, mucho más atrás, casi al fondo, unos publicistas acomodaban sillas en un salón vacío. |
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