Revista SOHO - http://www.revistasoho.co.cr/contenido
sentencias vitalicias
http://www.revistasoho.co.cr/contenido/articles/717/1/sentencias-vitalicias/Paacuteginas1.html
Por Jhafis Quintero
Publicado el 09/17/2009
 

Estos narcoabuelos terminan recluidos en prisión con sentencias vitalicias.

Edición 34


sentencias vitalicias

Estos narcoabuelos terminan recluidos en prisión con sentencias vitalicias.

Por Jhafis Quintero
Fotografía: Ronald Pérez © 2009


En el panorama socioeconómico de Costa Rica, viene haciendo su debut un fenómeno en el que convergen generaciones muy distantes entre sí. El tema de las drogas ya es un asunto superado, asumido por la sociedad que no se sorprende de ver a niños durmiendo en las calles abrazados únicamente por el crack, una droga cuyo nombre parece ser la onomatopeya de sus vidas.

También dejó de ser motivo de asombro que cada vez más ciudadanos de oro, sin posibilidad laboral por un tema de edad y geografía, se dediquen a vender drogas como única alternativa económica. Estos narcoabuelos terminan recluidos en prisión con sentencias vitalicias.

 Pero en esta ocasión, me refiero a una clase de ancianos diferentes: los jubilados, personas mayores que quedan viudas y atoradas en esta vida, coexistiendo en medio de barrios que en nada se parecen a lo que ellas conocieron, escenografías reales de devastación en las que no puede faltar el sistema óseo de algún auto que termina sirviendo de refugio para los juegos de guerra de los niños, basura en cantidades industriales y graffiti de toda índole, algunos con contenidos angustiantes realizados por “grafiteros” improvisados: indigentes que utilizan sus dedos como pincel y, en algunos casos, el excremento como tinta para manifestar, desde lo más profundo de su ser, el descontento con el gobierno y su manejo desigual de la riqueza.

Los venerables jubilados son abordados cada vez con menos frecuencia por jóvenes que apenas inician los caminos del crack, que van de puerta en puerta pidiendo colaboraciones sugeridamente voluntarias. Cuando se topan con alguno de estos solitarios, la situación empieza a evolucionar en ruta directa al trueque, para terminar, definitivamente, con ancianos adictos a este estupefaciente.

 Ahora, esta sustancia ha superado su propia naturaleza mediática y ha sido conjugada en todos los tiempos gramaticales de la sociedad local y lo realmente preocupante es lo cómodo que resulta para muchos que se mantenga así: por ejemplo, pequeño/burgueses que ya no necesitan acceder a “etnias/inferiores” como consideran ellos a algunos forasteros, porque cada vez son más aguerridos con respecto a sus derechos laborales; de cualquier manera, resulta más fácil utilizar a jóvenes adictos para que les voten en patios lejanos la basura o cualquier evidencia que pueda delatar su economía real; también son utilizados para desaparecer o “dormir” perros, gatos o cualquier otra mascota que ya no esté de moda.

De este festín también se aprovechan algunos gringos y otros bichos que aterrizan con sus probóscides erectas, listas para consumir productos nacionales a muy bajos precios.
En el paisaje urbano, cada vez es más raro ver la imagen de tiernos ancianos meciéndose en sus sillas en el portal de sus casas, tan antiguas como ellos, mirando una ciudad localizada en el ayer.

 En la actualidad, estos barrios están compuestos de multitud de puertas, rojas, verdes, grises, puertas que pasan inadvertidas como láminas publicitarias pegadas a la pared, que cuando se abren dan paso a dimensiones paralelas, pasillos infinitos, techos altos, el piso hecho de exquisitos y extintos mosaicos, cuartos en fila a ambos lados del corredor y en los que, al pasar, se ve toda clase de situaciones como escenas diferentes de una misma película. Al final, en los últimos cuartos, en los de privilegio, ahí se encuentran envueltos en una maraña de ropas tendidas de géneros y épocas distintas, ahí están los que solían mecerse en los portales.